Libro 5: El pan nuestro - 1941


INDICE

- Génesis

FABRICA
- Niños
- Carros
- Misa negra
- Voces de mando
- Sangre
- Agua
- Un arado
- Casita de la lluvia
- Modelistas
- Sangría
- Fundición
- Sirena
- Accidente
- Sierra de carro
- Muela esmeril
- Tú, en la fábrica
- Sentido de la lluvia
- Expedición
- Certificado de trabajo
- Ruego de la mujer del herrero a San Eloy
- Taberna
- Paga
- Canción de lavandera
- Baile
- Grito

SERENO
- Último pito
- Sereno
- Canción de cuna de la mujer del sereno
- Sereno y máquina
- Ventana
- Luna
- Sereno y Dios

OFICINA
- Ana María me trae el café
- El cadete te ama, telefonista
- Borrón
- Visitas
- Versos a la máquina de escribir
- Palabras a la caja de hierro
- Carta a Carlos Carlino
- Cartel
- Canción del arado
- Máquina de coser



Génesis

Lector: todos los versos que este poema encierra
a hurtadillas los hice y a saltos de emoción
en una vieja fábrica ¾que es un temblor de tierra¾,
con la sola presencia de un retrato al carbón.

Esa figura recia, de profunda mirada,
rige mi vida obrera con fuerza de sermón.
¡Veinte años en la vieja pared resquebrajada!
¡Veinte años de influencia sobre mi corazón!

Es Aarón el salteño, capitán sin espada,
que hasta la pampa nueva, de la Europa cansada,
trajo los hombres rubios que sabían arar.

¡Veinte años cara a cara! ¡Veinte años frente a frente!
Sin serlo, de su estirpe yo soy el descendiente.
Sin serlo, yo soy uno de los que fue a buscar.




Fábrica

Niños


El cesto de la escuela
se ha volcado en la calle.
Vienen doscientos niños
soplados por el aire.
Vienen a ver la fábrica.
¡Que pasen!

Aquí están los pilones colosales
que de lejos se sienten;
las piedras zumbadoras como trompos
que bailando se duermen;
la casita chinesca de madera
¾un lugar donde llueve¾,
y al pié de cada máquina
lo que los niños quieren:
pedacitos de hierro,
todavía con fiebre.




Carros


Uno. . . dos. . . tres. . . cuatro. . .
ya vuelven del puerto
donde están los barcos
mugiendo.

Chispas de herraduras
en el pavimento.
Cohetes del látigo
en el aire tenso.

Los caballos tienen
el fulgor del hierro.
Espuma caliente
salta de los frenos.

Los caballos
¿vienen del océano?
¿Cruzaron el mar
carros y carreros?

Estoy en la calle.
En la calle espero.
Viento de los campos
me revuelve el pelo.
Siempre estoy en la calle
cuando llega el hierro.

Se me ocurre que Markham
viene de carrero
¾Edwin Markham, poeta,
que fue herrero¾,
o Walt Whitman,
“gran viejo”,
ambos restallando
su verbo.

Del país de Roosevelt
ya viene el hierro.
En las fraguas ansiosas
se relame el fuego.




Misa negra


¿A que dios del infierno
están rindiendo culto
estos torvos herreros?
De las cuarenta fraguas encendidas
sube un pesado incienso.

Con el brazo del frío
alrededor del cuello,
en la mañana limpia
he venido a ver esto.

Los herreros me miran hoscamente.
Yo no soy uno de ellos.
Toda la cara, bajo sus miradas,
se me llena de dedos.

Hay una puerta grande
como la de los templos.
En la puerta estoy yo,
cada vez más pequeño.

El aire ya se ha puesto irrespirable;
todo el aire está negro.
Es como si una nube de tormenta
se hubiera metido adentro,
quedándose enredada
en las vigas de hierro.

Suenan los martillazos.
Se oyen gritos blasfemos.
Jarros de agua le arrojan
a la cara del fuego,
y el fuego enardecido,
le saca la lengua al techo.

En el techo está el humo.
Le ha entrado miedo.
Huye por las ventanas al camino
quebrándose los remos.
Por caballos del aire
se hace llevar al cielo.





Voces de mando

Aquí sí que huelgan las palabras.
Hay demasiado ruido.
Las voces de mando
se dan con los martillos,
sobre los yunques: pájaros de acero
con el gorjeo listo.

Machucadores de ojos relucientes,
con el mazazo en vilo,
ante el hierro caído de rodillas
esperan el aviso.
Este a veces se quiebra
en seco monosílabo,
y a veces se derrama saltarín
como bolita de vidrio.

Con los ojos cerrados
retrocedo en los siglos.
Allí llega Pitágoras
entre humano y divino.
De la herrería salen estrellitas
a recibirlo.
El herrero y Pitágoras
hablan de los sonidos.

Con los ojos cerrados
soy otra vez un niño.
Lleno estoy de bolitas
por vía del oído.
Camino de la escuela
me suenan los bolsillos.
Collares de las niñas
se les desata el hilo.

Que linda es la herrería.
Aquel que viene es Plinio.





Sangre

He aquí un timón de arado.
Tiene la giba del camello,
la línea del esclavo.
A la vista del fuego
pide perdón arrodillado.
El herrero lo mira fieramente.
¡Es el amo!
Cuevecillas del humo
sus narices de bárbaro.
Reflector de la llama
su pecho bronceado.

