Libro 4: Diez mujeres - 1937

INDICE

- Romance de Ana María

- Romance de la niña de los ojos dispares

- Romance de mi primera novia

- Romancillo de Santa Teresita

- Romance de la mujer de piedra

- Romance de la desteñida

- Romance de la mujer que espera

- Romance de la burlada

- Romance de la mujer errante

- Romance de la mujer de un sueño



Romance de Ana María

No salgas, hija, a la puerta
por tu muñeca olvidada;
no salgas, que están pasando
todo el día las gitanas;
unas bailando, las otras
pidiendo por las que bailan;
todas barriendo sus pasos
con ancha escoba de faldas.
Monitos las van siguiendo
con las colas arrolladas.

Tocado por una de ellas,
que lleva un niño a la espalda,
ladrido de maleficio
ladra el perro de la aldaba.
¡No salga nadie a la puerta!
¡No vive nadie en la casa!
Esperando en el umbral
se ha sentado la gitana.
Muerta de miedo la mira
tu muñeca despeinada.
En el pecho se le ha roto
la caja de las palabras.

Manejada por el viento,
cubiletean las faldas,
por el camino adelante
las faldas de las gitanas.
Pedrezuelas como dados
a sus pies ruedan jugadas.
Plumillas de cardo huyen
con su panecillo a rastras.
Golondrinas en renglones
se borran como sopladas.
En miles de margaritas
un pánico de pestañas.
¡Ay, nadie salga por flores
que todas están manchadas!
Esperar mirando al cielo
hasta que la lluvia caiga.

Por el camino sin árboles
los carromatos se marchan.
Carromateros de cobre
brillan con toda la cara.
Gitanas adormecidas
tienen las faldas mezcladas.
¡Ay, que se llevan tu nombre,
tu nombre de dos palabras!
¡Ay, que se llevan tu nombre
en la muñeca robada.
En el sitio que hizo noche
la nómade caravana
queda un carbón encendido
que mata con la mirada.
¡Por qué no sigues los carros!
¾Me preguntas sin palabras¾.
¡Qué tienes que no respondes!
¾Tus ojos llenos de lágrimas¾.

No llores, hija, no llores
que se te afea la cara;
no llores por la muñeca
que como tú se llamaba.
¡Qué hubiera sido de ti
si te corre la gitana,
si en tus grandes ojos crédulos
sus duros ojos te clava!
Tú tienes un no sé qué
que te viene de mi alma,
un no sé qué por el cual
la voz te sale mojada.
Mi mismo amor por la luna,
mi respeto por el agua,
mi silencio junto al fuego,
mi tristeza en la ventana.
Un niño ¾el aire¾ te sigue
quitándote las palabras.
Un gigante ¾el sol¾ te deja,
si lo miras, sin mirada.
Además, tienes un pelo
que se apaga y no se apaga,
una sonrisa de niño
que todavía no habla
y una vergüenza de flor
que se deshoja al tocarla.
¡No llores por tu muñeca!
¡Ojalá llueva mañana!





Romance de la niña de los ojos dispares

1

En uno toda la noche
y el otro todo el mar,
porque el negro con el verde
no se quisieron mezclar.

Somos ¾porque soy poeta¾
rarezas de la ciudad.

Nació en una luna llena,
doscientas lunas atrás:
(con lo que quiero decir
que hoy tiene quince no más).

Cuando recién nacidita
me la dieron a besar
¾la madre cuenta a la madres
en rueda de navidad¾,
junto al papel de su cara
me puse triste a llorar:
¡en uno toda la noche
y el otro todo el mar!

“¡Qué error en ti, pequeñita!
¡Quien, pequeña, te amará!”

Creció la niña lo mismo
que aumenta la luz lunar
cuando la sombra del pino
se estira cada vez más
y el hombre no alcanza a ver
las alas que oye pasar;
y así  llególe la hora
de jugar y de jugar:
“¡Ninguna de mis muñecas
tiene mis ojos, mamá!”
¡Y sonreía contando
su propia disparidad!

Creció la niña lo mismo
que aumenta la claridad
cuando el cielo se decanta
al silbido del zorzal
y el pino empieza a absorber
su sombra echada en el mar:
y un día, como el almendro,
amaneció para amar;
fuése corriendo al espejo
con una duda mortal:
¡Sus ojos llenos de lágrimas
no se dejaron mirar!

