Libro 3: Poemas y palabras - 1935

Casa natal de José Pedroni


INDICE

POEMAS A LA MADRE
- Retrato
- Angel
- Veneración
- Soledad
- Sahumerio
- Fe
- Lágrimas
- Sometimiento
- Amanecer
- Padecimiento
- Cura
- Arrullo
- Vigilia
- Recaída
- Voto
- ¡El, tan bueno!
- ¡Levántate!

POEMAS DEL EJERCITO
- Partida
- Tren
- Ilusión
- Imaginaria
- Desfile
- Por qué será
- Centinela
- Si yo llamara
- ¿Lo sabes?
- Marcha
- Jura
- Ultimo tiro
- Pájaro

- Poemas de la enamorada del muro

- Poemas de la sombra

RONDEL DE LA NIÑA MIA
- La niña y yo
- La palabra en el umbral
- Idílica
- Cuerpo
- Palabras del amor en la soledad
- Tu nombre
- Tuco
- Dulce palabra
- Nuestro amor
- Piedras
- Adoración
- Entremos
- Palabras a Dios

OTROS
- Palabras a la iglesia nueva
-  El entierro de mi abuelo
- Palabras a la mesa
- Pájaro loco
- Palabras a mi padre y a su digna herramienta
- Cuento del pequeño Hans
- Palabras a Federico
- Versos a Fernándes Moreno
- Al olivo de la plaza
- Arena
- El secreto
- Vana filosofía
- Canto a Juan

 



Poemas a la madre


Retrato

Caminito de Dios, azula el mundo
la despedida de sus ojos buenos,
y, pálida de luz, cada segundo
besa más, habla menos.

Sufre el alma en su voz; tiembla en sus manos
el sagrado temor que anuncia el vuelo,
y una palabra que repite: hermanos,
es síntoma de cielo.

Dormida es una cruz; polvo en el viento;
de cuarto en cuarto como un ala incierta,
y junto al fuego un humo ceniciento
que se va por la puerta.

Sonríe para hablar, llora si besa,
dice adiós sin querer cuando me nombra,
y aparece a la hora de la mesa
como un ángel de sombra.





Ángel

Ya mirando la estampa de San Juan;
ya el gran reloj; ya, en la labor, tus manos,
estuve enfermo por un mes. Por el zaguán
entraba el ruido de los niños sanos.

Llena de miedo ante mi cara mustia,
eras un ángel, de prudente y triste.
Si te llamé mil veces en mi angustia,
ni una menos viniste.

Y el dulce día que a mirar la gente
salí al portal con asustados pies,
me seguía en tu rostro humildemente
mi gravedad de un mes.




Veneración

El buen doctor reconoció mi mano
trémula de emoción;
me abrió los ojos, me tentó la frente,
me escuchó el corazón.

Salió después al silencioso patio
con tu ansiedad en pos.
El hablaba en voz baja; tu le oías
como si fuera Dios.




Soledad

Cuando a las doce campanadas lentas
se apagaron las luces en el pueblo,
dejando la ventana te sentaste
junto a tu niño enfermo.

Y poco a poco, pálido, tu rostro
hacia la noche se volvió indefenso,
cual si la muerte hubiera de venir
del lado del silencio.




Sahumerio

Sonó el grillito de la puerta añosa,
y los ojos abrí:
con la plancha salías cuidadosa
dejando un humo parecido a ti.




Fe

A hurtadillas me dabas un té santo
cuando el médico entró.
Una palabra te arrancara el llanto,
y él, piadoso, calló.

Poco después tuve las manos frías,
vaga la vista, trémula la voz.
Tú, desolada junto a mí, pedías
perdón a Dios.




Lágrimas

Fierecilla azorada, no podía
dejarme desvendar.

Cuando en tu mano abandoné la mía,
ya estabas por llorar.




Sometimiento

Toda la tarde trabajaste sola,
y tu enfermito, cruel,
a cada instante renovó su queja
para traerte, pálida, hasta él.

A la noche, vestida, te dormiste
con los brazos en cruz;
y una vez y otra vez lloró tu niño
para que hicieras luz.




Amanecer

Junto a la paz yacente de tu cara,
la lamparilla subsistía incierta.
Sólo yo, que sin tregua te llamara,
sabía ¡oh, madre! que no estabas muerta.




Padecimiento

El silencio asediante de la muerte
sobresaltó tus días.
Si uno insinuaba: ¾¡Hay una hierba santa!¾
tú la hierba querías

Agua llena de gracia era a tus ojos
la que trajeras para mí, cautiva,
y el pan, en el respeto de tus manos,
como una cosa viva.

Po temor no salías, y si acaso
salió una vez tu corazón herido,
aquella vez volviste con la sombra
de que me hubiera ido.




Cura

En el calor del agua mecedora
mi mano era feliz como ninguna.
Tú la mirabas como miro ahora
a mi niño en la cuna.




Arrullo

Tu niño no decía una palabra;
no reía tu niño;
en su camita, blanco, se muriera
sin tu cariño.

Lleno tu corazón de esa ternura
que hace quedar al ave junto al nido,
para cerrar sus ojos le cantabas
como a un recién nacido.




Vigilia

Ya no esperada por ninguna estrella,
apareció la luna en la comarca,
y fue subiendo cada vez más bella,
como una barca.

Repitiendo en la calle un viejo canto,
pasó un hombre dichoso,
y junto al sauce derramado en llanto
se estiró más el pino vanidoso.

El viento era feliz, feliz la grama,
la flor, el grillo; todo lo que existe.
Sólo tú, la que ama,
permanecía triste.




Recaída

Rindió mi instancia a tu ternura inerme,
y me lancé descalzo bajo el cielo.
En la puerta de calle, hasta no verme,
me siguió tu recelo.

Recién oído tu consejo suave,
malgasté la moneda que me diste;
y al despertar, junto a mi rostro grave,
tú nuevamente triste.

Desconforme del hijo que tenía,
mi padre se acercó malhumorado.
Su palabra más dura me traía.
Tú lo miraste, y se quedó callado.

Cuando se fue, sobre tu mano inerte
quise humillar mi voz;
pero no supe que decir al verte
tan parecida a Dios.




Voto

A los pies de la imagen dolorosa
rezabas a mi lado,
y al toque de oración te alzaste hermosa,
ella te había hablado.

Verte después con el celeste manto
al despuntar el día,
era sentirse en el pueblito santo
de José el carpintero y de María.




¡El, tan bueno!

A distraer tu pensamiento triste
las madres acudieron;
y tú, entrando con ellas, repetías:
¡él, tan bueno!

Hasta el camino las siguió tu paso
cuando a su hogar volvieron.
Y el zaguán me traía tu palabra:
¡él, tan bueno!




¡Levántate!

Una vez más al médico seguiste
por el zaguán sombrío.
Y de pronto tu voz en el silencio:
¡Levántate, hijo mío!

Me levanté, salí al camino, puse
mis pies al sol, y dije: ¾El sol me duerma.¾
Tú serviste la mesa de mi padre
y te acostaste enferma.




Poemas del ejército


Partida

Cuando los diez muchachos de mi clase
llenaron el zaguán,
con tu asistencia muda yo comía
el último pan.

Bebí de pie la copa rebosante;
te di, apurado, un apretón,
y salí sin llevarte hasta la puerta
sobre mi corazón.