La sangre salta por el aire
a cada martillazo
y cae en estrellitas
sobre los que miramos
¾un poeta y cien niños
con los ojos cerrados¾;
cae sobre nosotros
y no somos manchados.

¡Alabado sea el hierro,
hermanos!





Agua

Desnuda junto a la fragua,
ha perdido el pudor.
Es ella, la dulce hija del Señor:
el agua.

En el rudo mester
del forjador,
cumple, con sostenido valor,
lo que le obligan a hacer.
Es horroroso ver
cómo el hierro candente
se hunde en ella masculinamente,
haciéndola estremecer
como un ser viviente.

Ella triunfa, desde luego.
De su profundo seno de mujer
jamás ha vuelto el fuego.
Quítale la vida
en el mismo instante de ser sorprendida.
Como una serpiente.
Sin amor.
Fríamente.
Si le queda un dolor,
qué bien lo olvida.





Un arado

1

Cuando te bajaron del carro
¾un carro que tenía una cola de palo¾,
casi no te reconozco
de tan desfigurado.

Por el campo te habían retorcido
caballos desbocados.
Tenías los brazos rotos.
Estabas lleno de barro.
Cabellos rubios de trigo
en tus dedos enredados.

Cuatro hombres salieron de la fábrica.
Cuatro hombres te alzaron.
Cuatro hombres te llevaron adentro,
como se hace con los soldados.

Adentro había hasta cuarenta hogueras,
cada cual con su tajo.
Cuarenta herreros machucaban hierro,
sin compás, a lo bárbaro.
De los yunques saltaban estrellas
para todos lados.

Hasta una de estas fraguas
los cuatro hombres te arrastraron.

El primero hizo irritar al fuego,
que dormía enroscado.
El segundo te acometió en el suelo,
martillo en mano.
El tercero te entregó a las brasas,
despedazado.
El cuarto te rehizo.
Era un artista el cuarto.

Luego vino uno más;
vino con unos tarros,
y te pintó como pintan los niños:
de verde y colorado.

Porque tenía un gorro de papel
que parecía un barco,
este último te hablaba dulcemente
mientras te iba pintando.
La rodilla en el suelo,
¡que bien hablado!

(Que hay algunos obreros
que trabajan hablando,
y otros que no hablan nunca:
¡siempre callados!,
y otros que cantan y cantan,
a sovoz, olvidados).

2

De pie junto al carrero,
arado, ya te vas con tu traje de gala.
Toda la calle es tuya, que está recién regada.
La calle sale al campo pasando por la plaza.
En la plaza hay banderas porque es fiesta mañana.
Gente del pueblo sale de la misa cantada
y, cortándote el paso para verte, se para.
Arado, ¡hasta la vuelta!
                                    Tocan altas campanas.





Casita de la lluvia

Se levanta en el centro de la fábrica,
como en los jardines las fuentes.
Es una arboladura
en la que siempre llueve.
Diez planos superpuestos,
lo mismo que en Oriente.
A sus pies tiene un lago
ligeramente verde,
con su obligado borde
de borrilla silvestre.
Cuando vienen, los niños
preguntan por los peces.
Como niñitos ¾dígoles¾
bajo la lluvia duermen.
Subirán esta noche
cuando la lluvia cese,
las aletas doradas
y los ojos de aceite. . .

Yo me quedo creído;
pero ellos no me creen.





Modelistas

Como los niños en la arena,

su trabajo es jugar;

sólo que juegan con un poco de pena,

porque no es juego trabajar.

Hacen alcancías de tierra morena.

Cubren todo el suelo. No se puede andar.





Sangría

Este es el hombre de la lanza,
y la lleva en el hombro.
Posiblemente el último
lancero del globo.
Está espiando al hierro
por la mirilla del horno.
Tiene la consigna del lanzazo,
y debe darlo sin miedo, hasta el fondo.

En todo el horizonte,
se oye bramar un toro.





Fundición


Viejo avaro es el hierro

es necesario el horno

y mil doscientos grados de tormento

para que entregue el oro.

Abajo están las escudillas

a la espera del chorro.





Sirena

Hélice del taller ¾barco encallado¾,
la sierra ¾sin fin¾ vuela.
¡Cómo me engañas, pájaro amaestrado!
¡Ay, cómo cantas, sirena!

El organizador
tiene en tu reclamo de cautiva
un señuelo seductor.
Tu llamada efusiva
suple la voz de mando.
La suple cantando.
¾¡Todavía está viva!¾
gruñe el obrero viejo, tirando.
¾¿Qué voz es ésa, tan humana?¾
el hombre de la calle, pasando.
¾¡Adónde nos llevas, hermana!¾
yo, poeta y contador,
la voz quebrada,
con un poco de amor.

Canto.
Canto que nunca muere.
Canto de mujer
que no quisiera querer,
y quiere.
Canto.
Canto lleno de un doloroso encanto.
Canto que no dice nada
y que enamora.
Canto de encadenada.
Canto de corazón que llora.
Canto de boca cerrada.
Canto.
Canto y llanto.
Canto hondo que llama.
Canto de mujer que no quisiera amar,
y ama.
Canto de corazón adentro.
Canto que obliga a remar
a su encuentro.
Canto que no se deja alcanzar.
Canto ondulado como el mar.
Canto de sirena
¾¡en qué lejano lugar!¾
bajo la luna llena.

