Libro 10: La hoja voladora - 1961

INDICE
- Nacimiento
- Paula
- Loreto
- Los tres panes
- Dolores
- El dependiente
- El saltarín
- ¿Quién?
- La hoja voladora
- La piedra en la montaña
- Sereno
- Domingo
- Manos
- Sarmiento en Esperanza
- La primera palabra
- La balanza
- Cuento
- Nana para la muñeca
- Ronda
- Dominguito
- La chispa
- La obra
- Amor
- Gracias, María Mann
- El toro
- San Martín y Sarmiento
- Don José Clemente
- El árbol
- Viaje a la presidencia
- El trencito que vuela
- "La Sarmiento"
- El retrato
- Estrella
- (Biografía de Sarmiento)



Nacimiento (*)


Sarmiento nació en el suelo.
Estaba verde la higuera.
Se oía alguna canción.
El caballo humeaba afuera.


Su cara de tan obscura
era una papa con tierra.
La madre pensó en la ropa
y ordenó que se tendiera.


(*) Sábese que Sarmiento nació en el patio de la casa paterna, a la sobretarde. Doña Paula regresaba a caballo de hacer una visita, y no pudo evitar que el niño naciera en el suelo. Fueron asistentes y testigos don José Clemente, Toribia, el telar, la higuera de febrero, el caballo. Nacido el niño, la madre –como todas las madres pobres que caen enfermas- ordena desde la cama los quehaceres de la casa. (N del A)





Paula (*)


Porque también su hijo iba creciendo
       en vigor y verdad,
y las madres venían a pedírselo
       para oírle contar.


Porque también lo hallaba y lo perdía;
       porque todo era igual:
una higuera, una parra, una madeja,
       y el dulce nombre de San Juan. . .


Ella iba a la Virgen a contarle
       de su hijo, del pan.
Y era ella que hablaba y respondía,
       porque todo era igual.


(*) Señala la humildad del hogar del niño predestinado; sus primeras andanzas; el presentimiento materno de que será un suceso frecuente la falta de noticias del hijo inquieto, y el sometimiento a ese destino de angustia que hace de la madre la misma Virgen con quien aquella “va a conversar los días sábados”. (N del A)





Loreto (*)


El niño dice sin decir, mirando:
        “¡Qué soledad inmensa!”.
El padre dice: “No será minero;
        será lo que yo quiera”.
Bajo el caballo de San Juan a Córdoba,
        “todo será” dice la tierra.


El padre dice sin decir, sufriendo:
        “¡Qué soledad inmensa!”.
El niño dice sin saber que dice:
        “Yo seré lo que quiera”.
Bajo el caballo del dolor que vuelve,
        “eso será” dice la tierra.


Más sabía la estrella de la tarde;
        más el telar bajo la higuera;
más el caballo que volvía alegre
        hacia la cordillera.


(*) Hacia 1821, padre e hijo hacen a caballo la larga jornada de San Juan a Córdoba. Don José Clemente se propone educar a Domingo. Tiene éste diez años. El padre ha dicho: “Mi hijo no tomará jamás en sus manos una azada”. Y conduce al vástago al Seminario de Loreto para la carrera eclesiástica. Fracasa. Regresa amargado. El niño, no. “Yo me sentía Franklin”, dirá después. No halla diferencia entre aprender a saber y aprender a ser, como anota Martínez Estrada. El futuro hombre saldrá beneficiado de aquella aparente mala suerte. Al genio le basta y sobra la vida misma. (N del A)





Los tres panes (*)

Los tres panes sin sal de Benjamín
        los heredó Sarmiento.
Benjamín es aquel que en Filadelfia (1) (2)
        le robó el rayo al cielo.


Con aquellos tres panes de su hambre
        se metió tierra adentro.
Era la inmensa tierra de la patria.
        El grito andaba suelto.


Sobre tres panes levantó su escuela
        donde pasaba el viento.
Entró un muchacho, entró una sola niña
        que fue una estrella adentro.


Afuera era el tropel de la barbarie,
        que es así como un trueno;
un trueno que se va pero que vuelve
        si nadie mata el fuego.


Sarmiento lo mató como se mata
        la víbora en el suelo.


Cuando estuvo apagado, cuando estuvo
        encadenado el viento,
se oyó la voz de Paula que cantaba
        en su telar, muy lejos.


Entonces a través del claro día
        fue por ella el maestro;
fue y volvió con la madre de la mano;
        le hizo tomar asiento.


(*) Las vidas paralelas de Franklin y Sarmiento, jornaleros y libertadores ambos de su patria. Los famosos tres panes con que el joven Benjamín penetra en la ciudad de Filadeldia, son los mismos que le servirán a Sarmiento para levantar su escuela en la soledad y establecer finalmente el orden y la paz. (N del A)
(1)  Franklin, Benjamin: Boston, 17 de enero de 1706 - Filadelfia, 17 de abril de 1790) fue un político, científico e inventor estadounidense. Participó activamente en el proceso de independencia de los Estados Unidos e influyó en la redacción de la Declaración de Independencia (1776), ayudando a Thomas Jefferson y John Adams. (N del E)
(2) Filadelfia – Ciudad más importante del estado de Pensilvania (EEUU) y cuna de la independencia como colonia de Gran Bretaña, el 4 de julio de 1776. (N del E)





Dolores (*)


Solo había una flor en aquel viento.
        Se llamaba Dolores.
Solita entra en la escuela de Sarmiento
        la flor que daba flores.


Si no viene, no viene la mañana,
        ni el aire a la bandera,
ni la blanca paloma a la ventana.
        Todos miran afuera.


(*) 1826. La escuela de San Francisco del Monte, con su alumna hermosísima entre los siete discípulos mayores de edad. Pasado el tiempo, Sarmiento nos da el nombre de la niña y la recuerda con emoción en carta que dirige al gobernador de San Luis, Juan A. Ortiz Estrada, el 2 de enero de 1872. (N del A)





El dependiente (*)


Medir con las manos sobre todo el pecho,
        para una mujer.
Llenar hasta el borde la copa del hombre.
        mirarlo beber.


Abrir para el niño la bolsa de yerba;
        con el niño oler.
Alzar el poema del arroz sin mancha;
        dejarlo caer.


En la noche larga, sobre la barrica,
        leer y leer.
Llorar con la vela la pena del mundo;
        con la vela arder.


A la calle fresca, por la madrugada,
        los pasos barrer,
y esperar el paso del hombre que vuelve;
        mirarlo beber.


(*) El fracaso de la gestión en Córdoba y el contraste del sorteo de los becados por Rivadavia, echan a Sarmiento y su pobreza a los menesteres más humildes. Será dependiente de comercio en San Juan y Valparaíso, minero en Copiapó, pulpero en Pocuro. . .  Trabaja, estudia y ve de cerca la vida que viene a molestarlo, a llamarlo a la realidad. “El niño inmóvil”, como el mismo se llama, en una mano tiene el libro y con la otra mide y pesa; esto es, sirve. (N del A)




El saltarín (*)


Con sus botas de leguas
iba saltando techos;
bajaba a los abismos
donde corre el silencio;
se subía a los árboles
para ver a los lejos.
Dijo que era como la mañana y la tarde
del día sexto.


Ya estaba el hombre,
pero no era el huerto.
De repente estallaba
la alarma del hornero.


Dijo:
“Hay que sembrar el desierto”.
Y lo hizo,
porque vio que era bueno.


Trituró su apellido y lo arrojó
a la cara del sueño.
Cargó sobre sus hombros
un árbol entero.
Inventó una flauta
que decía Sarmiento.
Saltaba con el árbol y la flauta
del Andes al océano.


(*) Es la historia del caminador y el civilizador. Su visión del país; so obstinada determinación de transformarlo. ( N del A)






¿Quién?


¿Quién puso boca arriba al desierto
        para que lloviera?:
        Sarmiento.
¿Quién para el hombre le quitó la tierra?:
        Sarmiento.