Rendida sobre su brazo,
como en el verso de Edgar,
la niña dijo sin llanto
lo que el cuervo ¡Nunca más!

“¡Qué amadores tiene el mundo
para una rareza tal!
¡Qué amadores que al mirarme
no quieran mirarme ya!”

“¡Nunca más!”, cuando tejía;
no tejiendo, “¡Nunca más!”

Y una neblina de pena
fue cayendo en la ciudad.

2

Niña, levanta la cara;
niña, siéntate a esperar,
que es con la noche ya entrada
que tu amador llegará,
cuando cien pares de luces
veloces vienen y van
por la calle de tu casa
que parte en dos la ciudad.
Niña, levanta la cara;
niña, siéntate al umbral,
en tu falda un libro abierto
¾“María” de Jorge Isaacs¾,
que ya por ti junto al río
él paróse a preguntar
y desde el río gritáronle:
¾Caballero, más allá;
cerca de aquellas dos luces
(los ojos de la ciudad)
que desde la alta iglesia
miran fijos hacia acá.

Niña, levanta la cara;
niña, que no llores más,
pues no es el de noche negra
ni el otro de agua de mar,
sino tu propia vergüenza
lo que le enamorará.

3

Profecía de poeta
cumpliérase una vez más:
ya se abren todas las puertas,
ya la neblina se va,
ya están de moda los ojos
de diferente mirar,
ya la niña tiene novio,
ya pronto se va a casar,
ya duerme su última noche
ya no duerme por pensar,
ya es menos que una muñeca,
ya la visten como tal,
ya llega pálida al templo,
ya está delante el altar,
ya la marcha del armonio
resuena: ¡casada está!;
ya sale entre los curiosos;
ya me ve, ya quiere hablar:
¡En sus ojos desiguales
hermosa lágrima igual!





Romance de mi primera novia

Me atraía el diccionario
en tres o cuatro palabras.
Borrilla de fruta verde
el labio me cosquillaba.
¡Lo que no hacía mirándote,
figurín de mis hermanas!

Derramada en mi uniforme
cual frío vaso de agua,
mi vergüenza iba a la cita
con su joroba en la espalda:
la cartera de escolar
con el pan y la naranja.
El lugar siempre era el mismo:
una vidriera olvidada;
los días, todos los días
menos uno por semana,
y la señal convenida
la grita de la campana
que golpeándose la boca
se burlaba, se burlaba.

Los días, todos los días
menos uno por semana,
porque el sábado judío
la persiana no se alzaba.

Con la boca sobre el vidrio
yo le respiraba el alma.
Nadie tenía en el pueblo
su frente de luna clara,
nadie sus hermosos dientes,
nadie sus ojos de agua.
Para enseñarme su pie,
que cabía en una taza,
alguna vez me esperó
como recién levantada.
Para que le viera el brazo,
día por medio lo alzaba
desnudo, en el ademán
de la mujer que declama.
Para mostrarme su muslo,
en la liga le picaba.
Para enseñarme su pecho. . .
¡Ay, nunca me lo enseñara!
Yo no dormía de noche,
porque eran como mi almohada.

La amé todo el cuarto grado,
que cumplí sin una falta,
respirándole en el vidrio
rendidas frases mojadas:
Tu mejilla, piel de fruta;
tu boca, fruta cortada;
tu seno, fruta de sombra
formada y descascarada.
Te quiero porque no oyes.
Te quiero porque no hablas.
Te quiero porque no ves
mi vergüenza jorobada.
Te quiero ¡ay! Porque esperas
para llorar que me vaya.
Si me hablaras, huiría
sin enseñarte la cara. . .
Y otras cosas que no digo
 de tan lindas o tan raras.

La amé todo el cuarto grado,
que cumplí sin una falta.
Hasta que un día la tienda
amaneció abanderada
con una larga bandera
que sangraba.
Una bomba dispararon
a una nube que pasaba.
La gente vino a mirar.
¡Cuánta gente aglomerada!
El dueño iba y venía
tirándose de las barbas.
Y de pronto, sofocado,
por entre un río de espaldas,
un hombre salió a la calle
con mi novia desmayada.
¡Se la llevaba en el hombro!
¡Ay, madre, se la llevaba!