Niño a quien le quitan sin razón
la manzana probada;
niño con un pájaro de aire
en la mano burlada,
así mi corazón
cuando dejas de cantar;
así toda tu tripulación,
desorientada.
El brazo quiere remar,
pero no rema.
La vista quiere levantarse,
pero no se levanta,
y el sudor empieza a quemar,
y quema.
¡Canta!,
que eres la ficción
que nos hace trabajar.
¡Canta!,
para que podamos cantar.
¡Canta!,
para vivir con la ilusión
de que estamos en un barco,
en alta mar,
y vamos en tu salvación.
¡Canta, para olvidar!





Accidente

El dedo está en la viruta;
en el montecillo de viruta blanca;
el dedo con su anillo;
el dedo con su alianza.
Veinte obreros lo buscan.
Nadie lo halla.
Todos tenemos miedo
de la montaña.

En la “sillita de oro”
de cuatro manos bastas,
a él se lo llevaron
a la primer farmacia.
Iba como dormido.
Ya no lloraba.
Vacía de sangre
la cara pálida.

Por aquí pasaron. . .
¾dicen las manchas¾.
Hay una redonda
sobre una piedra blanca.
Hay una redonda
como una mirada.

La duna movediza
se desparrama.
Cuarenta pies remueven
las serpentinas blancas,
en carnaval absurdo
de graves máscaras.
También mis pies ¡oh madre!,
como en mi infancia.
Mis manos no se atreven:
tiemblan amargas.
Hay víboras debajo
de la maraña.

Tiene un anillo de oro.
Tiene una alianza.
¡Haz que yo no lo encuentre,
madre del alma!





Sierra de carro

Atado de pies y manos como un reo,
en infernal bandeja te han servido
un árbol entero,
y lo están rebanando vivo
tus mil dientes coléricos.

Moloc te me figuras;
Moloc moderno.
Espíritu del mal
en un trono de hierro.

El árbol ya ha perdido
la mitad del cuerpo,
y a tus pies, boca abajo,
sigue viviendo.
Una voz casi humana
le sale de adentro,
que unos la creen canto
y otros lamento.
Los veinte niños, a mi alrededor,
se han puesto serios.
Tienen los ojos fijos en el carro:
máquina de tormento,
con un árbol a cuestas,
yendo y viniendo.

Con los ojos cerrados,
retrocedo en el tiempo.
Estoy en una cama,
muy enfermo.
La bola de la fiebre
viene a mi encuentro.
Mi desvelada madre
junto a mí, padeciendo.





Muela esmeril

Tú.
Tú le mataste, mala.
Tú le diste en el pecho
la tremenda pedrada.

El cayó contra el suelo
con toda la cara, en la boca la forma
de lo que cantaba.

La canción empieza con “a”.
Tal vez fuera amor la palabra;
tal vez Amelia;
tal vez amada.

Como si hubiera chocado
con otra piedra mala,
paróse, sacudiéndose,
el barco de la fábrica.

De la sacudida,
cuánta gente pálida.
Los fuegos se apagaron
y derramóse el agua.

El humo, ¡cómo huía
por todas las ventanas!

Tú.
Tú le mataste, mala.
Tú, por reventarte
como una granada.

¡Ay, lo que yo dije
esa misma mañana,
rodeado de niños
que me visitaban!

“Niños: esta es la piedra
encantada;
niños, orina fuego,
y no quema ni mancha”.

Y los niños ponían la mano,
y lo comprobaban.

¡Nunca lo hubiera dicho,
malvada!





Tú, en la fábrica

Por la ventana abierta
ha entrado un pájaro,
y está aquí, entre las máquinas,
un poquito asustado.

Por la ventana abierta
ha entrado un pájaro,
que otra cosa no eres
con tu vestido blanco.

La llama sigilosa
te sigue, por quemártelo.
Estrellas de los yunques
estallan a tu paso.
Ruedas de dientes negros
muerden tu olor a nardo.

Por la ventana abierta
ha entrado un pájaro.
Lo está diciendo el fuego
que se llenó de brazos,
y el hierro que se apura
a ponerse dorado,
y el humo que se va derecho al cielo
con tu vestido blanco.

¡Por la ventana abierta,
vuelve mañana, pájaro!





Sentido de la lluvia

Llueve.
Llueve por todas partes:
sobre el trigal sediento;
sobre las largas calles. . .
Las palomas se esconden
y la tierra se abre.

Sólo aquí, en la herrería,
no llueve para nadie.
Tapándonos el cielo
están los techos grandes,
y abajo está el estruendo
y el caluroso aire.

Pero la lluvia es buena.
Tiene algo de madre.
Escondida entre los pájaros
me esperará en los sauces.

De los trabajadores
es la lluvia en los árboles.
¡No ahuyentar a la lluvia
que espera en el follaje!





Expedición

Pintados de rojo
por los muchachos,
cien araditos
se van al Chaco.

Una ruedita,
dos brazos largos,
cintura fina,
cuchillo bajo.

De a cinco en fondo,
son cien soldados;
todos iguales
sobre los carros.

Atado al muelle
como un caballo,
un barco espera
para llevarlos.

Paraná dulce:
camino largo.
Santa Fe vieja:
Lugar del barco.

Dejan la fábrica.
Se van al Chaco.
Cambian de cielo
como los pájaros.

Muchachos rubios
que los pintaron,
sin hablar miran
pintarrajeados.

Refrigerante
suelta su llanto.
La chimenea,
pañuelo blanco.