Al ángel que pasaba, ¿quién le dijo
        “quédate aquí”?:
        Sarmiento.
¿Quién lo acercó con la canción del niño?:
        Sarmiento.


¿Quién hacía las cosas para todos?:
        Sarmiento.
¿Quién las hacía aunque quedara solo?:
        Sarmiento.


¿Quién fue la ira y quién la carcajada?
        ¿Quién uno y ciento,
guerrero de la luz, pastor del agua?:
        Sarmiento.


Bien lo llaman la espada y la paloma,
        el ángel y el león;
el puño de la piedra y de la rosa;
el apedreado y el apedreador.


(*) La magia popular enseña que expuesto boca al cielo el sapo muerto obra efectos favorables sobre la lluvia esperada, y que el animal de campo cura de su mal dándole vuelta la pisada. Voluntad y sentimiento de superioridad hacen de Sarmiento un dominador de dificultades. Es la antítesis del desvalido y el prototipo del reversor osado. Derriba al monstruo y atrae el ángel. Y lo hace solo. (N del A)





La hoja voladora (*)


Derribarás un árbol, dos, tres, cuatro,
        pero la hoja no.
Siempre hay una hoja que se salva
        y vuela bajo el sol.


Encerrarás un ave, dos, tres, cuatro,
        pero su canto no.
Hay dos cosas eternas como el aire:
        la idea y el amor.


La hoja de la imprenta de Sarmiento
        era igual que su voz.
Entraba por debajo de las puertas
        como el grillo y el sol.


El tirano quería detenerla,
        pero no pudo, no.
En su propio bolsillo la encontraba,
        en el de su reloj.


Si la quemaba, se volvía llama.
Si la rompía, se volaba en dos.


(*) El apotegma de Fortoul: las ideas no se matan. La Imprenta de Sarmiento. La necedad y la ineficacia de la persecución de las ideas. La desesperación del tirano que encuentra a “Facundo” en todas partes. (N del A)





La piedra en la montaña (*)


El solo la arrastró setenta años;
        la subió a la montaña.
El camino que hizo con la piedra
      cruza toda la patria.


Se llamaba Sarmiento nada más
        y era hijo de Paula.
Ella tejía mientras él subía
        aquella piedra blanca.


Allá está para siempre, para siempre,
        son su eterna palabra,
porque él le puso el ángel que no duerme
        para que la guardara.


Todos los niños pueden verla, todos.
        Subamos a tocarla;
subamos a leer lo que está escrito
        y a ver el ángel de la espada.


En la palabra libertad el ángel
        tiene de fuego la mirada.


(*) Sarmiento recibe, en los Estados Unidos, una carta de Lucio v. Mansilla en que se le ofrece la candidatura a la presidencia de la República. Acepta en una breve respuesta, el 20 de Setiembre de 1867, “sin hacerse ilusiones ni entusiasmo”. “Sostengan mi debilidad –escribe- y por mi madre y por Dominguito que levantaré la piedra y la subiré sobre la montaña”. (N del A)





Sereno (*)


La V de venceremos
se hizo a las dos de la mañana.
El sereno sin nombre está olvidado.
Puedes llamarlo “el alba”,
porque el sereno, como el gallo,
para traerla, canta.


Sarmiento está que duerme y que no duerme
detrás de la montaña.
Pasan las once con su luna.
Vienen las doce con su escarcha.
Se va la una con su lluvia.
Las dos golpean la ventana.
El ángel es puntual y está llamando.
No tiene nombre y es la patria.


La V de venceremos
se hizo a las dos de la mañana,
del índice que apunta
y el mayor que lo guarda.
Hay un gallo, un sereno, un hombre solo,
una vela con lágrima.


Y a veces hay un niño. Es cuando el ángel
que los trae se atrasa.


(*) Sarmiento es dependiente de comercio en Valparaiso, y se impone una disciplina para estudiar y escribir. El sereno de barrio es el encargado de darle la voz, todos los días, a las dos de la mañana. En la persona del sereno debe verse al pueblo que tiene despierto al hombre de su esperanza. (N del A)





Domingo (*)


No te importen las piedras.
Siempre ha sido lo mismo.
Da tu luz, tu paloma.
El cielo es tuyo. Míralo.


Duerme sobre cajones
o en el suelo, que es lindo.
No se irá tu paloma.
La luz será contigo.


No siempre es hombre libre
quien anda en el camino.
El que está preso, a veces
es el que tiene el río.


Todo lo perderás
si enajenas tu trigo.
La tristeza vendrá
detrás de lo vendido.


Para dar se te ha dado.
Para amar has venido.
El lamento es la voz
de quién perdió su niño.


Por todo lo negado
se atrasa lo querido.
Algún día, si amas,
será el día sin tiros.


Aprende de aquel hombre
que sembró su apellido,
rompió su Valentín
y se alegró en Domingo.


(*) El nombre de pila de Sarmiento es Valentín. La costumbre le deparó el de Domingo, por el que se le conoce y que el prohijó. Tenía horror al abatimiento moral, destructivo y estéril. Para mantenerse en salud, decidido y alegre, durmió sobre cajones y se dejó apresar una y otra vez. Nunca se subalternizó al interés material. Sostenía que quien vende su alma o entierra su verdad, está perdido. (N del A)





Manos (*)


Hay muchas clases de manos.
Hay tantas como estrellas:
la mano que se da,
la mano que deja,
la mano en el pecho,
pálida, que piensa;
la mano sobre la mano,
ociosa que contempla.
Y la más sola entre todas:
la mano que cuenta.


Fíjate en la mano que zurce.
Es la mano que vuela.
En su ir y venir
trae el cielo a la tierra.


Fíjate en la mano que canta
porque a la niña peina,
para mandarla blanca con su libro,
para un día perderla.


Cada mano tiene su mar,
su llanura inmensa.
Grandes y pequeños ríos
desembocan en ella.


La mano de Sarmiento,
su mano derecha,
fue la que inundó el desierto,
la que quemó la aldea.
Las gaviotas volaban
sobre su mano izquierda.


(*) La mano es la herramienta del hombre, su libro Diario, el instrumento que registra su temperatura espiritual y social. Por la forma en que se emplea y se da resultan clasificadas las vidas. En Sarmiento participan el manotazo que derriba y la caricia que levanta. (N del A)





Sarmiento en Esperanza (*)


Como Moisés en el agua
echó su bastón de mando,
y el río se puso dulce
con aquel bastón flotando.


Entró en la tierra de todos
con el sombrero en la mano,
y fue saludando a todos,
y al trigo, como un hermano.


Dijo cosas muy hermosas:
Llamó al gringo ciudadano.

Cuando la tarde caía
la tierra cantó su canto,
y él estaba que seguía
la canción de tanto en tanto.


al irse, del río oscuro,
tomó su bastón de mando,
y dijo que no lloraba,
que estaba el bastón llorando.


(*) Para civilizarla con la presencia y el trabajo del núcleo humano e ir haciendo el pueblo que nos faltaba, Sarmiento es de los que ponen en marcha la conquista por el hombre de la tierra deshabitada. A tan fin, impulsa la inmigración y la sigue en sus efectos. Las poblaciones van naciendo de la nada, Chivilcoy es un ejemplo. En 1870, siendo presidente, visita a Esperanza, primera colonia agrícola organizada del país, alterna con los vecinos y se conmueve hasta las lágrimas frente a resultados que comprueban la bondad de sus ideas. “Se sucede en los inmigrantes –dice a los jóvenes que van a saludarlo en su septuagésimo cumpleaños- el verdadero patriotismo, el que nos liga a la tierra en que vivimos. . .”. (N del A)





La primera palabra (*)


Sea Sarmiento tu primera palabra,
después de lavarte los ojos,
por la mañana.
Sea ésa y no otra
antes de cargar tu carga.
Verás cómo Sarmiento
te ayuda a llevarla.


Porque sea cualquiera que fuese,
cargarás tu carga;
sea una piedra, una cesta de pan
o una simple tabla.