Contra el vidrio en que la quise
puse mi cara paspada;
contra el vidrio en que la quise,
como si fuera en mi cama;
dije un nombre de mujer,
un nombre, con toda el alma,
y llorando como lloran
los que lloramos por nada,
me fui muriendo en tu busca,
¡oh, madre que me esperabas!,
mientras tras de mí caía
lentamente la persiana.





Romancillo de Santa Teresita

1

Las cuatro campanas
repican, repican.
Viene un denso río
de gente sumisa.
Sobre el río, en alto,
Santa Teresita.
Más alto, palomas
mareando la vista.
Más alto, una nube. . .
¡Que nube más linda!

La cara pecosa,
duras las rodillas,
el mismo peinado,
la misma camisa,
detrás de la virgen
que parece viva
van los dos hermanos
que sirven la misa.
¡Ay, cómo le cantan!
¡Ay, cómo la miran!
Si no fuera santa,
qué preciosa niña.
Si no fuera santa,
qué novia más linda,
con esa blancura,
con esa sonrisa,
con esa garganta,
con esa mejilla,
con esas palomas
¡ay, recién nacidas!
Cuyas madres vuelan
arriba.

El mismo peinado,
la misma sonrisa,
la misma medalla
bajo la camisa;
en el alma, oculta,
la misma desdicha.

Los hermanos barren
la iglesia vacía.
Rayo de colores
bajo de la ojiva,
rayo de colores
sobre la hornacina.
Toca de la santa
se muda en mantilla.
Manto que la cubre
en falda encendida.
Rosas que le diera
su hermana Celina
son rosas que al rostro
se lleva festiva.
Labios que se mueven.
Pecho que respira.
Si no fuera santa,
¡ay, qué bailarina!
Si no fuera santa,
¡cómo bailaría!

2

Amor de esa clase
Dios no lo quería.
¡Qué hacer de tus niños,
Santa Teresita!
Mejor a tus niños
llevarlos arriba!

Por los caminitos
del cielo suspira,
guardada de ángeles,
Santa Teresita.
A lo lejos pasa
la virgen María
seguida de vagas
figuras en fila.
Espada imponente
del arcángel brilla
con pájaro al hombro
San Francisco mira.

No sé lo que hicieron.
Me fui de la villa.
Canto de camino
conmigo se iba:
“Morirán mañana.
Mañana es el día.
Morirán dejando
la iglesia barrida.”

Me fui de aquel pueblo.
Dios proveería.





Romance de la mujer de piedra

No sé quién eres, mujer,
si el Pudor o si la Gracia;
sólo sé que estás desnuda
sobre los ojos del agua.

Una mano en la vergüenza,
las piernas entrecruzadas;
la otra mano sobre el pecho:
palomas que se te escapan.

Hacia un peligro de pasos,
sorprendida la mirada.

Tienes la edad del ensueño
¾para ti el tiempo no avanza¾,
y eres virgen a juzgar
por tu temblor en el agua.

Llegaste aquí ¾según dicen¾
dentro de unas cuatro tablas:
hace de eso muchos años,
sobre el hombro de la fama.

En la hierba todo un día
te tuvieron mal tirada.
No vino nadie por ti.
De ningún lecho faltabas.

Con la punta de los pies
los niños te avergonzaban.

Aquella noche la luna
no salió ¾cuentan las ramas¾.
Se envolvió toda de nubes
haciéndose la alunada.

Más tal como te pusieran
te hallaron a la mañana:
una mano en la vergüenza,
las piernas entrecruzadas.

Y dijo el guardia del parque,
socarrón, entre las damas:
¾No vino el hombre de piedra.
Faltó anoche a su palabra.

A lo largo de tu cuerpo
la espera estaba llorada.

Mujer, cuán hermosa estás
en tu círculo de agua,
lleno de peces que sorben
tu temblor entre las algas.

Mujer te lo digo yo.
Los demás no saben nada.

Si sin respirar te espío,
¡ay, la duda que me asalta!
Yo también cuando era niño
jugaba a hacerme la estatua.

No es de piedra tu silencio
cuando te leo en voz baja.
De niño, los cuentos lindos
también me petrificaban.

No es rocío lo que lloras
si falto alguna mañana.
No es del cielo tu rubor
si te clavo la mirada.

Tuyos son los golpecitos
como de lluvia en mi espalda.
Tuya la voz misteriosa
que me hace volver la cara.