En la calle los niños nos cercaron,
y al primer ademán,
su cadena de voces deshicieron:
se van.  .  .  se van.  .  .

Mis hermanas reían en la puerta;
mi padre también;
sólo tú, a punto de morir, llorabas
sin ningún sostén.





Tren

Primero fue vivar a toda gente
que se paraba a ver pasar el tren;
reír en coro sobre cada puente
y entrar cantando en cada nuevo andén.

Después, ante el sosiego vespertino,
abandonar la sien sobre la mano,
y ya observar la fuga del camino
o el lento adiós del álamo lejano.

Hacia la noche repetir aparte
tu nombre con unción,
y querer regresar para llevarte
hasta la puerta sobre el corazón.





Ilusión

Velozmente los ranchos del camino
y lentamente el álamo lejano,
aparentaban irse hacia mi pueblo:
jorobita del llano.

Sin duda allá, tejiendo tu tristeza,
tú llorabas mi nombre,
y mi padre, fumando te decía:
¡por fin se va a hacer hombre!





Imaginaria

El tiempo cae en paz mientras presencio
el sueño de la tropa,
y, tambor del silencio,
alguien que vuelve o que se va, galopa.

Deteniendo en la puerta de salida
el golpe de mis botas,
miro la noche a mi dolor ceñida,
alzo mis alas rotas.

Sobre mi pecho, que olvidó quién eras,
una lágrima pierdo,
y cuadrado hacia el pueblo en que me esperas
le hago la venia a tu recuerdo.





Desfile

Ante el huésped ilustre, emocionado,
desfila el regimiento.
Todos aplauden al abanderado
con su bandera al viento.

Aparecer así en las calles mías
sólo por ti quisiera.
Al rataplán lejano tu saldrías,
¡y yo con la bandera!

Sobre los mil, azul, cae la flor
de una novia, quizás,
y en el hombro me dura por error
un paso, nada más.





Por qué será

Por qué será que en estas lentas horas
de soledad
he de pensar que en mi pueblito lloras;
¡por qué será!

Por qué si ambulo por las mil aceras
de este poblado grande en que no estás,
he de buscarte como si estuvieras;
¡por qué será!

Por qué, si oigo el tambor, me invade el frío
de que pronto te irás;
por qué, al ver la bandera, te sonrío;
¡por qué será!





Centinela

De pie en el ataúd de la garita,
junto al  fusil me abrumo.
El chajá del cuartel mi nombre grita,
y la lluvia es un humo.

Crueldad del tiempo para quien no llora
por el traje que viste,
esta manera de caer la hora
en lluvia fina y triste.

Serán las dos: ya se ha dormido ella.
Serán las tres: tú piensas todavía.
Si no fuera por ti, por ti y por ella,
¡en qué barco me iría!

Inútilmente en la estación desierta
mi padre me esperó; tú ante el aliño
de la mesa tendida; ella en la puerta,
con la mano en la lluvia como un niño.

El tren partió sin mí. Como en la infancia,
dije, al verlo pasar: ¡me quiero ir!
El tren empezó a hundirse en la distancia,
y yo a morir.





Si yo llamara
Si yo llamara, prófugo, a tu puerta,
tras ella, desvelada, te hallaría,
que a fuerza de triste tú eres la que anuncia
cada lágrima mía.

Suelto el cabello, pálida la frente,
las manos de ángel, frías,
¾ una en el pecho, otra diciendo ¡vuelve! ¾
sin hablar llorarías.

Por tus helados pies, calladamente,
la luna subiría.





¿Lo sabes?

Murió un conscripto en el cuartel. ¿Lo sabes?
¿Lo sabes tú que en mi pueblito eres
la que más sigue el vuelo de las aves
por más triste entre todas las mujeres?

Con mi uniforme de soldado, inerte,
me veo preso en la caja obscura
y oigo al tren que me lleva darte muerte
por la llanura.





Marcha

Vamos por un camino desolado
de estos de tierra adentro,
y a cada paso, como arena, pierdo
la ilusión de que vamos a tu encuentro.

Un álamo, una cruz, un rancho solo;
de vez en cuando, un hombre.
Este no es el camino de mi pueblo:
nadie canta tu nombre.





Jura
Cuando la tropa respondió ¡juramos!,
Yo no tenía voz.
Estaba pálido como un guerrero,
pálido de emoción.

Me parecía que llevaba puesta
la medalla al valor
y que un hilo de sangre me corría
de la sien al mentón.

Todo porque en la misa de campaña
pensé, cerca de Dios,
que ella estaba en lo blanco y lo celeste
y tú en el sol.





Ultimo tiro

Al fondo del stand, como otro blanco
está cayendo el sol.
Apunto pálido y el tiro estalla
junto a mi corazón.

Bajo el fusil, y la bandera, al punto,
sale blanca y azul.
Cierro los ojos dulcemente y pienso
que la levantas tú.





Pájaro

Pájaro fui cuando en la puerta, libre,
un punto me detuve
para orientarme hacia el lugar perdido
de tus ojos azules.

Pájaro en las ventanas huidizas
del tren: jaula de luces,
y en mi pueblito pájaro cantando
que vuela hasta la nube.





Poemas de la enamorada del muro


1

Muro soy, sin duda alguna;
muro de una sola piedra,
y tú la que baja en luna,
y tú la que sube en hiedra.

2

Sobre el muro de mi pecho,
por no saber esperar,
me puse a pensarte muerta
y poco a poco a llorar.

Tu sombra ¾hermana del agua¾
sentí llegar a mis pies.
Abrí los ojos: no había
más que un lejano ciprés.

Lágrima tuya ligera
sentí en mi mano llamar.
Alcé los ojos buscándote: alta nube sobre el mar.

El viento trajo tu nombre
y el mío en una canción.
Puse mi oído en la arena;
sólo oí mi corazón.

Cayó la noche llorando,
¿cuánto te esperó mi amor?
Estaban altos y solos
la luna y su leñador.

Con el brazo, como un niño,
mi rostro desarené,
y, fatal, tomé el camino
que sube hasta perder pie.

Pero mi sombra en las piedras,
como por arte lunar,
se desdobló ante mis ojos
cuando ya caía al mar.

Éramos dos los que íbamos
a morir por tanto amar.

3

Bajo la luz de tu pelo,
como de estampa mural,
mi corazón encerrado
picapedreaba fatal.

Se oyó el ángelus, y a poco,
venida torva del fondo,
sobre las casas ¾palomas¾
la noche voló en redondo.

Cerró sus ojos el niño,
la madre apagó su voz,
y el pueblo, casa por casa,
se fue echando junto a Dios.

Quedó al fin bajo la única
estrella un pino derecho,
y por obra de tu pelo,
el sol dormido en mi pecho.

4

Era un mar en el crepúsculo,
por tranquilo más inmenso;
en el mar una gaviota
y sobre el mar mi silencio.

En lento viaje cantado,
la corriente por derrota,
pasó una barca, y tras ella
mi silencio y la gaviota.

¡Ay, que estoy solo! ¾pensé¾
Mi corazón, ¡que maltrecho!
¡Ay, quién cantara al volver,
junto a mí, de trecho en trecho!

Y tú empezaste a llorar
y a cantar sobre mi pecho.

5

Salí para no volver,
para no volver a verte;
porque mi amor era tal
que siempre hablaba de muerte.

Llegué hasta el único barco
que al atardecer salía,
y el mar, fresco como tú,
me llevaba y me traía.