Si eres una niña,
si tienes una muñeca que habla,
despiértala con la palabra Sarmiento,
duérmela con la palabra Paula,
que el telar de la madre de San Juan
fue la cuna de la patria,
y la pluma del hijo
su gallo en la montaña.


(*) “Porque cada cual llevará su carga” (San Pablo), el poema advierte que el hombre que trabaja con las manos no debe avergonzarse por ello, y que todos han de saber llevar a cabo su tarea –sea cual fuere- con dignidad y determinación. (N del A)





La Balanza (*)



        Abro la puerta y entro.
¡Qué fragancia hay en la panadería!
        Es de un señor Sarmiento,
como el de San Juan. Parece mentira.


Me gusta el panadero como pesa.
        Pone un pan, otro pan.
Y el soldadito de la aguja empieza
        a buscar la verdad.


Don Sarmiento después vuelca en mis brazos
        todo su plato de oro,
y me pone en la boca un pan escaso,
        negrito, que me como.


Cuando me voy al fin, el soldadito
        duerme de pié su sueño,
y está que se despierta si lo miro.
        ¡Quiero ser panadero!


(*) Todos pueden ser Sarmiento como hombres de bien. El genio es un accidente; pero la buena conducta está al alcance de todos. La moral sarmientina está hecha del amor al trabajo, la observación del deber, la devoción por la verdad y la justicia. (N del A)





Cuento (*)


Hubo una vez un tigre con mostacho
que se hacía pasar por capuchino,
y un hombre que por ser búfalo macho,
lo venía siguiendo, un sanjuanino.


El tigre iba con voz de gato muerto:
“Una limosna por amor de Dios. . .”
Y metía en su bolsa (aunque no es cierto)
los niños que se comen con arroz.


El ciervo sabe oler. Dijo: “No es siervo
con “s” este ladrón”, y dio un gran salto.
“Es tigre. . .  es tigre. . .  es tigre. . .”, dijo el cuervo.
El caballo, en el susto, era más alto.


Pero al fin tuvo el tigre un mal encuentro.
“Una limosna por amor de Dios. . .”
El búfalo, escondido, estaba adentro.
Y un búfalo no es guiso de arroz.


Voló el tigre y su cola dando vueltas,
como lanzado por un ventarrón.
Voló, voló, voló, las patas sueltas,
        y cayó en Southampton. (1)


(*) Sarmiento y Rosas en una fábula. El tigre agazapado y el búfalo atropellador que acaba con aquél. (N del A)
(1) Southampton: ciudad del sur de Inglaterra y uno de los principales puertos del Reino Unido que Juan Manuel de Rosas eligió para exiliarse hasta su muerte. (N del E)





Nana para la muñeca (*)


Ya la luz se ha ido,
ya el día pasó,
ya el gallo no canta
“co – co – ro – co – có”.


Duérmete, Paulita;
duérmete, mi amor;
Paulita de Paula
de mi corazón.


Soldado sin sueño
nos guarda a las dos.
Domingo se llama
que nunca durmió.


El lobo no existe.
No hay lobo feroz.
De un lado y del otro
la luna es de arroz.

Angel que te trajo
ya mira el reloj.
Tiene que volverse.
Duérmete mi sol.


Nana, nana, nana.
No digas que no.
Mientras crece el trigo,
durmamos las dos.

El ángel espera,
la flor se cerró.
Ya el gallo no canta
“co – co – ro – co – có”.


Cierra los ojitos.
No digas que no.
Cierra los ojitos
y sueña con Dios.


(*) La niña de hoy, ama de mañana, canta la tranquilidad presente y muestra el ánimo dispuesto a enfrentar la noche y esperar sin temor el nuevo día. Son custodios de su espíritu la firmeza y la abnegación de la madre de madres que fue Paula Albarracín y el vencedor de tiranos y fantasmas que es Sarmiento, siempre vivo y vigilante. (N del A)





Ronda (*)


Gallo que no canta
no tiene garganta.
Lo dijo Sarmiento,
la garganta al viento.


A la ronda ronda
del gallo que canta.
Entra un muchachito,
sale una muchacha.
Miremos al cielo,
que una estrella pasa.


Gallo que no canta
no tiene garganta.
Lo dijo Sarmiento,
la garganta al viento.

A la ronda ronda
del gallo que canta.
Sale un muchachito,
entra una muchacha.
“La tierra es celeste”
dice el astronauta.


Gallo que no canta
no tiene garganta.
Lo dijo Sarmiento,
la garganta al viento.


A la ronda ronda
del gallo que canta.
Entra un muchachito,
sale una muchacha.
La luna está cerca.
Ya el hombre la alcanza.


(*) Sobre el refrán español “gallo que no canta, algo tiene en la garganta”. La canción se propone acercar al niño a los descubrimientos de la ciencia, apartarlo de la superchería y estimularlo a que diga y arriesgue su verdad. (N del A)





Dominguito (*)


El sablecito de lata
es el mejor de los sables,
      porque no mata.


Un día, espada y charol
al aire sacó Sarmiento.
      Se fue el sol.


Su sablecito de lata
sacó el muchacho, y el sol
      lo hizo de plata.


Sablecito, tamborcito
que un día se hace tambor,
      despacito.


Y lleva al niño a la guerra
para que muera en los brazos
      de la tierra.


Espada, botas, charol,
y un sablecito sin niño,
      y el sol.


(*) Jungay, 9 de julio de 1852. Carta de Sarmiento a Mitre, con este último párrafo: “He puesto hoy por casualidad mi espada al sol porque se ha tomado; y Dominguito ha sacado su sablecito de lata y se lo ha puesto con la mayor seriedad al lado. ¿Es esto un epigrama, una burla, una lección?”. Sarmiento tuvo la veleidad del uniforme, que debió influir en su hijo. La temprana muerte de éste en la guerra (**) fue el desenlace trágico que dejó sin consuelo al padre y le dio otro héroe joven a la patria. (N del A)
(**) Dominguito (Domingo Fidel Sarmiento) se alistó en el ejército y con el grado de Capitán  falleció a los 21 años en el combate de Curupaity  el 22 de septiembre de 1866, durante la guerra de la triple alianza. (Argentina, Brasil y Uruguay aliados contra el Paraguay). (N del E)





La chispa (*)


De mi casa a la escuela
está la casa del herrero.
Camino de la escuela,
me paro a ver el fuego.
A veces una chispa sale afuera
a vivir un momento.


Sarmiento amaba todos los oficios.
Fue tallista, minero.
Dijo no sé qué cosas del pintor
que se blanquea entero.


Pinta y verás
todo más bello.
Sarmiento usó para pintar su casa
un barco de papel como sombrero.


Después fue presidente.
Se paraba en la casa del herrero.


(*) Exaltación de la simpatía que Sarmiento sentía por los oficios humildes, antes, durante y después de sus funciones públicas. (N del A)





La obra (*)


El árbol de Sarmiento
puso de pié a la pampa.
El mimbre de Sarmiento
le hizo al pan su canasta.
La escuela de Sarmiento
bajó el cielo a las astas.
El barco de Sarmiento
trajo, azul, la nostalgia.
Su tren la llevó, azul,
donde la tierra es vasta.


Ahora la tierra quiere
que el hombre la reparta.
A ti te toca hacerlo,
muchacho de la patria:
A cada uno un gajo.
Dios está en la naranja.


(*) Suma de lo hecho por el prócer. Advertencia de lo que falta hacer y cómo ha de hacerse.
(N del A)





Amor (*)


Amar no es un pecado.
        Sarmiento amó.
Amar y ser amado.
        También lloró.


Nunca a tenido nombre
        este llorar.
La mujer es el hombre.
        Todo es el mar.


Aurelia, Lucy, Ida. . .
        Son tres y una.
El amor es la vida.
        Todo es la luna.