Certificado de trabajo

Papá Tuñín: Hoy te dieron de baja.
Es lo peor que pueden haberte hecho.
De regreso a tu casa,
llevas un tiro en el pecho.
¡Qué dirá tu mujer;
qué tu hija, acostumbrada a ver
en tu persona al jornalero impar!
Dejarán de barrer.
Se pondrán a llorar.

Papá Tuñín, el capataz activo
que valía por diez:
desde hoy eres el hombre
que “fue jefe una vez”,
con una pensión en diminutivo,
como tu sobrenombre.
En mi función de contador
por última vez escribo tu nombre
¾Antonio Bonocuore¾
en el libro mayor
y lo encierro en un trazo
envolvente, de abrazo,
que para mí tiene un símil: el lazo,
y una equivalencia: la flor.
Mañana
¾si es que esta noche puedes dormir¾
al primer grito
ondulante del pito
saltarás de la cama
y te empezarás a vestir.
Será un segundo nada más,
un terrible segundo
“en una apartada región del mundo”.
Luego te dirás,
mirándote al espejo,
avergonzado:
¾¡Qué error, Papá Tuñín!
No es para ti el llamado.
Tú lo vez, eres un viejo.
Sirves para un jardín. . .

Papá Tuñín: Yo soy el responsable
de tu apodo.
Te lo puse por tu sonrisa amable
a través del taller,
como si fueras el padre de todo,
y por tu dulce modo
de reprender,
y por el no menos de palmear
a las máquinas que no querían marchar,
como si cada máquina tuviera un ser.

¡Pobre Papá Tuñín!
Holgando, tu pena no tendrá fin.
Tú hubieras querido hacer
lo que todos los viejos:
quedarte en el taller
para dar consejos.
Con un impoluto traje de brin,
ya corregir un pliego,
ya consultar la hora,
ya revisar la fila zumbadora
de muelas que orinan fuego.
Andar,
salir,
volver,
renegar,
¡y sobre todo sonreír!,
en una mano el puñado de estopa,
el metro en el bolsillo de atrás,
y sobre el pecho una barba de Anás
blanqueada con azul de ropa.

Pero esto no puede ser.
Las fábricas no tienen corazón.
Te quedarás en casa con tu grima,
a fumar, a leer,
a soplar el carbón.
Y ojalá que tus piernas nunca quieran
llevarte hasta el taller
que fue tu cima,
pues tres lobos hambrientos ya te esperan
para echársete encima,
a saber:
que tu banco, por viejo, fue quemado;
tu torno mal vendido, por lerdo,
y algo más triste aún: que tu recuerdo
es una máquina que se ha parado.





Ruego de la mujer del herrero a San Eloy

En la iglesia de Gouezec, en Bretaña,
San Eloy forjador, tienes tu estatua.

Desengañada y triste de los hombres de hoy,
sé sensible a mi ruego, lejano San Eloy.

Las cosas de aquí abajo no están bien como están.
En unas mesas sobra y en otras falta el pan.

Haga Dios lo que el hombre nunca ha podido hacer:
el bien en cada casa para cada mujer.

Tenga el herrero simple, lo mismo que el señor,
una casa que honrar, con su pozo y su flor.

Y haya en la casa sombra, donde, a media jornada,
esté el herrero echado y la mujer sentada.

Y haya un sitio, el del agua, donde, al cabo del día,
caiga sobre el herrero desnudo la alegría.

Cuánto tiempo que espero. Desalentada estoy.
Los hombres no lo hacen. ¡Hazlo tú, San Eloy!





Taberna

¡Dejadlos que beban
el vino negro!
Hoy es día de paga,
y el vino es bueno.

Un mes seguido
machacando hierro.
En la garganta
tienen el fuego.

A la tierra desciende,
tabernero.
De la tierra suban
los jarros llenos.

Vino de uva pisada
por lagareros;
vino que huele a fuerza,
para el herrero.

De la tierra suban
los vinos gruesos.
Con jarros de vino
se mata el fuego.

Ponle a la puerta
tranca de hierro,
y abre la otra
que está en el suelo.

Abajo espera
tonel obeso;
tonel echado:
desnudo cuerpo.

¡Todos a la tierra
de seno fresco!
¡Bajad a la tierra,
herreros!





Paga

Mamá Angustia, en la puerta,
llora y da de mamar;
llora porque su hombre en la taberna
se está bebiendo el jornal.

No llores, mamá Angustia, que tu niño
bebe tu mal.
Míralo, en la luna de tu pecho,
dispuesto a lloriquear.

Yo iré, si tú lo quieres,
a buscar a tu Juan,
que ha perdido el camino de tus ojos
y no lo puede hallar.
Le diré que tu mesa ya está puesta
debajo del parral,
con su jarra de vino de Mendoza
y su redondo pan. . .

Pero que nunca llores en la puerta
cuando das de mamar;
nunca las dulces lunas de tu pecho
se hagan lunas de sal.

Tu hombre es un herrero.
Lo debes recordar.





Canción de lavandera

1

Mi amor está en la taberna
bebiéndose su jornal.
¡Ay, la bebida olorosa,
color de leche de mar!

La ropa torcida muestra
mi fuerza para matar.
Vacía de sangre déjala
mi torcedura mortal.

¡Por qué no será mujer
mi rival!
¡Por qué no será mujer
para poderla matar!

Mi enemiga es agua verde,
color de leche de mar.
Sólo tiene de mujer
el olor y nada más.