Mirando un punto lejano
la luna roja me halló.
Volví a tu lado; en tus ojos
el mar me reconoció.

6

Un fuego en mi puerta hice
para poder esperar,
y en un álamo lejano
en ti me puse a pensar.

Me desperté con tu nombre
y hallé, donde el fuego, un globo
de nieve, y en el camino
una huella y no de lobo.

Tibia ¡oh sorpresa! mi frente;
tibio mi pecho menguado,
como si hubiera dormido
toda la noche a tu lado.

Tú estabas de pie, sonriéndome,
con el cabello nevado.

7

Dormido estaba a la sombra
de un viejo muro partido
la sombra se fue en puntillas
y al sol me dejó dormido.

Me desperté con tu nombre,
roído el muro de grillos;
la luna por alumbrarse,
los tejados amarillos.

Frescas ¡oh dicha! Mis manos,
fresca mi boca de estío;
el mar, mi pecho desnudo;
mis pies descalzos, el río.

Monedas frías mis sienes,
musgo de piedra mi vello,
como si hubiera dormido
toda la tarde en tu cuello.

Tú estabas de pie, sonriéndome,
con el sol en el cabello.

8

En la puerta, ante el silencio
del pueblito en que naciste,
eras contra mí una flor
cerrándose blanca y triste.

Sonó de pronto un disparo
y otro entre los sauces flojos,
y en el blanco de mi pecho
se hizo la luz de tus ojos.

¿Por qué pronuncié tu nombre?
¿Por qué en la puerta, cruel,
me apoyé lánguidamente
como muriendo con él?

¡Ay, en tu grito el terror
de verte sola y perdida!
¡Ay, en mis ojos cerrados!
¡Ay, en mi mano caída!

Versos que decirte tuve
para volver a la vida!
Palabras que no se han dicho,
para ir cerrando tu herida.

La luna había pasado
sobre el pueblo en que naciste,
cuando en mi pecho otra vez
te cerrabas blanca y triste.

Caía de tus pestañas
el perdón que no me diste.

9

No se veía en la noche
la telaraña del muro.
Cayó en ella la luciérnaga:
¡Ay de su berilo puro!

Árido estaba mi pecho
como olvidado de Dios.
Tú en él te apoyaste triste,
dulce y triste: ¡Ay de los dos!.

¡Quién te libra de seguirme!
¡Quién me salva de morir!
¡Ay, que no puedo dejarte!
¡Ay, que no te puedes ir!

10

¾ Niña mía: ¿por qué siempre
tu frente en mi pecho obscuro;
si no tu frente, por qué
tu oído, como en un muro!
¾ Mi frente, por lo que tiene
de luna y de flor; mi oído,
para olvidar y morir
sobre mi nombre latido.

11

Paredón de las afueras
que todos ven al llegar;
palomas te trajo el viento:
¡para siempre palomar!

Paredón de las afueras
que te querías caer:
semilla te trajo el viento:
¡tuviste que florecer!

Paredón de las afueras
contra el que lloré una vez:
¿que le dijiste a la niña,
que vino a verme después?

12

Muro soy, sin duda alguna;
muro de una sola piedra,
y tú en el sol, la luna,
la lluvia, el nido, la hiedra.





Poemas de la sombra


1

Me senté en mi rústico umbral empolvado
donde el sol se acuesta todas la mañanas,
y con ojos tristes estuve mirando
la sed arenosa de la calle larga.

A merced del viento caluroso y tardo
vino de muy lejos una nube baja,
y su sombra fresca fue un niño descalzo
que pasó corriendo por la calle larga.

Oh, sombra del cielo, llegada del campo,
yo soy en el pueblo tu hermano sin alas.
Oh, sombra ¾le dije¾, quisiera ser pájaro
y seguirte en vuelo por tierra y por agua.

Pero sin oírme, señora de paso,
la sombra no supo contestarme nada.
El sol la seguía luminoso y rápido.
El sol la seguía sin poder borrarla.

2

Con alfalfa verde regresó del campo
un carretoncillo de ruidosa marcha,
y asida a su cola cortada de palo
venía la cola de su misma carga.

Mi perro corneta que salió ladrando,
alcanzó la sombra, fresca como el agua,
y trotando en ella fue siguiendo al carro
bulliciosamente por la calle larga.

Y me dije a solas: Si me fuera dado
cambiar mi figura, conservar el alma,
sombra ya sería de un pequeño carro,
de un carrito viejo vendedor de alfalfa.

3

En la vieja quinta del vecino un árbol
todo el sol de pronto recibe en la espalda,
y su fina sombra como fino brazo
del ser de la hierba trepa por la tapia.

Ya cruza la calle, pisada de carros;
ya llega a mi puerta, donde estás sentada;
se mete en mi pelo como un aire blando;
se sube a tus manos, y sientes el agua.

Y así es que te digo: destino del álamo
que Dios me reserve, después que me vaya;
destino de sombra por años y años,
si aún en la puerta me esperas sentada.

4

El molino nuevo de los hortelanos
con la rueda al viento se llenaba de agua,
y su sombra, en medio del camino andado,
jugando en la tierra se transfiguraba.

Un muchacho vino del lado del campo;
del lado del río llegó una muchacha.
Yo también miraba con ellos al cabo
los mariposeos de la rueda falsa

Y pensé: Quisiera, más que un nombre extraño,
ser la margarita de una rueda alada,
y jugar mi sombra ligero y despacio
para que los niños a mirarme salgan.

5

Cuando por el cielo pasaba en su ganso,
quién sabe hacia dónde, la tarde sin agua,
un buey en el fondo del camino andado
mostróse a los ojos como una pilastra.

Con lodo en el pecho y en el lomo tábanos,
llegó lentamente, la cabeza gacha,
y otro buey de sombra venía a su lado
y en la sombra un hombre con una guadaña.

Y volví a decirme: Si me fuera dado
cambiar de figura, conservar el alma,
sombra compañera del buey solitario
sería por siempre, la sombra que anda.

6

Cuando fue de noche y apuntó en los álamos
la recortadura de la luna baja,
triste por tu ausencia me encerré en mi cuarto,
sacudí mi ropa y encendí mi lámpara.

Y una copa llena, sobre el viejo armario,
donde pongo a veces tu pervinca blanca,
alargó la sombra de su cuerpo claro,
una sombra que era como mi esperanza.

Y exclamé: Mi cuerpo, tierra de mi campo,
será tuyo, ¡oh Tiempo! y hasta mi palabra.
Dime solamente que has de hacerme, en cambio,
un poco de sombra, que vuelve o que pasa.





Rondel de la niña mía


La niña y yo
1

Niña mía,
fina, rubia;
flor
de un último día;
suave lluvia
tardía;
pájaro que por error
cantó en la noche fría;
sol de amor
cuando mi amor no veía;
ilusión
de luz en la lejanía;
inesperada canción. . .
¡Niña mía!

2

De verla a mis pies tan plácida
y tan mía,
“Niña, es mejor que te vayas”
¾le decía¾.

La niña, sin comprender,
ya lloraba, ya reía;
pero, solita, por fin
fuese un día.

Niña, vuelve, que era amor
mi hurañía;
vuelve a mi amargura que. . .
¡No vuelvas, oh niña mía!

3

Tomé el camino del lobo
sin pensar que la hallaría.
En el camino la alcé.
Y llovía.