(*) “Mi destino hanlo, desde la cuna, entretejido mujeres, casi sólo mujeres. . .  Todas ellas me cobijaron bajo el ala de madres y me ayudaron a vivir en los largos años de prueba”. Para ellas (Aurelia Vélez Sarsfield, Ida Wickersham, Lucy Smith. . . ) escribió Sarmiento esta dedicatoria: “A la grata memoria de todas las mujeres que me amaron y ayudaron en la lucha por la existencia”.  (N del A)





Gracias, María Mann (*)


Dulce esposa de Horacio, esposa y madre,
        María tutelar,
que recibiste muerto, de Sarmiento,
        a Dominguito en tu portal.


Eras como una estrella y no lo eras
        con tu brillo irreal,
en aquel día de Sarmiento solo,
        muerto en su capitán.


No lo traía y lo traía en hombros
        por sobre tierra y mar.
En tus brazos lo puso y no lo puso
      como a todo San Juan.


Allí estaba su sueño destruido
        para siempre jamás.
La voz de su destino le había dicho:
        “Dios te lo quitará”.


Dulce esposa de Horacio, esposa y madre,
        ¡quién te puede olvidar!
Sarmiento estaba sólo con su pena.
        Gracias, María Mann.


(*) Sarmiento conoció, admiró e imitó al gran educacionista y demócrata norteamericano Horacio Mann, y cultivó una estrecha, pura y leal amistad con María Mann, la esposa y continuadora de aquél. Hacia 1856 el prócer está otra vez en Norteamérica. Visita y escribe a su traductora, a su “ángel tutelar”. Cuando muere Dominguito desahoga en ella su tremendo dolor. Es de María Mann el rotundo concepto: “Usted no es hombre para mí; es una nación”. El poema agradece una o otra cosa. (N del A)





El Toro (*)


Don José de Oro
tenía verdaderamente
un corazón de oro.
Se le partía la palabra,
y era un revuelto chorro.


Soldado y ángel.
Cordero y toro.
Sermón y baile.
Tenía un corazón de oro.


Sarmiento no tenía nada.
Mirad la golondrina,
la verde rama.
Iba detrás de quien sabía
dónde brotaba el agua.
José de Oro lo sabía.
Su corazón le daba.
“Tómalo” _le decía,
palabra por palabra_.


El gran toro y su sombra.
En la sombra el torito.
San Luis inmensa, sola,
Y en San Juan, torturándose,
la voz de la paloma.



Don José de Oro
tenía verdaderamente
un corazón de oro.
Cuando murió no lo tenía.
Ya lo tenía el otro.


Dos negrísimas astas
de repente se abrieron
en la montaña.
Eran del toro alado
que escarbaba.
Se le venía encima
a Rosas la mañana,
detrás del poncho en fuego
de la nube que apaga.
“¡Salvaje!” le gritaron,
y nada.
“¡Infame!”,
y nada.
“¡Traidor!”,
y nada.
“¡Anarquista!”,
y nada.
También hablaba el toro.
Tronó: “No es nada”.
Y volteando la piedra,
hizo saltar el agua.


(*) San Francisco del Monte, 1826. El presbítero José de Oro es el ayo de Sarmiento. De aquél le viene a éste, según confesión propia, la honradez de ángel, el amor a la libertad, el rapto, la inclinación a la lucha, el apasionamiento por la patria. “Su alma entera se transmigró a la mía”, anota Sarmiento en “Recuerdos de Provincia”. (N del A)





San Martín y Sarmiento (*)


El sembrador que pide anda por Francia
        con su manaza abierta.
La sombra capitana está en Grandbourg. (1)
        Lo recibe en la puerta.


Poco tiene que dar quien ya dio todo;
        pero en la mano oscura
ve su Cancha Rayada, su Maipú; (2) (3)
        la tierra y su espesura.


Nada puso en la mano que pedía,
        más que su adiós, su pena.
La mano se cerró para sembrar.
        La mano estaba llena.


(*) Avido de conocimiento y experiencia, Sarmiento visita, hacia 1845, varios países europeos. En Francia llega hasta el retraído y pudoroso Libertador. No ha de coincidir en todo, naturalmente. Uno está lejos y el otro en el frente nuevo. La obra de cada uno los vinculará en el tiempo, como cruzados ambos del progreso, contra la Colonia. San Martín, héroe, pone en manos del que lo será su dolor y su esperanza. (N del A)
(1) En abril de 1834, San Martín compra la finca de Grand-Bourg, junto al río Sena, a 7 km de París. Allí vive durante 15 años. En 1848, por los movimientos revolucionarios en París, abandona Grand Bourg y se muda a Boulogne- sur-Mer donde reside hasta su muerte, dos años después, el 17 de agosto de 1850. (N del E)
(2) Cancha Rayada: (19 de marzo de 1818) batalla de la Independencia de Chile, en la cual fueron derrotadas las fuerzas patriotas mandadas por José de San Martín en el encuentro sostenido con las fuerzas realistas cerca de Talca (Chile). (N del E)
(3) Maipú: (5 de abril de 1818) batalla de la Independencia de Chile, en la cual fueron derrotadas las fuerzas realistas bajo las órdenes del General Mariano Osorio en el encuentro sostenido con las fuerzas patriotas revolucionarias conformadas por soldados argentinos de las Provincias Unidas y patriotas chilenos, comandados por el General en Jefe José de San Martín, la cual decidió la Independencia de Chile y en gran parte la del Cono Sur. Se desarrolló en el valle del río Maipo, cercano a Santiago de Chile. (N del E)






Don José Clemente (*)


Antes fue la guitarra,
el poncho de trabajo,
el cuchillo que viaja.


Quiero ir a pie a buscarlos;
a pie quiero traerlos
por entre flor y árbol.


El tiento doloroso de tu espera,
el duro estribo de tu salto;
tu pañuelo de sufrir,
sucio, roto, llorado;
tu mate oscuro,
tu cinturón plateado.


Quiero ir a pie. Volverme
a pie con tu recado.
Te llevaré una espiga
de oro en cada mano.
Tú no creíste en ella;
pero ella iba en tu caballo.


(*) Tal vez no tendría simpatía por el hombre que trabaja con las manos, porque era amigo de andar este arriero incansable. Pero, pese a lo que se diga, es históricamente cierto que don José Clemente participó de las vicisitudes del hijo, siguiéndolo hasta donde pudo. El mismo Sarmiento dice: “Mi padre, que me seguía como el ángel tutelar, se me aparecía en estos momentos de embriaguez, a sacarme de atolladeros que sin su previsión habrían podido serme fatales”. (N del A)





El árbol (*)


Detrás de la revolución
vinieron los árboles,
las bellas palabras
del árabe.
En las lagunas, en el cielo
se multiplicaron los ángeles.


Laprida trajo el sauce (1)
que debía llorarlo.
Cobo, la conversación del viento (2)
en el álamo.
El azahar
le dio su soplo al campo;
entró en el templo
con la novia y el canto.
La amapola,
la vara del durazno.


Y fue el trigo y el pan,
el ciprés y la estrella,
la vid y el vino,
la alfalfa y la abeja.
Embriagada de hojas,
la oruga dio la seda.


Por el agua purpúrea
vino flotando el cedro.
Trajo el asta, la cuna,
la mesa del maestro.
El indio es en la orilla
el Adam del Bermejo.
Ese, de bronce, que olfatea el aire,
es Sarmiento.