2

Fuerte como un algarrobo,
tan fuerte que me hace mal,
y tan pequeño bebiendo
en mesa de barajar.

Postura de niño bueno
para dormir o llorar,
su postura en la taberna,
por el suelo su jornal.

¡Hazte mujer, agua verde,
para poderte matar!

3

Sin dormir lavo la ropa
bajo el sol dominical,
que él duerme por mí ocupando
su lugar y mi lugar.

Bolsita de azul, derrámate
en el agua de enjuagar,
donde su blusa de herrero
se enreda a mi delantal.

Bolsita de azul, derrama
tu cielo primaveral,
que está trenzada a su blusa
mi enagua de enamorar.

Su pañuelo de trabajo
con el mío de llorar.





Baile

Música ebria
de antiguos valses
junto al río que corre
hacia Buenos Aires.
Los obreros bailan
bajo los árboles.

Vivas a la cerveza
rompen el aire;
vivas a la cerveza
y al vino amable.
Los obreros beben
bajo los árboles.

Herrero torvo
de manos grandes
chisporrotea
dichos quemantes.
Pintor que tiene
pintas de sauce
busca colores
en el follaje.
Entre las mozas,
sereno grave
habla de estrellas
que no vio nadie.
Ya todos cantan
bajo los árboles.


Una paloma
tiene la tarde,
una, que llora
por los trigales.
Roto su nido
bajo los árboles.

Nadie la oye.
Por todas partes
niños que juegan
a darse alcance;
niños que trepan;
niños que caen;
niños que lloran
contra las madres. . .
Madres con niños
bajo los árboles.

Ya está el ocaso
lleno de sangre.
Ya entre las risas
se oyen los ayes.
Ya arrancan gritos
las manos grandes.
Risas y gritos
bajo los árboles.

En el sereno
de cara grave
viene llegando
la sobretarde.
Lunar desvelo
de su semblante
se está alumbrando
bajo los árboles.

Hombres que tienen
la voz distante
vuelven al pueblo
por los trigales.
Detrás, los niños.
Detrás, las madres.
Detrás, la luna.
Detrás, los árboles.

Pasan los trenes
de Buenos Aires.
Collar de luces
por el paisaje.





Grito

Madre, aunque te haga llorar,
amo al herrero fogoso,
con todo mi cuerpo blanco,
por todo su cuerpo rojo.

En el baile, frente a mí,
qué alegre estaba y qué hermoso.
Quise no bailar con él;
no pude bailar con otro.

Cuando me abrazó, en los suyos,
puse a calentar mis ojos.
Sentí el hierro en mi cintura;
hierro y humo en mi contorno.

De su pelo me caían
estrellas sobre los hombros,
de su pelo ensortijado,
con algo de fuego y oro.

Y me llené de un temblor
mezcla de miedo y de gozo;
el mismo temblor del agua
con un carbón en el fondo.

Madre, hacia el lado del fuego;
madre, hacia los altos hornos
se vuelve todo mi cuerpo
como un girasol redondo.

Madre, hacia el lado del fuego
donde está el herrero torvo,
desnudo de espalda y de pecho,
con una maza en el hombro.

¡Ay, que los campos están
ardiéndose en el bochorno!
mi boca llena de sed;
mi pelo lleno de polvo.

Madre, porque ya no sueño
sino con flores de aromo;
madre, porque sólo veo
espigas y pechirrojos.

Por el ocio de mis pechos
pesados, como de plomo;
por el frío de mis pies
que no quieren dormir solos.

Por mi vestido enredado;
por mi palidez de hongo.
¡Madre, déjame casar
con el herrero fogoso!

Forjada a mano mi cama,
toda de hierro redondo.




Sereno

Ultimo pito

Del agua contra el fuego
nace un pájaro aludo,
y de éste una bandada:
los pájaros del homo.
Ya se pierden de vista,
cada cual por su rumbo.

En la viga más alta
queda uno;
queda como un recuerdo,
y me mira: es el búho.
Tiene salvado al fuego
en sus ojos profundos.

El no se va. La fábrica
en silencio es su mundo,
con un hombre perdido
por habitante único.

Ama la soledad
y los vuelos nocturnos.

(Me gustaría un poncho
ceniza, como el suyo).




Sereno

1

Ya se han ido los herreros.
Ahora el ruido está en la taberna,
calle por medio.
Solo,
cruzo el taller inmenso.
Parada de repente,
la fábrica da miedo.
Alguien ha dicho: ¾¡Muérete!¾,
y todo está muerto:
el horno, como un tigre
con su presa de fuego;
la brasa todavía
con los ojos abierto. . .
¡Qué hondura!
¡Qué silencio!
Como después de un terremoto, de la tierra
suben vapores lentos.
Poeta, se me ocurre
que ando sobre el infierno,
y que basta un traspié para que todo
se ponga en movimiento.
Pero allí viene un sobreviviente:
el sereno.
Avanza por una fila
de enormes paquidermos:
las máquinas echadas,
de lomos negros.
Ha perdido la voz.
Le sigue un perro.
Hasta mis ojos alza
su farol de minero.
Tiene algo de ladrón
y algo de carcelero.

2

Un hombre que me oía
acercóse y me dijo:
¾Yo fuí sereno un día.
En casa máquina tuve un hijo
cuyo sueño velé.
Se llamaban
David, Sansón, Vulcano.
Proserpina, Astarté. . .
Eran cuarenta hermanos,
todos de hierro,
que dormían de pié.
Me amaban.
Amaban a mi perro.
Los amé.