En mis brazos, junto al fuego,
la tenía.
Mi madre y yo nos mirábamos:
¿Era sueño o se moría?

“¡Por qué la dejaste ir!”
¾mi madre me reprendía¾
¾¡Ay, yo mismo no lo sé,
madre mía!

Abrió los ojos la niña.
¡Alegría!

4

La niña solita estaba
donde su edad no debía.
Cantaba,
reía,
danzaba.
Y el agua iba y venía.

En una moneda hallada
la niña mi amor tenía,
y en el aire la tiraba.
No sabía lo que hacía.

Cayó la moneda al mar,
allí, donde se rompía.
La niña quiso buscarla.
¡Donde está la niña mía!

5

El ser viviente del mar
con ella en brazos huía.
Ella era sólo de espuma.
Tal vez ella no existía.





La palabra en el umbral

El umbral tenía un ser
que era una palabra: mía.
La palabra se cerraba
cuando la puerta se abría.

Presintiéndola, la niña
por el aire la buscaba,
sin notar que en el umbral
la palabra respiraba.

Miedo de la luz del sol,
temor de un ruido cualquiera:
de un pájaro que pasara,
de una hoja que cayera.

Sólo cuando en la alta noche
la dulce niña dormía,
en el umbral de su sueño
la palabra se encendía.

Desgracia de la palabra
que nunca le dijo mía.





Idílica

Tus ojos: agua azulada.
Tus cejas: alas. La luna,
en el cielo de la tarde,
tu recortadura de uña.

Y, arrugaditas, las moras
que en el moral se maduran. . .
(¿Por qué me tapas la boca
cuando hablo de tu cintura?)

¿Comprendes por qué me siento
junto al agua, si se azula;
por que levanto los ojos
cuando es nuevita la luna;
por qué sigo por el cielo
el ave de alas agudas,
y por qué al pie del moral,
si las moras se maduran,
de mi boca cae un hilo
con una arañita obscura?




Cuerpo

Como pájaro que es,
mi deseo tiene un nido
en el puntillo de hierba
de tu lunar escondido.

Corretea por tus brazos,
pica tu labio florido,
y silba de un seno a otro
la dicha de su silbido.

Agua tiene en el hoyuelo
de tu botoncito hundido.





Palabras del amor en la soledad

En verdad
que no hay nada mejor
que nuestro amor
en la soledad.

Canto que un paso frustra es mi canto.
Encanto de intimidad tu encanto.

Mi verso
tiene la vergüenza del llanto.
No es ni sonoro,
ni diverso.
Por tanto,
no lo escribo con pluma de oro
a lo Anacreonte,
ni iría,
como Horacio,
a leérselo al César justiciero.
Plomizo jilguero
de monte,
 silbo solo y despacio,
o muero.

¿Y tú no eres, sencilla,
luciérnaga entregada
que en la mano más brilla
cuanto más apretada?





Tu nombre

Por los caminos, siguiéndome,
quisiste ir y venir.
Pasó un dolor y quedóse
triste en ti.

Aquí te empapó la lluvia;
la arena te envolvió allí.
y el brazo, porque llorabas,
te di al fin.

Deja el camino, por árido,
para mí,
que son demasiado claros
tus ojos para Judit.

Manzana de Anís te llamas.
(Francis Jammes, ¿no es así?)





Tuco

El tuco va por el aire,
apagándose, encendiéndose.
El tuco ronda tu casa
haciendo señales verdes.

El tuco vino a morir
en tu pelo negro y muelle.

Ya te busca en el jardín;
ya, sin encontrarte, vuelve;
ya corre por la pared
con su linterna de duende.

Los niños lo están mirando
de la vereda de enfrente.

El tuco ronda tu casa
haciendo señales verdes.
El tuco te llama, llama,
porque sabe que se muere.

Los niños están diciendo
que se despierta y se duerme.

Mañana será una cáscara
en el viento o la corriente.
¡Deja que lata en tu pelo
su corazoncito verde!





Dulce palabra

Palabra de mi esperanza,
palabra de mi alegría;
palabra, todo mi verso;
palabra, toda mi viña;
lo que en mi lágrima cae,
lo que mi voz se deshila;
palabra igual que la luz;
palabra, Ruth de la Biblia;
palabra que me desmiente
si nombro mal a la vida;
palabra que fue por mí
madre de palabras niñas:
Omar, Juan Carlos, José
y esta suave Ana María.
Palabra llena de Gracia.
¡Elena, palabra mía!





Nuestro amor

De sencillo

es hoy una antigualla:

cae una hoja, y calla,

como el grillo.





Piedras

Porque soy contador,
y de vulgares modos,
y visto simplemente,
y si miro una estrella
o una flor,
la miro como todos,
“Los versos no son de él ¾dice la gente¾:
se los escribe ella”.

Así es, así es:
Yo soy la inútil hiedra
enredada a tus pies.
Azules, verdes, rojos,
tú los versos me das
en cubitos de piedra
de tus ojos.

Yo los armo, no más.





Adoración

Quiero a tu pueblo de poquita gente,
todo arrecido como un blanco abuelo;
tu pueblito vulgar que lentamente
bajo la luz se desmorona en cielo.

Quiero a tu pueblo que no tiene un pino,
ni un álamo, ni un puente, ni un recodo
de mar o de arroyuelo o de camino. . .
Lo quiero y igual que si tuviera todo.

Quiero a tu pueblo en tu casita chata
que la cocina primitiva ahuma,
en la hierba que humilde se recata
y en cardal que al viento se despluma.

Lo quiero en el espino contrahecho,
en la campana vieja que te nombra,
y en árbol casual que un corto trecho
te va siguiendo derramado en sombra.

Lo quiero en toda faz y en toda mano
cuya serena dicha te atribuyo,
y lo quiero en los ojos de tu hermano,
sólo, mi amor, porque es hermano tuyo.

Lo quiero tanto que a su mismo suelo
con mi pueblito entero me traslado,
para poder vivir en el consuelo
que desde niño caminé a tu lado.

Hondo cariño que llegado a tanto
es una sed dichosa de heroísmo,
con mucho de locura por tu encanto
y un poco de piedad conmigo mismo.

Así, por obra de mi desvarío,
en tu pasado mi pasado incluyo,
viendo a tu casa en el pueblito mío
y al río de mi pueblo por el tuyo.

Ilusión infantil que se disipa
si la palabra de tus padres buenos
con inocente amor nos participa
que hay en el pueblo una casita menos.

Que cumplido en la tierra su destino
¾darte a la vida para mi consuelo¾,
en ascensión callada de humo fino
se va tu pueblo nuevamente al cielo.





Entremos

Esta es nuestra casa.
Entremos.
Para ti la hice
como un libro nuevo,
mirando, mirando,
como la hace el hornero.

Tuya es esta puerta;
tuyo este antepecho,
y tuyo este patio
con su limonero.

Tuya esta solana
donde en el invierno
pesará en tus párpados
tu adormecimiento.

Tuyo este emparrado
que al ligero viento
moverá sus sombras
sobre tu silencio.

Tuyo este hogar hondo
que reclama el leño,
para alzarte en humo,
para amarte en fuego.

Tuya esta escalera
por la cual, sin término,
subirás mi nombre,
bajaré mis versos.

Y tuya esta alcoba
de callado techo,
donde, siempre novios,
nos encontraremos.