(*) El discurso pronunciado por Sarmiento, gobernador de San Juan, en 1862, con motivo de la inauguración de la Quinta Normal, documenta todo cuanto él esperaba de la introducción del árbol en el país. “¿Sabéis _pregunta_ lo que importan para la solución del país ciertas maderas? No teníamos maderas ni para improvisar lanzas”. Y es él el que anuncia, traspasado de alegría, el paso por delante de Corrientes, vía Bermejo, de la primera jangada de cedro de Oran. (**) (N del A)
(**) Orán: (San Ramón de la nueva Orán) Ciudad del Norte de la Provincia de Salta en la República Argentina, muy cercana al río Bermejo, límite con Bolivia. La zona es reconocida por sus maderas nobles, en especial el roble salteño. (N del E)
(1) Laprida, Francisco Narciso de: (San Juan, 28 de octubre de 1786 – Mendoza, 22 de septiembre de 1829) fue un abogado y político argentino. Fue diputado por San Juan al Congreso de Tucumán y presidió el mismo cuando se declaró la independencia del país el 9 de julio de 1816. (N del E)
(2) Cobo, Rafael: Terrateniente argentino de la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires, hoy Rincón de Cobo, Mar de Cobo, Mar de Ajó, etc. Para detener el avance de las dunas marinas sobre sus tierras de labor, importó y plantó álamos de Europa a finales del siglo XIX. (N del E)





Viaje a la presidencia (*)


“Dios, el mar, el pensamiento”,
y arriba la luna con cuernos.


Esto que te cuento
me lo contó Sarmiento.
Yo te lo digo en verso,
porque en el mar hay potrillitos negros,
y hay ángeles en el cielo,
y el barco es un caballo que vuelve ligero,
y los peces saltan como saltan los perros.


La estrella polar está en el firmamento
y está la Cruz del Sur con sus cuatro luceros.
En las islas se ven los pueblos.
Con palmeras se abanican el sueño.
Si tienen un volcán se parece a un sombrero.
Hay negritos que se chupan el dedo.
Tienen alas _me dice Sarmiento_.
Me dice: “Son angelitos negros”.
En decirlo fue sin duda el primero.


De pronto se ve un peñón desierto
que juega con el mar, que le revuelve el pelo.
No tiene nombre; no es de nadie; es del viento.
Se alzan los brazos del viajero.
_Salud, peñón sin dueño.
_Salud, señor Sarmiento.
Y se zambulle entero.


Ahora viene una niña. Es el ensueño.
Es el amor. Trae un cuaderno.
Trae en la boca unos versos.
La mira escribir Sarmiento.
Siente el dolor de no saber hacerlos.
Dice que lleva una paloma adentro.


Y hay un momento
que el hombre no tiene sombra, que el cuerpo
se libera del suelo,
que es de sol entero.
“¡Llévame así, oh sol, a mi pueblo!”.
Veintiún cañonazos desparraman su trueno.


La luna está en el cielo
otra vez con sus cuernos.
Se ve la patria, el suelo.
Viene la bandera; vienen los granaderos;
vienen también los muertos.
Está llorando Sarmiento.


(*) Sarmiento estaba en los Estados Unidos cuando fue elegido presidente de la República. El 23 de julio de 1868 sale de New York para Buenos Aires. En sus impresiones de viaje lo registra todo: el hombre, la fauna marina, la flora, la Isla de Nadie (“¿Qué fuerza es que ha de ser de alguien?”), el meridiano de St. Thomas (“Parado al sol no tengo sombra”), los angelitos negros de Pará (“Angelitos negros, desnudos, mamoncitos, ¿por qué no?”), los versos… No es cierto que Sarmiento desdeñara la poesía. En carta a Juan María Gutiérrez (**) habla elogiosamente de Mármol (***). Lleva fecha 1º de marzo de 1846. Y en carta dirigida al propio poeta, del 12 de abril de 1849, confiesa lo siguiente: “En mis Viajes me propuse incomodar a todos los poetas, con quienes estoy peleado, por pura envidia”. La paloma, la paz, los cañonazos, la tierra natal, el pueblo. (N del A)
(**) Juan María Gutiérrez: (Buenos aires 1809 – Buenos Aires 1878). Investigador de la historia, crítico literario, novelista, poeta, antologista, polemista, narrador, erudito, bibliófilo, hombre de letras al fin; funcionario, ministro, constituyente, diputado, Rector de la Universidad de Buenos Aires, Presidente del Consejo de Instrucción Pública, Jefe del Departamento de Escuelas, hombre público en diversas facetas, Juan María Gutiérrez es considerado uno de los más grandes promotores de la cultura argentina desde los comienzos de la Nación y durante buena parte del siglo XIX. (N del E)
(***) Mármol, José (Buenos aires 1818 – Buenos Aires 1871). Escritor y político argentino, descolló sobre los poetas de su tendencia, significándose como el de más fuerza expresiva y cuerda más variada. Su misma vida le dio los temas y vivió tan intensamente, que sus obras desbordan apasionamiento. Senador en la provincia de Buenos Aires, y luego diputado nacional, ministro plenipotenciario en el Brasil. Fue, a partir de 1868, director de la Biblioteca Nacional. (N del E)





El trencito que vuela (*)


Imagínate un arca
llena de cosas,
de collares, de botellas, con barcos,
de pañuelos, de palomas. . .
y el ángel, y Sarmiento
que las arroja.


El collar luminoso
ya se va por los campos.
Míralo cómo corre por la vía,
cómo despierta pájaros.
Deja puñaditos de luces
de cuando en cuando.


El pañuelo se prende de la rama,
y es tan azul y blanco
que la escuela aparece
debajo del árbol.


La botella cae al mar.
Dispara un cañonazo.
Y vienen olas y más olas
con acordeón y canto.


La paloma da vueltas en el cielo
y hace crecer el campanario.
La golondrina pone el himno
en el hilo tirado.


También hay hombrecillos en el arca:
el del trigo en la mano,
el de la pluma en el sombrero,
el sin nada, descalzo.


Sarmiento los arroja, y en la tierra
todos caen parados.


Y un día dijo “basta”,
porque estaba cansado.
Se fue a hacer lamparitas de naranja
al país del verano.


En eso estaba cuando entró un trencito
de fósforo en su cuarto.
Entró por la ventana.
Le dijo: Vamos.


Entró y salió.
La luz se fue apagando.
El ya no respondía. Por el aire
se iba el trencito alado.


(*) Sarmiento es el mago de la patria, el genio de las extraordinarias mutaciones que cambian la fisonomía del país. Lo asiste “el ángel de la luz”. Es el que pide y exige, pero el que sirve. Su obra es para todos. Cuando todo está hecho, y ya no le queda por dar, se va a levantar su casita de descanso a la región de la madera. Quiere inaugurar aquélla con una fiesta de luces: prepara fuegos de artificio, contrata músicos, hace –como los naturales- lamparitas con cáscara de naranja. La gloria no es más que un trencito que vuela. (N del A)





“La Sarmiento” (*)


Sentado esperó la muerte
como un dios en la ventana.
Esperó para dormirse
que el día se despertara.
Cuando se quedó dormido
la luz le daba en la cara.


Pena abajo el Paraná
lo trae dormido en andas.
Pena abajo el camalote
sigue el barco de la patria.
Pena abajo sobre espinas
corre la briza descalza,
entre una madre que llora
y otra madre arrodillada.


El pueblo no tiene flores,
pero en el campo las halla.
Las flores se están cerrando
con su amarillo de lágrimas.
Del pelo de una mujer
tienen una cinta blanca.
Sarmiento que está dormido
las lleva ya deshojadas.


La tierra lo está esperando
como una india sentada.
En los brazos de la tierra
lo pone dormido el agua.
Llorando con él en brazos,
la tierra se llama Paula.


Pero los niños no lloran
porque ellos son la mañana,
porque Sarmiento no quiso
que ningún niño llorara;
y están que vienen cantando
por los caminos del alba,
que vienen a construir
en la arena una fragata,
que se llamará Sarmiento,
que la pondrán en el agua,
y que se irá por el mundo
como una paloma blanca.


(*) Repatriación de los restos de Sarmiento (**). Los naturales de Colonia Las Palmas  se arrodillan en las barrancas al paso del transporte de la armada. Hay flores en el río, simples. El pueblo llora, Interpretando el sentir popular, “La Sarmiento” (***) se hará un día a la mar, con el mensaje de confraternidad y paz de todos los argentinos. (N del A)
(**) Sarmiento falleció en Asunción (Paraguay). (N del E)
(***) La Sarmiento: Fragata, buque escuela de la Armada Argentina construido entre 1896 y 1897. (N del E)





El retrato (*)


No mires a la patria en los retratos.
Lo mejor es el nido
sobre el hombre de mármol.
La fuente en que se bebe
es Moreno a tu paso.