¾Yo fuí sereno un día.
Hice lo que mi madre: velar.

Lo hice a su manera: sin hablar,
que es como está bien hecho.
Lo hice como ella en el hogar:
con una lucecilla
a la altura del pecho,
y de puntillas.

Madre y sereno ¾dijo una mujer¾
tienen siempre la cara amarilla.

¾Madre y sereno son una misma cosa.

¾Ambos en la noche silenciosa.

¾Con una luz en el pecho, incierta.

¾Que alumbra, pero que no despierta.





Canción de cuna de la mujer del sereno

Duérmete, mi niño;
duérmete, mi amor.
En la cama grande
durmamos los dos.

Tin. . . en la venta.
Tan. . . en el reloj.
Tun. . . en lo más hondo
de mi corazón.

Mitad de la cama
no tiene calor.
En la cama fría,
qué pequeña soy.

Blanca está la noche
¾la una. . . las dos. . .¾,
blanca está la noche
para hablar de amor.

Luna sobre el techo,
luna en el balcón;
palabras de luna
por el corredor.

Lámpara amarilla,
lámpara y reloj,
rondan en la fábrica
donde yo no estoy.

¿Quién anda en el patio,
niño de mi amor?
¡Lámpara amarilla
donde yo no estoy!

Junto al pozo de agua,
sombra de carbón.
¡No me pidas agua!
¡No la quiera yo!

Sobre el pozo de agua,
¡que hermosa la flor!,
la flor que quisiera
con una canción.

Ojos que me miran,
ciérralos, amor.
Luna que nos miras,
apágate hoy.

Los ojos cerrados
no ven al ladrón.
Con el sueño viene
más ligero el sol.

Duerme, duerme, duerme,
mi grano de arroz.
En la cama grande
durmamos los dos.

Tin. . . en la ventana.
Tan. . . en el reloj.
Tun. . . en lo más hondo
de mi corazón.

Tiín. . . Taán. . . Toón. . .





Sereno y máquina

¡Que bien se está a tu lado, máquina de vapor!
Aire de horno de pan reina a tu alrededor.
¾Junto a la bestia echada se calienta el pastor¾
me está diciendo el viento en su noche peor.

Tu sala es espaciosa como sala de rey.
En su centro plantada, con la fuerza por ley,
haces andar la fábrica, que es tu obediente grey.
Pero de noche eres mi compañero, el buey.

Cuánto soñé en mi infancia con ser tu maquinista!
Admiraba tu línea de león en la pista.
Volante velocísimo me encantaba la vista.
Regulador de bolas era tu equilibrista.

Ahora, aquí me tienes: lo que soñé no ha sido.
Mis días se trocaron en noches sin sentido.
Soy el hombre que llega cuando todos se han ido.
A través del silencio soy el hombre perdido.

Como la liebre, duermo con el sol levantado.
Mi nombre, por las gentes ya no es pronunciado.
No saben que de noche soy por ti calentado.
Nada saben de mí; todos me han olvidado.

¡Máquina de vapor, qué solo me he quedado!





Ventana

¿Por qué esa luz, despierta
en el pueblo dormido?
Pensemos lo mejor:
es tan solo un olvido.

No sea un niño enfermo
ni un amor afligido.
La luz que no se apaga
sea un recién nacido.





Luna

Que distinta es la luna de la fábrica
de todas las demás:
luna dormida en el campo,
luna despierta en el mar,
luna subida a los árboles,
luna echada en el umbral.

La luna de la fábrica parada
no es luna de verdad.
Entre los hierros, jirones
de luna que ya no está;
en los dientes de las máquinas,
alguna prenda lunar.
Es lo que deja la sierpe
que se desnuda y se va;
el pez,
si logra escapar;
la novia,
casada ya;
el vestido de la novia,
nada más.

Sereno, razón tendrías
de contestar,
entre barrote y barrote
tu cara de soledad:
¾La luna de mis espaldas
es de sal.
¡Dejadme mirar al pueblo
con su luna de verdad!
La luna de pies desnudos,
sola, se ha puesto a bailar;
sigue a la última niña
y la besa en el portal;
les da la mano a los hombres
que se van. . .

¾Mejor es la noche obscura;
mi casa en la obscuridad.





Sereno y Dios

Yo no tengo otra cosa que mirar que la luna.
Si estás allí, Señor, escúchame:
                                                Ninguna
queja tienes de mí. Mil noches han pasado
¾largas, obscuras, frías¾, y yo aquí, tan honrado.
Mil noches que me digo, para darme consuelo:
¾Todo lo hago por ella; lo saben en el cielo¾.
Mil noches que me digo: ¾No merezco otra cosa¾.
Pero tengo una niña, y esa niña es hermosa.
Señor, si ha de casarse, que no sea un sereno
quien me la lleve un día. Sea un obrero bueno
¾labrador sudoroso o albañil rubicundo¾;
un obrero, el más pobre de los que tiene el mundo;
pero uno que de noche duerma bajo su techo,
con mi niña a su lado, con ella contra el pecho. . .
Señor, la vida es triste sin un poco de amor.
¡Tú no hiciste la noche para dormir, Señor?




Oficina


Ana María me trae el café

Ana María viene por el camino andado.
Ana María es bella; tiene el pelo dorado.
¿Qué canta Ana María, de rostro levantado?
Del azul de sus ojos está el aire azulado.