Esta es nuestra casa.
¡Hazme el primer fuego!





Palabras a Dios

Dios:
no me cabe duda alguna
de que existes.
Te veo en la luna
y en los ojos de ella, tristes,
y en su modo
tan único de hablar,
y en la rosa,
y en el mar,
y en todo.
Por eso, oh Dios,
vengo a pedirte una cosa
sencilla para ti
que has hecho más:
¡deja que vivamos los dos
(¡por ella, por mí!)
para siempre jamás!

Pensar que un día me he de morir
o que se morirá.
Pensar
que un día no la he de oír
o que no me oirá.
Pensar
que un día me callaré
o que se callará;
que me iré
o que se irá;
que yo no veré el sol
o que ella el pinar;
que yo la flor
o que ella el mar. . .
¡Señor!





Otros


Palabras a la iglesia nueva

1

No eres ninguna iglesia,
ni nueva, tú lo sabes.
Eres tan sólo un muro,
y el más viejo de Gálvez.

De iglesia sólo tienes
lo que debió ser nave,
y el alma que propaga
la voz del visitante.

Mas como allí pareces
esperar sin cansarte,
iglesia nueva llámante
el niño y el amante.

Como Julián y Félix
y José, mucho antes.
(José que vuelve ahora,
silencioso, a mirarte).

Te hicieron por error.
(Lo decía mi padre
que fue de los mejores
albañiles de Gálvez).

Te hicieron por error.
No pueden terminarte.

Las casas se asentaron
media legua adelante.
Y te quedaste sola
sin poder levantarte.

Caída en el camino,
como las piedras grandes.

¡Que suerte de la del río
que anda de parte en parte!
¡Que suerte la del pájaro!
¡Que suerte la del aire!

Tú eres un muro enorme.
Nadie puede cambiarte.

2

Pero Julián y Félix
y José, mucho antes,
te hicieron su palacio
de mañana y de tarde.

Cantos que en ti cantamos
están en los trigales.
Nombres que te escribimos
son flores en los árboles.

Julián, Félix, José,
de mañana y de tarde;
anocheciendo, novios;
amaneciendo, nadie.

¡Paredón de mi pueblo,
lindo muro de Gálvez!




El entierro de mi abuelo

1

Tañía la campana
con un vaivén materno.

Por el camino blanco
se alargaba el cortejo.

A su paso, en las puertas,
se iba cerrando el pueblo.

Flor, crespón y bandera
de Italia sobre el féretro.

A pulso conducido
por los amigos viejos.

Bajo el sol una nube
se tendió como un lienzo.

Y su sombra, en la calle,
hizo más fresco el viento.

El canto de las madres
iba meciendo al muerto.

2

Llorando, eras un ángel
con tu vestido suelto.

Una mano en los ojos
y la otra en mi cuello.

Yo, todavía un niño,
te miraba en silencio.

El tono de las voces
me hacía un mal inmenso.

3

El ataúd bajaron
a un hoyo recién hecho.

Me incliné temeroso
para mirarlo adentro.

Un puñado de tierra
y otro me sorprendieron.

Tu llanto, como lluvia,
se desató de nuevo.

Y en tu dolor, llorando,
se refugió mi miedo.

4

La bandera tendía
su despedida al viento.

Con la pala en el hombro
se fue el sepulturero.

Las madres, como sombras,
buscaron a sus muertos.

Sobre el amor perdido
una lloró un momento.

Otra limpió la losa
sin nombre ya, en silencio.

Una encontró caída
la cruz de su recuerdo.

Y la más triste un nido
sobre la cruz de hierro.

Solo, junto a la tumba,
desesperó tu duelo.

Yo te llamé tirando
de tu vestido negro.

Y te llevé al camino
como se lleva un ciego.

5

La bandera de Italia
iba llegando al pueblo.

En el último coche
tus brazos me subieron.

Me senté en tus rodillas
para darte consuelo.

Así es la vida ¾dijo,
sentencioso, el cochero¾.

E hizo estallar el látigo
sobre los moros nuevos.

Parda, sus remos flojos
abrió la tierra al viento.

Y dio en seguirnos baja
como pájaro lerdo.

Cantando, un pechirrojo
se levantó del suelo.

Y en el linar florido
se apagó como un fuego.


Yo me quedé asombrado
de aquel suceso aéreo.

Me acordé de las luces
en las fiestas del pueblo.

Y de los globos verdes
que llegaban al cielo.

Cargado de palabras,
te miré sonriendo.

Y me extrañé en mi gloria
verte llorar de nuevo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Madre: ¡nunca debiste
llevarme al cementerio!





Palabras a la mesa

Pacientemente
mi padre te labró,
y cuando ella le amó
tu superficie era una frente.

Mi madre no te conocía;
te vio el primer día
de su luna de miel,
cuando al nuevo hogar
se dejó llevar,
pálida, por él.
Con su mirada clara
te colocó el mantel
que sin verte bordara.
Después,
en la fragante cera
de tu tez
¾como al tiempo lo hiciera
con mi melena lacia¾,
te acarició sumisa,
y por primera vez
te hizo la gracia
de su sonrisa.

Sobre ti, al otro día,
se cortó el primer pan,
y en el ademán
de la alegría,
él volcó sin querer
sobre tu pudor divino
de doncella
la copa de vino
a medio beber
que le sirviera ella.

Juntos en el dolor,
enjugaron la mancha
que se extendía como un rubor
en tu mejilla ancha.

Después, qué iban a hacer los dos:
cumplieron con Dios:
y vinieron Félix y Bernardo
¾dos plumillas de cardo
de paso para el cielo¾;
y Carolina, la Cenicienta;
y Antonia, su consuelo;
y Vicenta,
simple como su nombre;
y Ercilia, que de santa
se murió por un hombre;
y yo el que canta
sin haberlo querido
por el sendero en paz;
y otros pájaros más
que te hicieron su nido.

Tu hermosura
no duró casi nada.
Con la tortura
de la sal derramada,
y la quemadura
de la brasa caída,
y la herida
del cuchillo,
y el rasguño
del cepillo,
y el golpe de puño
para hacernos callar,
y la misma emoción
de vernos llorar
con toda la cara
sobre tu corazón,
en poco tiempo te faltara
nada más que una cosa
para que fueras la mano nudosa
de un trabajador:
el temblor.

Mesa de pobladores,
ya demasiado triste
para ponerte flores:
como una madre fuiste,
una madre de aquellas
que por vestir sus hijos
no se vestían ellas.
Tuyas son las estrellas,
tuyo el mar,
tuyo el cielo profundo,
a quien puedes gritar
a toda voz
para que te oiga el mundo:
¡He cumplido con Dios!





Pájaro loco

Tu retrato es la virgen de la casa:
consuela, anima, reconviene, implora;
sonríe a todo buen humor que pasa
y detiene a quien llora.

Nada más vivo en su dulzura inerte:
nombra en silencio y en silencio toca.
Toda mala palabra que lo advierte
se cae de la boca.

Con su presencia el comedor añoso,
¾mesa de pino y banco y alacena¾
añora a Marta, y con su pelo undoso,
a María, sin pena.

Presencia a cuyo influjo el jarro pierde
sobre el mantel con primitivo encanto,
y se desmiga el pan cuando se muerde,
como si fuera santo.

Suave presencia que por bien querida
con sayo y toca de otra edad me viste,
y me tiene durante la comida
dulce, callado, triste.