Sarmiento es lo que oyes:
el mar, el canto.
Nunca estará en el bronce.
No es la puntualidad de nueve años.
Es la fuga a la calle
para estar con el álamo,
para correr, para llevar la brasa
en la mano, saltando.


El habló y no entendieron.
Dijo que en bronce es vano,
que es frío, cuando vio
que el frío entraba en su quemada mano.
Confundieron su pena de apagarse
con vanidad de lo creado.


Si yo fuera pintor
lo pintaría andando,
con una lanzadera renegrida
como bastón de mando.


Y no lo pintaría, porque está
en todas partes con el árbol.


(*) Estatuas y retratos fríos y deshumanizados sólo sirven para crear ficciones. Sarmiento es uno de los próceres más hombre de nuestra historia, y está vivo. “Lleva dentro de sí todo lo humano”, dice Ricardo Rojas (**). Ama la aurora, el ocaso, las plantas, los niños, los pájaros, las noches de luna, el mar. Le gustan los bailes públicos, las mascaradas, el teatro. Guarda como un trofeo las dos veces centenaria lanzadera de la madre. No deseó la estatua. Conviene recordar lo que dijo respecto de la mejor forma de honrar a los benefactores públicos: Levantar escuelas, poner piletas para tomar agua en las esquinas. (N del A)
(**) Ricardo Rojas (Tucumán, 1882 – Buenos Aires, 1957), poeta, escritor y ensayista argentino. Fue profesor universitario, decano de la Facultad de Filosofía y Letras y Rector de la Universidad de Buenos Aires. (N del E)





Estrella (*)


¡Pobre Facundo, pobre Rosas! (1) (2)
¡Feliz Sarmiento que eligió el camino
de la espiga y la rosa!
Honrado manco Paz, (3)
¡feliz tu mesa con su poca cosa!,
y tu guerrera transpirada,
¡oh Lamadrid!, con mariposa. (4)


Hombre:
Dios te libre de hacer llorar al niño
con tu nombre.
Ay, no quiera tu acaso
que flor y madre, donde se hace el día,
se cierren a tu paso.
Todas las madres se llaman María,
María es una estrella en un regazo.


¡Pobre Facundo, pobre Rosas!
Se llevaron la niebla.
Quedó la estrella hermosa.


(*)Rosas y Facundo, actores ambos del obscuro pasado argentino, son dignos cuanto menos, de misericordia, porque el caos del medio bárbaro es sumamente peligroso para la acción del hombre llamado a intervenir en el drama de su tiempo. sarmiento, Mitre, Lamadrid, Paz, los proscriptos y los que permanecen en la tierra enfrentando el peligro, son los ángeles rebeldes de la organización civilizadora, y lo son en razón de una poderosa fuerza espiritual que no cede, para su suerte, y que los otros no poseían, para su desgracia. “Guiados por la luz de grandes y claros principios, avanzábamos peleando duro y recio”. (Sarmiento, en ocasión de su septuagésimo quinto cumpleaños). (N del A)
(1) Facundo Quiroga: (n. San Antonio, provincia de La Rioja, Argentina, 1788 – † Barranca Yaco, Córdoba, Argentina, 16 de febrero de 1835) fue un caudillo argentino de la primera mitad del siglo XIX, partidario de un gobierno federal durante las guerras intestinas en su país, posteriores a la declaración de la independencia. (N del E)
(2) Rosas, Juan Manuel: (Buenos Aires, 30 de marzo de 1793 – Southampton, Hampshire, 14 de marzo de 1877) fue un militar y político argentino, gobernador de Buenos Aires. En 1829, tras derrotar al general Juan Lavalle, accedió al gobierno de la provincia de Buenos Aires. Durante veinticuatro años procuró ejercer mando absoluto, y logró constituirse en el principal dirigente de la denominada Confederación Argentina (1835-1852). (N del E)
(3) Paz, José María (el manco): (Córdoba, Argentina; 9 de septiembre de 1791 – Buenos Aires el 22 de octubre de 1854) fue un militar argentino que participó en las guerras de la independencia Argentina y en la guerra civil contra Rosas y los caudillos federales. En el combate de Venta y Media queda herido e inutilizado de por vida su brazo derecho por unas heridas de bala. Por esta invalidez se hace conocido como “El Manco Paz”. (N del E)
(4) Lamadrid, Gregorio Araoz de: (San Miguel de Tucumán, Argentina, 28 de noviembre de 1795 - Buenos Aires, Argentina, 5 de enero de 1857), militar argentino, guerrero de la Independencia Argentina, y líder del partido unitario. Fue gobernador de la provincia de Tucumán, y efímeramente de las provincias de Mendoza y Córdoba. Reputado como un oficial valiente y hasta temerario, no se destacó como un general exitoso. (N del E)




Biografía de Sarmiento


El presente libro, “La hoja voladora”, está dedicado íntegramente a Domingo Faustino Sarmiento por quien José Pedroni sentía profunda admiración y respeto. Por esta razón y para que el lector profundice sus conocimientos sobre la vida y obra del prócer, se incluye una biografía del mismo. (N del E)



Domingo Faustino Sarmiento


Domingo Faustino Sarmiento (San Juan, Argentina, 15 de febrero de 1811 – Asunción del Paraguay, Paraguay, 11 de septiembre de 1888) fue un político, pedagogo, escritor, docente, periodista y militar argentino; gobernador de la Provincia de San Juan entre 1862 y 1864, Senador Nacional por su Provincia entre 1874 y 1879 y presidente de la Nación Argentina entre 1868 y 1874.

Se destacó tanto por su laboriosa lucha en la educación pública como en contribuir al progreso científico y cultural de su país. En 1947 la Conferencia Interamericana de Educación estableció como Día Panamericano del Maestro al 11 de septiembre en homenaje a su fallecimiento.


Trayectoria
Sarmiento nació el 15 de febrero de 1811 en el Carrascal, uno de los barrios más pobres de la ciudad de San Juan. Era hijo de José Clemente Quiroga Sarmiento y Ana Paula Albarracín. Los primeros maestros de Domingo fueron su padre y su tío José Eufrasio Quiroga Sarmiento, quienes le enseñaron a leer a los cuatro años.

En 1816, ingresó a una de las llamadas "Escuelas de la Patria", fundadas por los gobiernos de la Revolución, donde tuvo como educadores a los hermanos Ignacio y José Rodríguez, éstos sí, maestros profesionales casa, en la ciudad de San Juan capital de la provincia homónima. Su verdadero nombre era Faustino Valentín Sarmiento. Según algunas fuentes[1] el nombre Domingo se le adjudicó sucesivamente aunque no figuraba en su partida de nacimiento. Cuando tenía 5 años ya sabía leer y escribir y a los 15 años ya era maestro. Entre 1815 y 1821 cursó estudios en la Escuela de la Patria de su ciudad natal; finalizados éstos viajó con su padre a la ciudad de Córdoba para cursar el seminario pero no le fue concedida una beca. En 1823, luego de tratar vanamente de ingresar al Colegio de Ciencias Morales en Buenos Aires, trabajó como asistente del ingeniero Victor Barreau en la Oficina de Topografía de San Juan. Ese mismo año su tío José de Oro fue desterrado a San Francisco del Monte, actualmente San Francisco del Monte de Oro (en homenaje al rebelde fraile y maestro) y él lo acompañó.

En 1827 fue reclutado dentro del ejército federal. Según sus relatos, Sarmiento, como alférez de milicia debía realizar tareas que lo incomodaban. Presentó un reclamo y fue citado por el gobernador Manuel Quiroga. Durante la reunión Sarmiento pidió ser tratado con equidad, pero esto fue tomado como un desacato y fue enviado a prisión. Debido a éste, y a otros enfrentamientos personales con integrantes del ejército federal, decidió abrazar la causa unitaria y se incorporó al ejército comandado por José María Paz.