Leb, mi perro, la sigue con amoroso celo.
Ana María y Leb: una amistad modelo.
Ambos vienen a mí para darme consuelo,
Leb mirando la tierra y Ana María el cielo.

(¿Debo decir que Leb quiere decir cariño,
lo cual me agrada mucho, pues Leb es casi un niño?).

La puerta de la fábrica se abre de par en par,
la gran puerta de hierro, y se vuelve a cerrar.
Afuera queda Leb, obligado a esperar,
y una canción, volando que no ha podido entrar.

¿Qué sentirá mi niña con su corazoncillo,
a través de la fábrica donde atruena el martillo,
seguida por el humo de ondulado colmillo,
mirada por cien fuegos de iris amarillo?

Horno de boca enorme lleno de brujería,
máquina seductora que cantas todo el día,
casita de la lluvia donde el agua se enfría,
¿no visteis a mi niña, de nombre Ana María?

Afuera, entre los árboles, una canción volando.
Adentro la serpiente de la llama creciendo.
En la oficina, fijos, mis ojos esperando.
¡Mi niña que aparece: la luna apareciendo!





El cadete te ama, telefonista

Llega por un hilo
tu voz de agua.
Bébela el cadete,
la boca alzada.

Los pájaros saben
que eres su amante,
y por eso cantan
sobre el alambre.

Sábelo el hornero,
por cuyo nido
pasa tu palabra
dentro del hilo.

El cielo está lleno
de hilos tirantes
que llevan tu voz
a todas partes.

Boquiabierto, el niño
te ama en el aire.
El niño te cree
de nube y ave.

¡Ay, nunca se afane
por conocerte!
Puedes darle la vida
como la muerte.





Borrón

Flor de campo que me diste
ya la puse en el tintero,
la rima obligada es triste:
triste estoy porque te quiero.





Visitas

Largo camino andado que lleva a la oficina
ya espera con un lago de sombra en cada esquina.

Trigo de la abundancia derramado en el suelo,
ha dejado, esta tarde, sin pájaros el cielo.

Plumerillos de cardo se han desprendido y yerran.
Quedan algunas flores que se abren y cierran.

Como todos los años, en el último mes,
vienes por su limosna Sor Juana y Sor Inés.

Así las llamo yo desde la vez primera,
para nombrar a todas de la misma manera.

Lo cual no es un pecado, porque Dios sabe bien
que todas se parecen. Las palomas también.

Hablo de la palomas que en las rosadas tejas
como hermanas menores esperan en parejas.

Hablo de las palomas más pequeñas aún:
verdaderas monjitas con su traje común.

También vendrán a vernos las dos muchachas rubias,
día más, día menos, como llegan las lluvias.

Vendrán con alcancías de cartón, a cambiar
la plata de su risa por la plata vulgar.

Y vendrá el misionero con traje de soldado,
y el vendedor de pájaros: todo el bosque enjaulado.

Y con sus malos versos, genial y vagabundo,
el andarín de barbas que da la vuelta al mundo.

Mendicantes, romeros, embaidores, gitanos. . .
¡Bendito seas trigo, que nos llenas las manos!

Tú nos permites dar y recibir consuelo;
comprar todos los pájaros; devolverlos al cielo.





Versos a la máquina de escribir

1

Me bastó encontrarte
un día cualquiera,
para comprarte.
La luz de la vidriera
nada tuvo que ver.
Me detuvo tu nombre,
tu nombre de mujer,
grato a mi corazón de hombre.

¡Mercedes!
No era de carne y hueso
aquella novia mía.
Recibía mi beso
y mi palabra: ¾¡hermana!¾;
pero no respondía.
Está muerta en el libro de lectura
de mi niñez lejana.
Mercedes:
sobre tu nombre cae
la luz de la ventana.

2

En tu teclado están todas las palabras
del mundo;
las dulces, las amargas.
Están todos los nombres
de las mujeres amadas:
Helena, Beatriz,
Raquel, Julieta, Laura. . .
Esperan que las llamen,
en un fondo de agua.

También está la palabra muerte,
que es mejor no formarla,
sino para decir
lo mucho que se ama.

3

Un día entre tus teclas,
se me cayó una lágrima.
Tenía veinte años
y escribía una carta.
Quise mirarte adentro:
¡qué de pequeñas ramas!

4

¡Qué lindas las lunas del paréntesis
en tu renglón más alto!
Ponen entre los números odiosos
una nota de encanto.

Lo mismo digo del acento:
bichito de luz
sin el cual no está ella
en la palabra .

5

La cinta colorada
dice de tu rubor.
El timbre es el lugar
donde vive tu voz.

6

Mercedes: tú eres digna
de algo más que estos versos.
Hemos escrito tantos,
que deseamos no hacerlos.
Una flor diferente cada día
es lo que yo te ofrezco.





Palabras a la caja de hierro

Oye lo que te digo,
vieja caja de hierro:
Nunca pude quererte
como a un buen compañero.
Nos separó por años
tu frialdad de hielo,
tu peso de montaña
y tu profundo sueño.

Entre los pocos muebles
donde me voy muriendo,
¡qué mal hace al espíritu
tu eternidad de hierro!
Eres como un mal pájaro
entre pájaros buenos.

No eres como mi mesa,
con su lindo hule negro;
no eres como mi máquina,
con su timbre pequeño,
donde, entre carta y carta,
voy escribiendo versos;
no eres como el pupitre,
todo de suave cedro,
con un plano inclinado
para llorar los sueños.