Madre: ¡cómo me miras, cómo me amas,
cómo con tu sonrisa me coronas,
cómo sufres por mí, cómo me llamas
y cómo me perdonas!

Tengo tu boca: doloroso nido;
tus cejas de ilusión: alas en vuelo;
tu pensamiento: pájaro perdido,
y tu mirada: cielo.

Tengo tanto de ti que en ti me siento.
¿Me es dado acaso, contemplarte cuando,
como en la rama que ya pide el viento,
yo estaba en ti esperando?

Pero junto a lo tuyo, que es divino,
tengo el ardor y el ímpetu y la herida
del hombre duro que te dio el destino
para toda la vida.

Y es como piedra en el camino franco,
fuego trepado en el florido aromo,
venas rojizas en el pino blanco
y halcón en el palomo.

Madre que estás en mi como la brisa,
como el agua cordial, como la sombra;
madre: lágrima, beso, flor, sonrisa
y lo que no se nombra.

Madre, no me abandones un momento,
y tú, padre tenaz, déjame un poco.
Madre: mi cielo azul; padre: mi viento,
y yo un pájaro loco.





Palabras a mi padre y a su digna herramienta

Padre: aquí me tienes, triste,
pensando todavía
en lo raro que fuiste.

Por haberte servido
sin hablar,
atado a tu silbido
hasta que fui a estudiar,
yo tenía derecho
a tu cuchara de albañil
¾la más honrada entre diez mil¾;
pero no me la diste:
como la cruz en tu pecho,
orgullo de tu vejez,
ella fue puesta a tus pies
cuando te fuiste.
Y aquí me tienes, triste.

Cuchara,
recuerdo de tu casamiento,
fría como mi cara
cuando corría al viento.
Cuchara,
espejo de honor
de tu bigote polvoriento;
tu instrumento,
tu pájaro cantor.

Cuchara tu talento,
tu gloria,
tu dolor,
cuchara, palmatoria;
cuchara, tu cuchillo;
cuchara, batintín;
de mi mala memoria;
lengua contra el ladrillo
escupido de cal;
azote del rocín
si trabajaba mal.

Cuchara, tu denuedo;
cuchara, mi callar;
tu credo,
tu alegría;
mi miedo,
mi cantar. . .
¡Cuchara mía!





Cuento del pequeño Hans

1

Hans. . . Hans. . . ¾llamaba el abuelo¾.
Hans. . . Hans. . . ¾la madre gemía¾.
Hans estaba tirado en la muerte.
No respondía.

Por la hendedura del valle
el eco iba y volvía.

Como en los cuentos que empiezan
con una vez había. . .
Hans era un chiquillo
que a todos seguía,
con esa carota
de luna tardía.
Hans por nada lloraba
Hans de nada reía.
Era un ángel según
el abuelo decía,
como así el señor cura
cuya misa servía
sin hablar.
Pero un día ¡hay! un día
(¿por qué lo hiciste, Hans?)
¡Hans robó una alcancía!
Y desde entonces fue
por el pueblo el sosía
del Hans de Wilde,
aquel a quien seguía
la voz del molinero
con su filosofía.

¡Hans, bárreme la tienda!
¾el robado exigía¾
¡Hans, llévame la carga!
¾es lo que se oía.¾
¡Hans, sigue tu camino!
¾dueño y policía¾
Hans. . . Hans. . . Hans. . .
¡Ladrón de alcancías!
Hans. . . Hans. . . Hans. . .
¾de noche y de día.¾

Ojos desconfiados
en la sedería.
Campanas de alarma
la juguetería.
¡Bribón de bribones,
llorar en la vía!
¡Rapaz del demonio,
jugar con María!
¡Maldito pillastre,
decirme buen día!
¡Muchachos, cuidado!
¡Cuidado, Marías!

2

Por el camino del libo
Hans huía.
Los picos de mil halcones
le perseguían.

En el recodo, esperándole,
enorme boca se abría.
La madre lloraba,
el padre sufría.
Hans estaba tirado en la muerte.
No respondía.

De los negros árboles
a su boca fría
las hormigas de monte
iban y venían.





Palabras a Federico

1

No lo puedo creer; pero es cierto, bien cierto:
No te despiertas más. Federico, estás muerto.

Te has ido el mismo día que yo daba a editar
este libro de versos que te supe enseñar.

El verso para ti no era para leer.
Era para mirar o para verlo hacer.

Delante de un poema ponías una cara
como de niño tonto frente a una estampa rara.

Y es justo que por niño te escriba estos pareados,
que eran para tus ojos los mejor dibujados.

Estos versos, Pedroni, ¾me dijiste una vez¾
parecen una vía. Federico, así es.

Por esta galería, bien medida y rimada,
se puede ir a la muerte con la vista vendada.

2

Abierto en tu pupitre de ordenados papeles
está el libro de Caja con tus bonitas eles.

Y están tu lapicero, tu regla, tu compás,
como si hubieras ido a fumar, nada más.
Así también un día por la puerta se fueron
con la palabra vuelvo, dos que nunca volvieron.

Uno olvidando el metro sobre la mesa llana
y el otro, a medio abrir, su revista alemana.

En la ciudad del cielo donde los dos están,
ha tiempo te esperaban con el vino y el pan.

Supongo, pues, que ambos salieron a tu encuentro
y que, dándote el brazo, te llevaron adentro.

Mottier dicharachero, la gorra levantada,
y Báumert por llorar con la pipa apagada.

Báumert dejó en la tierra su pipa con dolor,
pero allí le darían una nueva y mejor.

Quizá también al cielo tu exploración le halle
un huidizo río y un silencioso valle.

El río para echarle tu línea de quietista
y el valle para andarlo con la escopeta lista.

¿Y el perro? ¿Tienes otro? ¿No te daría Dios
uno de fina raza que rastrea por dos?

Tu perro de aquí abajo ya no olfatea el suelo.
Tiene el hocico alto: te ventea en el cielo.

En fin, ya estás arriba. De tus amigos, cuál,
cuál oirá primero tu parabién: ¿que tal?





Versos a Fernández Moreno

Con tu buena pila de años
y otra tan alta de libros
¾de versos debían ser¾,
sigues niño, sigues niño:
siempre las manos aladas,
siempre los pies erradizos,
la maravilla en los ojos,
el encanto en el oído
y en el oro de tu alma
los tres errores divinos:
pensar, creer y sentir
contra lo que el tiempo ha dicho;
pensar que en Bárcena aún
tus amigos son chiquillos;
creer que el mundo te siente,
sentir que el mundo es un niño.

Hombre que de día y de noche,
en un eterno domingo,
con el ganchudo bastón
a guisa de cayadillo,
por esas calles ambula
con fatalidad de río,
y ya suspira a un recuerdo,
ya se alegra sin motivo,
ya desfallece en la voz,
ya rebosa en el latido;
ya al paso de un marinero
se siente en el mar bravío,
ya, al de una linda muchacha,
en un dulce mar hundido;
ya en la esquina catorcena
concluye el soneto fino,
ya la décima cabal
volviendo con el rocío;
ya en una vidriera sueña,
ya en otra, empañado el vidrio,
con la boca regañada
sonríe a sus propios libros. . .
Hombre tal, ¿que ha de tener
sino el corazón de un niño?