Exilios
Debido a la victoria federal en su provincia, en 1831 se vio obligado a emigrar hacia Chile, donde realizó distintas actividades para subsistir. Durante este tiempo trabajaba como profesor en una escuela de la provincia de Los Andes, donde tuvo con una alumna - María Jesús del Canto, con quien nunca se casó - a su única hija Ana Faustina Sarmiento, quien más tarde iba a ser la madre de Augusto Belín. En 1836, mientras se desempeñaba como minero, contrajo fiebre tifoidea y, a pedido de su familia, el entonces gobernador de San Juan, Nazario Benavídez, le permitió volver a la Argentina.

De regreso en su ciudad natal, formó parte de la Sociedad Dramática Filarmónica, y luego fundó la Sociedad Literaria (1838), filial de la Asociación de Mayo; comenzó a participar de actividades artísticas, teniendo contacto con la Generación de 1837 y retomó la actividad política. De hecho la sede del grupo artístico del que formaba parte fue utilizada como centro de reunión de quienes se oponían a Juan Manuel de Rosas, por entonces gobernador de Buenos Aires y encargado de las Relaciones Exteriores de Argentina.

En 1839 fundó el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, un instituto secundario para señoritas, y crea el periódico El Zonda, desde el cual dirigió duras críticas al gobierno. Debido a sus constantes ataques al gobierno federal, el 18 de noviembre de 1840 fue apresado y nuevamente obligado a exiliarse hacia Chile.

Nuevamente en Chile se dedicó de lleno a la actividad cultural. Escribió para los periódicos El Mercurio, El Heraldo Nacional y El Nacional; y fundó El Progreso. En 1842 fue designado por el entonces Ministro de Instrucción Pública, Manuel Montt Torres, para dirigir la Escuela Normal de Preceptores, la primera institución latinoamericana especializada en preparar maestros. También impulsó el romanticismo, llegando a polemizar con Andrés Bello. Su labor como pedagogo fue reconocida por la Universidad de Chile, que lo nombró miembro fundador de la Facultad de Filosofía y Humanidades; y en 1845 el presidente Manuel Montt Torres le encomendó la tarea de estudiar los sistemas educativos de Europa y Estados Unidos.

Durante su paso por Francia aprovechó para encontrarse con José de San Martín que vivía exiliado por propia voluntad en su residencia de Grand Bourg.

Una vez finalizado su viaje por el mundo, en 1848 se casó con Benita Martínez Pastoriza, viuda de su amigo Domingo Castro y Calvo, y adoptó al hijo de estos, Domingo Fidel ("Dominguito"); y se instaló en el barrio Yungay de la ciudad de Santiago. Durante un año se dedicó de lleno a escribir, y fruto de ello son Viajes por Europa, África y América, en el cual escribió sobre lo observado en sus viajes, y Educación popular, donde transcribió gran parte de su pensamiento educativo, y su proyecto de educación pública, gratuita y laica.

Al año siguiente se separó de su esposa para luego volver con Dominguito a la Argentina.


Su hijo Dominguito
En medio de su larga vida, se destacó el joven Dominguito Fidel Sarmiento, conocido popularmente como "Dominguito". Hijo de Domingo Castro y Calvo y Benita Martínez Pastoriza, nació en Chile en 1845 y su nombre original era Domingo Fidel Castro. Siendo muy pequeño murió su padre, y tiempo después su madre se casó con Domingo Faustino Sarmiento — también viudo — quien lo adoptó en 1848.

A los cuatro años aprendió a leer; en su país natal cursó estudios primarios y terminó el bachillerato en Argentina. Al estallar la Guerra de la Triple Alianza, Dominguito decidió alistarse en el ejército argentino pese a la oposición de su madre. Participó con el grado de capitán del Ejército Argentino.

En septiembre de 1866, durante la Batalla de Curupayty, Dominguito fue herido de muerte; tenía 21 años de edad. Sarmiento desempeñaba entonces el cargo de ministro plenipotenciario de la Argentina en Estados Unidos, donde recibió la noticia de la muerte de su hijo adoptivo por medio de los enviados especiales de Bartolomé Mitre. La noticia lo sumió en una profunda depresión.

Poco tiempo después, Sarmiento renunció al cargo diplomático y emprendió el regreso a Buenos Aires. Ya en la capital argentina, se dirigió al cementerio, donde se encontraba la tumba de Dominguito, y allí pasó un largo rato muy devastado. Años después escribió la biografía de su hijo: "Vida de Dominguito".


Carrera política
En 1851 ingresó como gacetillero en el ejército de Justo José de Urquiza. Luego de la caída de Rosas entró en conflicto con Urquiza y se vio obligado a volver a Chile. Durante este periodo entabló discusiones con Juan Bautista Alberdi acerca de la política del país.

En 1855 regresó a la Argentina. En Buenos Aires fue concejal electo (1856) y luego fue elegido senador tres veces (1857),(1860) y (1861), mientras tanto se desempeñaba como jefe del Departamento de Escuelas.

Luego de la batalla de Pavón, acompañó al general Wenceslao Paunero en la campaña a Cuyo. Allí fue designado gobernador de San Juan (1862). En 1864, a causa de la muerte de su amigo Antonino Aberastain, inició una persecución que finalizó con el asesinato del caudillo riojano Chacho Peñaloza. A raíz de ello el gobierno lo envía en misión diplomática durante tres años.


Presidencia
Fue propuesto como candidato a la presidencia de la Nación por un grupo de políticos del país, a iniciativa del coronel Lucio V. Mansilla. Mientras se encontraba en los Estados Unidos, fue electo para el cargo en las elecciones nacionales de agosto de 1868, y asumió el cargo el 12 de octubre de 1868.

Su gestión presidencial se centró en la promoción de la educación y el desarrollo de las comunicaciones en el país.

Una de sus primeras decisiones fue realizar una Exposición de Artes y Productos Nacionales, en la ciudad de Córdoba. La gente tomó este proyecto como una locura, pero la realización terminó siendo un gran éxito. En ella se promovieron tejidos, curtiembres, fundiciones, tintorerías, y productos agropecuarios; todos de distintas regiones del país. Durante su visita a la exposición Sarmiento ostentó un traje de vicuña elaborado con telas nacionales y recibió además en premio una medalla por haber introducido el mimbre en el país.

Alentó la inmigración, se encargó la reforma del puerto, y contribuyó al desarrollo de las telecomunicaciones. Además se realizó el primer censo de población.

Inició la formación profesional de maestros, creó escuelas normales anexas a los colegios nacionales de Corrientes y de Concepción del Uruguay en 1869 y de la Escuela Normal de Paraná en 1870. Fundó el Colegio Militar (1869), la Escuela Naval (1872), y escuelas de arboricultura y agronomía en San Juan, en Mendoza, y más tarde en Tucumán y Salta.

Creó escuelas primarias en varias provincias e importó de Europa gabinetes de ciencias y colecciones de historia natural.

Otras creaciones durante su mandato fueron:

·         La Academia de Ciencias, en Córdoba.
·         La Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas en la Universidad de Córdoba.
·         La Biblioteca Nacional de Maestros
·         El Observatorio Astronómico de Córdoba
·         Por su iniciativa se crearon en la región cuyana las cátedras de mineralogía en los Colegios nacionales de Catamarca y de San Juan, que se convertirían en 1876 en la Escuela de Ingenieros de San Juan.


Cargos posteriores
Al finalizar su mandato presidencial, transmitió la presidencia a Nicolás Avellaneda, en 1874. En 1875, asumió como senador nacional por su provincia, cargo que abandonó en 1879 para asumir brevemente como Ministro de Interior de Nicolás Avellaneda. Luego ocupó el cargo de Superintendente de Escuelas durante el gobierno de Julio Argentino Roca, pero renunció a causa de diferencias radicales con Avellaneda y el propio Roca. En 1885, fundó en Buenos Aires, el diario "El censor".