Si hasta creo que me sigues.
Si hasta creo que me amas.
¿Verdad que sabes mis versos?
¿Verdad que con ellos cantas?

Mujer, cuán hermosa estás
para venirte a mi casa.

Mujer, una de estas noches
saldré pegado a las tapias,
llevando debajo el brazo
mi capa, mi vieja capa.

¿Adivinas para qué,
divina mujer sin faldas?

Llegaré hasta donde estás;
te tiraré un poco de agua,
o te soplaré en los ojos,
o te besaré en la espalda.

Tú, como de un hondo sueño,
te despertarás tocada,
dejando caer un polvo
de mármol en la fontana.

Postrer puñado de harina
para los peces del agua.

Luego te hallarás desnuda;
luego te verás mirada.
Y como es fuerza que llores,
llorarás desconsolada.

¡Qué dulce será sacarte
en brazos de entre las aguas!
¡Que dulce por la cintura
conducirte sin palabras!

Tu frente de “más allá”
resplandecerá en la plaza.
Mirándonos, sin creer,
el guardia será una estatua.





Romance de la desteñida

¡Bienhaya el diablo, muchacha,
que te devolvió la vista!

Hasta ayer fuiste en el pueblo
mordaz marisabidilla.
Manos con leche cuidadas,
uñas en sangre teñidas;
en la cintura una vaivén
de mal gusto, y más arriba
frutas en papel de seda
y boca de brasa viva.

Nada digo de tus ojos
porque ellos nada sabían.
Hermosos ojos robados
a alguna niña dormida.

¡Qué mal te querían todos,
todos los que te querían!
Qué mal tu novio de escuela;
qué mal tu primera amiga;
qué mal tu tío el herrero,
ahumado como su pipa;
qué mal la vieja lechera,
negada como madrina,
que en jarros trae del campo
a la luna derretida.
¡Qué mal te querían todos!
Hasta yo te malquería.

Rencor te guardaba el sol
por la joya mal habida
de tu melena de sol
peinada con manzanilla.

Rencor el aire andariego
por tu manera agresiva
de llevarlo por delante
si te esperaba en la esquina.

Rencor la hierba que quiso
mojarte el zapato un día.
Rencor la espina que quiso
seguirte en la media fina.

Por todo el pueblo un murmullo:
“¡allá va la desteñida!”

Pero el diablo (fino talle,
barba en punta, vista fija)
cuando menos lo esperabas
puso un niño en tus rodillas,
y huyó colgado de un tren,
al viento la capa viva.

¡Bienhaya una vez el diablo!

¡Qué hermosa estás, desteñida!

La noche vuelve a tu pelo.

En tus ojos se hace el día.





Romance de la mujer que espera

1

De codos en el balcón,
calle antigua de la iglesia,
con un libro que no lee
está la mujer que espera.

Ha llovido, y el chubasco,
sembrador de manos llenas,
para gloria de chiquillos
tapó de arroz las veredas.
Niñas de la vecindad
están barriendo las piedras;
todas la mujeres barren,
menos la mujer que espera.
Flor de lluvia, en el balcón
qué hermosa se siente ella;
qué hermosa para aquel hombre
todo mojado que llega.
El agua, echada a su paso,
le detendrá en la vereda,
y quizá le diga él,
lleno de buenas maneras:
¾¿Por qué tienes a la lluvia
así caída en tu acera?
¿No ves que los pies del hombre
poco a poco se la llevan?
Mujer, levanta los ojos.
¡Qué lindos ojos, estrella!

Pero el hombre no la habló.
Pero la mujer espera.

2

Personaje retrasado,
la luna entra en escena.
¿De donde viene la luna
que viene comida a medias?
La luna fue sorprendida
por los perros en la hierba
y para subir se ayuda
de la ramas de la tierra.

Flor de noche, en el balcón
está la mujer que espera.
Lo que le falta a la luna
lo tiene de sobra ella:
Claro de luna su frente;
anuncio lunar sus piernas;
el lado desconocido
de la luna en su cadera,
y dos lunas en su pecho
que ya no puede esconderlas.

Lo que le falta a la luna
lo tiene de sobra ella,
y lo tiene para el hombre
que pase por la vereda.
¿Será aquél que en el café
en mesa de paño juega
con tres esferas que son
tres lunas sobre la hierba,
o aquél otro que en la esquina
fino bastón revolea
para lucirle la luna
que en la empuñadura lleva?