Andar contigo una hora
por donde quiera el camino,
y observarte en la esperanza
y oírte en el verso íntimo,
es pensar en la respuesta
de Leuconoe al altivo
conquistador, en la máxima
que complacía a Virgilio,
en el cuento que olvidamos,
en el amor que tuvimos,
en todo pájaro que
no puede vivir cautivo;
en el pájaro que fuera,
según la leyenda, niño,
y en el que vuela cantando
y en el que silba escondido
y en el que no tiene tiempo
de hacer nido.

Así, con algo de nube
y de pampero y de río;
hasta el crepúsculo, pájaro;
desde el crepúsculo, grillo;
para la dicha que pasa
girasol enorme y vivo,
y para el dolor manzano
que el viento encuentra florido,
atraviesas la ciudad
con este pregón: ¡Oh, amigos!





Al olivo de la plaza

Con aplomo de mármol te levantas
de la plaza cautivo.
La vejez te blanquea con el viento.
Como a un sabio te admiro.

A mis ojos que gustan de distancias
no eres un simple olivo.
Tienes un no sé qué de monumento
con tu prestigio antiguo.

En tu porte, por lustre de tu sangre,
todo es severo y digno.
Tu pensamiento se adivina lejos:
alrededor de Egipto.

¿No son tus hojas por un lado verdes,
verdes como el papiro,
y por el otro grises como el pelo
de los mansos asnillos?

Si te pudieras ir, no hay duda alguna
que ya te hubieras ido.
Lo siento en la columna de tu tronco
que es lisa como un libro.

Pero estás en mi plaza, y para siempre
tienes que ser mi amigo.
Te doy las gracias porque me acompañas.
Que eres un rey te digo.





Arena

1

¡Ha muerto! ¡Quién diría!
Ayer no más íbamos los dos
por donde el camino quería.
Yo le hablaba dulcemente de Dios,
y el se reía,
no de Dios, por cierto,
sino de mi filosofía.
Acabarás por huir al desierto
¾me decía¾.
Apártate de la tribulación,
que sabio es el hombre ¡oh amigo!
que tiene en placer
el corazón.
Y en verdad de digo
que si Dios existe
(lo que no puedo creer).
Dios tendrá pena
de verte magro y triste.
Gocemos, pues,
como la vida manda
de esta hora serena
que tú lo ves,
se está gastando fina y blanda
como la arena.

2

Íbamos juntos. Una perdiz
¾no se sabía en qué lugar¾
silbaba feliz;
el sol,
a falta de mar,
se había hundido en el linar;
la brisa, en caracol,
jugaba a no dejarse tocar;
en el camino,
con un pájaro en la cruz,
sin moverse, un pollino
esperaba a Jesús;
a la vista del monte
¾su comunidad¾,
un álamo, como un capuchino,
había hecho alto en el horizonte;
y en el ocaso, sola,
la margarita de un molino
invitaba a la inmensidad
a deshojar su corola.
Y él dijo:
¾Con Lucrecio, tu colega genial,
no creo en lo sobrenatural,
ni en un único Dios,
ni en la divinidad del hijo,
extraordinario, de María,
cuya voz
dejó en la tierra un misterioso mal.
Creo, en cambio, en la sabiduría
de Epicuro, tan humano,
(el único que conoció la verdad,
según Luciano)
y soy un devoto de su razón
porque me deja en libertad
el corazón.
Vano, si, vano
es el dolor ¡oh amigo!;
más que vano, enemigo,
Y quiera tu buena suerte
que muy pronto los dos
no hablemos más de Dios
ni de la muerte.

3

Volvimos juntos. Subía
en ala lerda y ancha,
con su intuición de la serena altura,
el alma simple del día;
el humo sin mancha.
Las palomas del cura
¾el campanario era el palomar¾
daban su última vuelta circular
con el avemaría.
Como el de la Escritura,
entre una nube, divino,
el lucero se movía.
Grave, un buey cargaba el Destino,
y triste, de la lejanía,
un aire extranjero de camino
llegaba y se volvía
para amargura del corazón.
De pronto a nuestros ojos, suelto el pelo,
como traídas por la canción,
tres doncellas
(de las tres una era mía)
aparecieron con la disposición
de Las tres Marías del cielo.
Y él dijo: ¾Son ellas.
Vienen a mí. Levantan
la mano a las estrellas.
Ahora cantan.
¿Verdad, poeta, que son bellas?
Así es ¾respondí¾: tan bellas,
que sin querer
alzo a Dios la mirada.
Ante ellas,
¡oh amigo! ¿cómo creer
en eso de la nada?

Su casa al fondo,
tenía la ventana iluminada.

4

¡Ha muerto! ¡Quién no llora!
Junto a él, de rodillas,
desde que dio la hora
de ir a despertarlo en puntillas,
las tres hijas de su corazón
callan con la disposición
de Las tres Marías del cielo;
junto a él, suelto el pelo;
junto a él, cuya vida
como ninguna plena
de juventud,
para no molestar
a los que le querían
(lo hallaron con la mano en actitud
de alzar agua o arena),
se acabó de gastar
cuando todos dormían.





El secreto

He aquí que un secreto debe morir conmigo,
pues no puedo contarlo ni a mi mejor amigo.

Cosas menores dije para buscar consejo.
Se las conté al más joven, se las confié al más viejo.

Y supe el mismo día que en diferentes modos
aquellas cosas tristes las comentaban todos.

Me sobrevino angustia, sufrí persecución.
Hasta que al fin me dije: ¾Ciérrate, corazón.

Y tardándose adentro, pues la quería abierta,
oí a mi corazón que clavaba su puerta.

Aquella misma noche, con mi dinero escaso,
por el primer camino me fui con mi fracaso.

Anduve mucho tiempo, conocí a muchos hombres,
pasé por muchos pueblos sin preguntar sus nombres.

Comí lo que me dieron o no comí. Tampoco
dormí todos los días; lo hice de poco en poco.

Y no supe de perro que con colmillo agudo
no mordiera de paso mi calcañar desnudo.

Y fue tal mi pobreza, mi soledad, mi daño,
que no sé cuantos años envejecí en un año.

Después volví a mi pueblo, y he aquí que la gente
vino por mis palabras, inesperadamente.

Entre los que llegaban reconocí, perplejo,
las dos caras amigas que me dieron consejo.

Brilló el enojo entonces en mi mirada muerta,
y apostrofé a la gente detenida en mi puerta:

¾Hombres de poca fe: no me pidáis que os diga
nada de lo que he visto, nada de mi fatiga.

Sellado está el secreto que me pedís que os abra.
Como una vestidura desgarré mi palabra.

Idos de mi presencia, que todo lo que sé
quemado está en mis labios, hombres de poca fe.

Y cuando de mi puerta se fue la muchedumbre,
grité a mi corazón caído en pesadumbre:

¾Quiébrate como un brazo, vuélvete una madeja,
herrúmbrate en tu polvo, como moneda vieja.

Aunque el castigo santo la muchedumbre pida
y abominado seas como de fe torcida.

No importa que en silencio te escarbe la amargura,
como el gusano adentro de la madera dura.

No importa que te ignoren como al humilde grillo
que obscuramente vive debajo del ladrillo.

Mientras a toda hora la numerosa gente
sobre el ladrillo pasa precipitadamente.

No importa; vive solo, que es tu mejor amigo
este secreto triste que ha de morir contigo.