En 1887 viajó al Paraguay junto a su hija.

Debido a su endeble salud, falleció en Asunción el 11 de septiembre de 1888 a los 77 años de edad. El 21 de septiembre, sus restos regresaron a Buenos Aires, y fueron sepultados en el Cementerio de la Recoleta de esa ciudad.

Desde su posición, Sarmiento defendió la educación de la mujer a la par del hombre, y mantuvo una fuerte amistad con Juana Manso, a quien consideró la única persona en América Latina que había interpretado su plan de educación[cita requerida]. En una carta dirigida a ella, la saludó por el restablecimiento de los Anales de la Educación, y felicitó al gobierno argentino por esta decisión, además de aseverar que la mujer, por su instinto maternal es el ser idóneo para encargarse de la educación infantil.


Sarmiento, gobernador de San Juan
Retrato de Sarmiento como gobernador de San Juan.Sarmiento arribó a San Juan como enviado nacional por parte del presidente Bartolomé Mitre y asumió el poder en el año 1862. Donde se encontró con la provincia empobrecida y dividida, por eso trató de ordenar las finanzas y de impulsar el modelo basado en la civilización y el progreso, logrando en tan solo dos años cambiar por completo la fisonomía de su provincia con numerosas obras públicas de todo tipo.

En materia educación y cultura creó una Legislación que establecía la educación pública, gratuita y obligatoria, inauguró nuevas escuelas primarias, colegio Preparatorio, la Quinta Normal (actualmente Escuela de Enología) y Escuela de Minas (actualmente Escuela Industrial), ambas ubicadas en la ciudad de San Juan y edita nuevamente el periódico El Zonda. En cuanto obras públicas, incorporo alumbrado y empedrado público, apertura y ensanchamiento de calles, forestación, confección del plano topográfico de la provincia de San Juan. Desde el punto de vista económico, fomento de la explotación minera (diputación de Minas, Compañía de Minas), leyes impositivas (patentes y sellos de justicia) y en lo social, proyecto de colonización y desarrollo agrícola con los inmigrantes.

Sin embargo, la lucha, y la muerte del caudillo Chacho Peñaloza y la oposición interna que debió afrontar impidieron el logro total de sus proyectos y ante la falta de apoyo de sus comprovincianos, renunció al gobierno en 1864.

Atentado
El 22 de agosto de 1873, sufrió un atentado mientras se dirigía hacia la casa de Vélez Sarsfield. Cuando transitaba por la actual esquina de Corrientes y Maipú, en la ciudad de Buenos Aires, una explosión sacudió al coche en el que viajaba. El sanjuanino no lo escuchó porque ya padecía una profunda sordera. Los autores fueron dos anarquistas italianos, los hermanos Francisco y Pedro Guerri, que confesaron haber sido contratados por hombres de López Jordán. El atentado falló porque a Francisco Guerri se le reventó el trabuco en la mano. Sarmiento salió ileso del atentado.

Muerte
Durante los años de 1887–1888, con la salud deteriorada por la sordera y una insuficiencia cardiovascular y bronquial, se refugió en el clima cálido de Asunción. Era ahora un anciano y su salud estaba quebrantada. Le costaba respirar y los médicos le aconsejan alejarse de Buenos Aires para evitar los fríos. Además se agudizaba su hipertrofia cardíaca. A comienzos de 1888 se embarcó con su hija Faustina y sus nietos para Asunción, donde ya había estado el año anterior.

Pero el 11 de septiembre de 1888, Sarmiento fallece en Asunción, Paraguay. Sus restos fueron inhumados en Buenos Aires, 10 días después. Ante su tumba, Carlos Pellegrini sintetizó el juicio general: “Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América".


Obra literaria
·         Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas, (1845).Mi defensa, 1843.
·         Facundo o Civilización y Barbarie, 1845; Trata sobre el caudillo riojano Facundo Quiroga y las diferencias entre los federales y unitarios. Es una descripción de la vida social y política del país que tiene alcances sociológicos e históricos, pues ofrece en él una explicación sociológica del país fundada en el conflicto entre la «civilización» y la «barbarie», personificadas respectivamente en los medios urbano y rural.
·          Vida de Aldao, 1845.
·         Método gradual de enseñar a leer el castellano, 1845.
·         Viajes por África, Europa y América, 1849; Autobiográfica.
·         Argirópolis, 1850.
·         Recuerdos de provincia, 1850; Autobiografía.
·         Campaña del Ejército Grande, 1852.
·         Las ciento y una, 1853; serie de epístolas dirigidas a Juan Bautista Alberdi.
·         Comentario a la Constitución de la Confederación Argentina, 1853.
·         Memoria sobre educación común, 1856.
·         El Chacho, 1865; sobre el caudillo riojano Ángel Vicente Peñaloza.
·         Las escuelas, bases de la prosperidad, 1866.
·         Conflicto y armonías de las razas en América, 1884. En esta obra desarrolla una concepción semejante a la de Facundo, pero encarada desde el punto de vista étnico. Su primer tomo es de 1884 y el segundo, póstumo, que según su autor es «Facundo llegado a la vejez».
·         Vida de Dominguito, 1886; sobre su hijo adoptivo, muerto en la Guerra de la Triple Alianza.


Su aporte a las ciencias
Domingo F. Sarmiento realizó una importante contribución al saber, gracias a su aporte como promotor del progreso científico y su acción y prédica constante a favor de la enseñanza y creación de instituciones científicas y culturales.

La acción de Sarmiento en la difusión de las ciencias occidentales, en un país peíférico en el mundo de las ciencias como lo era la Argentina, fue la de consolidar un sistema científico independiente, enriqueciéndolo con los aportes de la más moderna ciencia europea.

Cuando ocupaba el cargo de Ministro de Instrucción Pública de la Provincia de Buenos Aires, llegó al país el científico Germán Burmeister. Cuando éste era director del Museo de Buenos Aires, y en cumplimiento de una ley de 1869, Sarmiento le encomendó las gestiones para incorporar veinte profesores europeos para la enseñanza de ciencias exactas y naturales en la Universidad de Córdoba.

En la Argentina, las dos posturas que a nivel mundial se enfrentaban en el campo de las ciencias naturales estaban representadas por Florentino Ameghino, del lado del evolucionismo y por Burmeister, en el campo del creacionismo. Sarmiento, a pesar de que Burmeister era un científico consagrado en Europa, no dudó en apoyar las ideas de Ameghino, del cual decía en 1881: "Un paisano de Mercedes, Florentino Ameghino, que nadie conoce y es el único sabio argentino (...) que reconoce la Europa".

Durante su gestión como representante argentino en Estados Unidos logró que el astrónomo Benjamin Apthorp Gould aceptase viajar a la Argentina para crear un observatorio astronómico. Cuando Gould llegó a la Argentina, Sarmiento ya era presidente y había creado el Observatorio Astronómico de Córdoba que adquiriría en aquel entonces relevancia internacional. También a Sarmiento y Gould se deben la iniciación de los estudios meteorológicos en Argentina al crearse en 1872 la Oficina Meteorológica Nacional que funcionó hasta 1884 en Córdoba y luego se trasladaría a Buenos Aires.

Exaltó siempre la figura del médico y paleontólogo aficionado Francisco Javier Muñiz y apoyó mucho a quién se convertiría en el primer científico argentiono de relevancia internacional: Florentino Ameghino.

Según una anécdota parece que el fútbol también le debe su impulso. En efecto, Alexander Hutton, padre fundador del fútbol argentino, y a la sazón, Rector del High School English, al solicitarle permiso a Sarmiento para enseñar el deporte de la pelota entre sus estudiantes (base del recordado Alumni), recibió esta respuesta: "Que aprendan, mi amigo, a las patadas pero que aprendan”.

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