¡Ay, qué hermosa está y qué sola,
qué sola la luna llena!

3

Tocada la medianoche
en el reloj de la iglesia,
una mujer con la luna
se va a la cama con pena.
El aire la está mirando
por el ojo de la puerta:
ya se quita los anillos,
ya se saca la pollera:
ya a sus pies deja caer
un montoncito de seda;
ya el antifaz de sus pechos
en el picaporte cuelga;
ya quiere leer un libro,
ya apaga la luz, ya piensa.
¡Ay, ya se pone a llorar
con la melena revuelta!

Afuera la luna baja,
es un globo que se quema.





Romance de la burlada

1

Corrida por el bullicio,
tu casa ¾pájaro blanco¾
salió del pueblo y se puso
de parte del campo arado.

La luna dio de beber
anís de leche a los álamos,
y hombro contra hombro están
dormidos como soldados.

Por el camino llovido,
que salva el río de un salto,
en un ligero corcel
va a verte un muchacho bravo.

A la grupa, clandestino,
le acompaña el ángel malo,
toda la cara cubierta
de un embozo colorado.

Una niña ¾¡ay, la conciencia
del jinete alucinado!¾
corre que corre tras él
con los brazos levantados.

El jinete la ha perdido
delante del camposanto,
el jinete no la oye,
el jinete está entregado:
pegada lleva al oído
la boca del ángel malo.

A cien metros de tu casa
se para solo el caballo.
Tu cara quiere volarse
de tan parecida a un pájaro.
Alas tendiéndose son
las alas de tu tejado.

Rodeo de cazador
describe el recién llegado.
Como un nubarrón se abre,
para que pase, el rebaño.

El viento, para ayudarle,
hace ruido con un árbol.
Quieren gritar y no pueden
a su alrededor los gansos.
¡Por qué se callan los teros!
¡Dónde se han ido los galgos!

Una palmera ha crecido
contra el muro hasta tu cuarto.
Su tronco, con el rocío,
es un palo jabonado.

Sobre el plato de la copa
la luna funde su ochavo,
y la palmera se inclina
para que trepe el pecado.

2

Lo que sucedió después,
qué difícil es contarlo:
No te querías quitar
tu hermoso vestido blanco.

El mozo apagó la luna
¾cerrando el postigo, es claro¾.
Sobre el Cristo de tu cama
el mozo puso su saco.

Para desnudarse entero
un niño no tarda tanto
como tú para quitarte
uno solo de tus lazos.

Sobre el último botón,
cómo temblaban tus manos.
El fue a ayudarte, y tus pechos
por poco se le volaron.

¡Qué merecido que tiene
la cama un hermoso canto,
con una mujer dormida
a poco de haber llorado!

Pero ya se va la luna;
ya vuelven en sí  los álamos;
ya el mozo salta de arriba
porque se oye hablar abajo.

¡Tarde te enciendes, oh lámpara!
¡Ay, tarde ladras, oh galgo!
¡Tarde sales al camino,
viejo fusil descargado!
El mozo ya no se ve.
Sólo un galope lejano.

¡Burlada! ¾grita tu padre¾
¡Burlada! ¾repica el gallo¾
¡Burlada! flacos de susto,
¾los teros aliquebrados¾.

Y por el soplo del viento,
que estuvo echado en el pasto,
la noticia llega al pueblo
antes que llegue el caballo.





Romance de la mujer errante

Vuelven de nuestras puertas
de adivinar la suerte.

Son tres. Las tres iguales.
Son las mismas de siempre.

Cada cual conduciendo
su cántaro de meses

(léase chiquilines)
en las espaldas fuertes.

Llevan los pechos sueltos.
Lucen hermosos dientes.

Y unas tamañas trenzas
¾las últimas¾ de aceite.

Pesadas de medallas
y de amuletos verdes.

Van hacia unos maltrechos
camiones sin patente,

que aguardan campo afuera
donde el lino florece.

Ahora viajan en auto
como toda la gente.

No son para tomarlas
porque su piel escuece.

Entre sus piernas duras
la comadreja duerme.

Que no es el conejillo
de los cuentos de Oriente.

Nada de olor a ámbar;
nada de muslos-peces.

Cobre, tan sólo cobre;
nueces, tan sólo nueces.