Vana filosofía

El corazón del hombre, que se parece al nido,
en el hueco más hondo puede estar escondido.

Pero también, amigos, en su espinillo enano,
con todo lo que tiene puede darse en la mano.

En la cima rocosa suele estar o en el suelo.
El nido de perdiz no es como el de mochuelo.

A qué decir, entonces, si no se cumple nunca:
¾He aquí, ¡oh amigos! que mi palabra es trunca.

A qué negar, entonces, lo que será entregado
y hacer filosofía del corazón callado.

Si escrito está que sea de todos conocido
mi corazón abierto que se parece al nido.





Canto a Juan

1

No eres un general, ni un sabio, ni un artista;
eres el maquinista
de la fábrica, ¡oh Juan! (Yo soy el contador,
aunque también poeta, que no todos, lector. . .).
Tu función, pues, no es otra que hacer el primer fuego,
tocar a tiempo el pito, mascullarle un reniego
paternal al manómetro y sentarte a fumar.
¡Ah! también madrugar,
cosa mucho importante como sabes decir,
y con razón, por cierto, que a tu poco dormir
le debes el honor de ser el primer hombre
del pueblo que en el cielo vio el cometa sin nombre,
aquel que Martín Gil. . . Pero éste no es el cuento.
Lo que quiero cantar es tu acontecimiento
de inmigrante sin suerte,
tu vida, tu muerte,
y eso que hay en tus ojos, y en tu paciencia ancha,
y en el temblor de hoja de tu mano sin mancha,
y en tu andar no común de can que sigue al amo,
y en tu buena palabra dicha en mal castellano,
y en el pan de tu alma, y en tu color de pan,
¡oh Juan Wesplate, oh Juan!

2

Naciste en ese barco sacado a flote: Holanda,
y sobre el mismo rumbo que en golfo azul se agranda.
¿Debo decir que el agua fue tu primer juguete;
que tu primer hazaña tocar el gallardete;
que tu primer ensueño la gran bahía en calma;
que tu primer terror el temporal sin alma?
¿Debo decir que el saco se te vació mil veces;
que tu red no era aquella del capítulo trece
de Mateo el apóstol, donde holgaban los peces;
que no sabiendo nada de la Biblia cumplías,
a fuer de pobre y simple, lo que enseñó el Mesías
acerca del vestir, y del no atesorar,
y del poco comer, y del mucho esperar?
¿Debo decir que nunca tuviste la alegría
de ir en viaje a otro pueblo? ¿Debo decir que un día
tomaste compañera porque tu padre dijo,
como los viejos padres: “Debes casarte, hijo”?
¿Debo contar tu miedo de esa noche, decir
que la emoción te hacía, como a un niño, reír;
que eras un niño grande, que bebiste y bebiste
para tomar coraje, y que al fin te dormiste?

3

Tu sostén, tu alegría, tu religión, tu paz;
todo lo del Talmud fue tu mujer, y más.
Su amor, en estaciones,
con castidad de árbol te prodigó sus dones:
y fue primero el dulce Cantar de los Cantares
(el mismo de la Biblia, pero no con collares);
y en seguida la dicha de sentarse al telar,
y después la congoja frente al vaivén del mar,
y a su tiempo el sopor de la espiga madura,
y un día la palabra cargada de ternura:
¾Juan no salgas, quizás. . .
Tu sostén, tu alegría, tu religión, tu paz. . .
¾paloma de tu hombro, cayado de tu mano¾;
la que a tu barca vieja le dio su nombre llano
(llamándote tú Juan y siendo ella tu hermana,
no es lo más natural que se llamara Juana?);
la que al servirte el vino se servía en tu copa;
la que estaba en el vaho de tu plato de sopa,
y en el profundo aseo de la paila de cobre,
que era por cierto espejo de tu barba de pobre,
y en el humo que honraba la viga de tu casa,
y en lo que deja el humo: la medio oculta brasa
(la brasa es lo mejor
para encender la pipa cuando reina el amor).
Tu sostén, tu alegría, tu religión, tu paz. . .
La que no dijo nunca la palabra jamás;
la que buscando el céntimo, callada y prevenida,
confirmó la parábola de la dracma perdida;
la que ante el arca hincada, de entre los viejos paños,
alzó un día un secreto que tenía diez años:
¾Juan, aquí está el dinero.
¡Salgamos para América en el primer velero!

4

Dolor de vender todo. . . dicha de regalar
la red y el par de botas. . . impaciencia de mar. . .
júbilo de partir. . .
cansancio de agua y cielo. . . ganas de no seguir. . .
emoción de pisar la tierra ajena. . . amor. . .
amor inmenso. . . esperanza. . . ¡estupor!

Estupor de encontrarse con las manos vacías
después de haber arado tantos y tantos días.
Palidez en la puerta frente a la noche aciaga.
Mudez bajo la lámpara, sobre la mesa impaga.
Puños al cielo, cólera, y lo terrible: ¿existe?
¡Oh, Juan, por qué viniste!

5

América es así: para unos generosa
y avara para otros como mujer hermosa.
Tu estabas entre estos,
y he aquí que debían no colmarse tus cestos.
Si el fuego sobrevino,
el fuego fue a tu mies y no a la del vecino;
si la plaga llegó,
la plaga entró a tu tierra y en la del rico no;
si la muerte antojóse por una esposa triste. . .
¡Oh, Juan, por qué viniste!

Rayo contra tu rucio, piedra sobre tu viña,
que en tu ternura eran un niño y una niña.

Todo lo del Talmud se derrumbó en el viento,
y arena y más arena cayó en tu pensamiento.

6

¡Pero, que ibas a hacer!
La voz de tu mujer,
como antes de morir, ¡cásate! ¾te pedía¾,
por ellos, por los dos. . .
Y de tan desolada, ya era la voz de Dios.
Tú al fin, después de años, alzaste la cabeza
que había envejecido con la sien en la mesa,
y así como aquel día que tu padre te dijo
“¡Debes casarte, hijo!”,
camino del azar,
saliste por esposa que te quisiera amar,
mientras en un recodo
del cielo aquella voz se moría del todo.

7

América es así, para unos generosa
y avara para otros como mujer hermosa.
Con el hogar en pie,
remaneció en tus ojos el barco de la fe.
Y en un esfuerzo enorme
de Atlante castigado que te dejó deforme,
treinta años más, sin tregua, fijo en la rabia el codo,
pulseaste con la suerte que te negaba todo;
treinta años más el fuego de la caldera hiciste;
treinta le echaste leña, treinta la maldeciste,
los ojos en sus fauces, para tenerla atada,
¡y nada, nada, nada!

8

Oh amigo, estaba escrito
que el manantial de América fuera en tu caso un mito.
Aquí también, oh Juan,
unos hacen de dientes y otros hacen de pan.
“La canasta del mundo”, por muchos encontrada,
para otros fue la canasta no hallada.
Hombre de mala suerte,
llegaste sin un céntimo al día de tu muerte.
Ni la ironía amarga de la jubilación
le faltó a tu ilusión.
Ella fue la cicuta
que en su hora de engaño la política astuta
te dio a beber, mordaz,
como taza de paz.
Oh Juan, no merecías que en tu resignación
los hombres le mintieran a tu pobre razón.
No, no lo merecías,
si no por tu bondad, por los miles de días
que, encenizado el pelo y engrasados los codos,
tocaste al alba el pito que es el reloj de todos.

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