Verlas y no tocarlas
como al cardón mordiente.

Tocándolas te llenas. . .
(lector, tú me comprendes).

Huyendo por el campo
es hermosa la liebre.

Los nidos son hermosos
mientras no los remueves.

Siéntate en el camino
sobre una sombra breve.

Por persuasión del trébol,
las tres circularmente.

Y cada cual, lo mismo
que las demás mujeres,

(¡oh, eterno movimiento
de la mano obediente!)

como de un tibio nido
a un pájaro que duerme,

saca a la luz del día
su pecho de aguafuerte,

acídulo y lechoso
como la fruta verde.

(lo de acídulo es sólo
aprensión de mi mente),

y se lo da a su vástago
de pelo reluciente,

que hunde en él sus narices,
que lo araña y lo muerde.

Sus vestidos se aplanan
sobre la hierba muelle,

y formas una mancha
de verbena silvestre.

Los pájaros las miran
y las bestias las huelen.

Ellas están calladas.
Ellas no se conmueven.

Sus seis ojos iguales
miran el sol poniente.

Lejos ¾sierpe tocada¾,
el río se retuerce.

¡Qué tengo yo de zíngaro
para esperarlas siempre,

no obstante su habla obscura,
su risa cruel, su aceite;

con todo lo que roban
y todo lo que mienten!





Romance de la mujer de un sueño

En la inmensidad del campo
una lámpara encendida.

Bajo la luz un muchacho
al que se le va la vida.

El muchacho sueña, sueña
que está sano y que es de día:

que en un caballo se va,
que se va mirando arriba.

De pronto se halló en tu pueblo
besándote de puntillas.

Le llevabas cinco años
y te llamabas Georgina.

(El hubiera preferido
que te llamaras María.

Tu nombre se le enredaba
en su boca campesina).

Nunca te pudo decir
¡ay, nunca! que te quería,

aunque todas las mañanas
se lo dijera a la Pinta.

(La Pinta, una vaca mansa
cuya leche te bebías.

El era quien la ordeñaba
con el lucero por mira,

apuntando a tu recuerdo
sobre el mar de las espigas)

Nunca te pudo decir
¡ay, nunca! que te quería.

¡Siempre estabas tan hermosa
y siempre tan bien vestida!

Cuando llamaba a tu puerta
¾a las seis todos los días¾,

la cara, a disgusto suyo,
de golpe se le encendía;

su corazón era un pájaro,
en una jaula caída,

y no sabía que hacer
con su palabra sencilla,

rompiéndosele en las manos
como un paquete de harina.

Pero esta vez, esta vez,
qué coraje que tenía.

Estaba cerrando a besos
tus ojos de agua tranquila,

y te iba a llevar al campo
cuando te viera dormida.

Tú estabas pálida como
sabiendo que se moría.

Qué cosas dijo a tu oído
que nunca supo despierto.

Las más hermosas palabras
le salían sin esfuerzo.

De la boca, como pájaros,
se le volaban de a ciento.

Ibanse haciendo figuras
de la luna y de tu cuerpo:

La leche tibia en el balde,
la paloma sobre el techo.

La guitarra y tu cintura,
la golondrina y tu pelo.

La granada de tu boca,
el ánfora de tu cuello. . .

¡Cuántas cosas y qué bellas
de todo lo que era cierto!

Tú, con los ojos cerrados,
le oías, pero con miedo.

El viento tras de los pájaros
a los árboles volvía,

cuando él a campo traviesa
te trajo alzada y dormida.

Lo mismo que una persona
vino a su encuentro la Pinta,

que te despertó soplando
en la tierra removida.

Lejos, caída en el agua,
flotaba tu capelina.

Más lejos, sobre la hierba,
daba tumbos tu sombrilla.

De sus cintas la arrastraban
perros que no se veían.

Tuyo es este sol ¾te dijo¾
que cae en la tierra mía;

tuya esa liebre que huye;
tuya mi casa pajiza;

tuyo todo este linar
de azules ojos de niña,

y tuyo aquel río de oro,
con sauces en las orillas,

que ahora voy a traerte
por los brazos que me estira.

Y se fue a buscar el río,
¡ay, se fue mirando arriba!

Lo mismo que una persona
lo siguió un trecho la Pinta.

Tú te pusiste a llorar:
¡Nunca, nunca volvería!

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