Tú eres como una esfinge
sepultada en el suelo:
dos puertas de sepulcro
y un misterioso seno.




Otros poemas


Carta a Carlos Carlino

Carlos: Aquí tengo tu libro “Poemas con labradores”,
esto es, aquí tengo tu ramo de flores.

Como yo, tú eres santafecino;
poetas ambos en la tierra del lino
(llevas el lino hasta en tu nombre, Carlino),
y es de ambos la dicha de cantarla,
que es una forma de ararla.

Cantámosla en su valor humano:
el cordial labrador,
el obscuro artesano,
el albañil cantor. . .
Cantámosla en el ademán
del sembrador,
y en la respuesta multiplicada:
el pan.
Cantámosla en la bestia inclinada
que la mira en los ojos,
y en la florecilla silvestre,
dormida entre abrojos.
Cantámosla en el pájaro obrero:
el hornero,
y en el otro, celeste,
que prende fuego al rastrojo:
el pechirrojo.
Cantámosla en el hachero
que resuelve su ira en hachazos.
Cantámosla en el parvero
con el trigo en los brazos.
Cantámosla en el herrero
que hace estrellas a martillazos.

Cantámosla en su verdad pasada:
el nono piamontés,
que en honor de la nona bienamada,
que era la propia mies,
sembróla en oro por la tierra arada,
hasta morir en paz;
y el buen nono lombardo,
que a cuchara y martillo
edificó su casa y treinta más,
sin perder un ladrillo.

Cantámosla en la madre prudente,
signadora del pan,
siempre en la casa como un ángel guardián
¾según tú lo dices admirablemente¾.

Cantámosla en los humildes nombres
de las mujeres y los hombres
de allende el mar,
que para rendirla en su vellón bendito
aguantaron hasta el grito
la quemadura de regresar.

Carlos: Honrado tu libro que honra al labrador.
Carlos: y hermoso con tu linar en flor.





Cartel

Mujer: ama al obrero, el de las manos;
ámale en su simpleza, sin rubor;
ámale con todo tu amor.
Con él tendrás hijos sanos.

Ama al herrero de potente brazo,
capaz de matar de un mazazo
al que ofenda tu honor.
¡Ama!
Ama al buen labrador,
fiel como un can
debajo de la cama;
ámale, que es el señor del pan.
Ama a su segundo, el panadero,
por la misma razón.
Ámale con todo tu corazón.
Ama al carpintero
que hace su propia mesa,
simple, pero sin masilla.
(La mesa,
la cuna,
la silla. . .)
Ama al guadañero
buscador de la luna
en la verde gramilla.
Ama al minero
respetado en su facha,
y al leñador,
por el rayo de su hacha.
Ámales en su malhumor.
Ámales con todo tu amor.
Ama al pocero
que con tesón de armadillo
se hunde hasta el barro amarillo
para darle un espejo al lucero.
Ámale en su aparente locura.
Ámale, por el agua pura.
Ama al fogonero
de la saliva amarga.
Ama al marinero
de los barcos de carga.
Ama al ladrillero
que hace ladrillos para todo el mundo.
Ama al albañil rubicundo
que, como buen jilguero,
le pone un gajo a su palo mayor,
para cantar mejor.
Ama al hojalatero
que es el encargado
de bajar a la lluvia del tejado
con suavidad de caballero.
Ama al jardinero
bien hablado
(milagro de la flor).
Ama al pescador dicharachero.
Ama al pintor pintarrajeado.
¡Mujer, ama al obrero!





Canción del arado

La luna en el cielo
con su labrador,
la luna apagándose
porque viene el sol.
Abajo, en el llano,
casa para dos,
y un arado arando
a su alrededor.

¡Chacarero, canta,
canta tu canción!

Pintados de rojo
pintados de azul,
los arados aran
las tierras del sur.
Pasaron la noche
debajo el ombú;
sombrilla de arados
en campos del sur.
Aran en redondo
y al sesgo y en cruz,
haciendo más grande
la tierra común.

Chacarero ¡arriba!,
que viene la luz.

Caballito solo,
caballos en haz,
suma de caballos
el motor triunfal,
desgarran la tierra
con urgente afán;
tiran de la tierra
sin mirar atrás;
tiran de sus brazos
de aquí para allá,
la cabeza gacha
para tirar más.

La tierra desnuda
se ha puesto a temblar
con todo su cuerpo
tibio como el pan.
Fulgor de la rejas
¾espejo o puñal¾
ciégale los ojos
que quieren mirar.
¡Chacarero, tócala!
Se ha puesto a temblar.
¡Chacarero, siémbrala,
que florecerá!

Con un brazo en alto
saludando al sol
y el otro en el cuello
del hijo varón,
chacarero muestra
tu poema a Dios:
bandera de flores
el linar en flor,
bandera argentina
lino y algodón;
oro arrodillado
la mies en sazón;
camello de oro
la parva en sopor;
zumbido de oro
la trilla veloz;
oro que se quema
la encendida troj.
Oro por el aire
y a tu alrededor.
¡Chacarero, canta
con tu hijo varón!

Coro

Chacarero del campo argentino
¡a sembrar, a sembrar!
Por la patria grande, para todo el mundo,
sembremos el pan.





Máquina de coser

Siempre me ha gustado dormirme
oyendo llover.
¡Por eso tu rumor es mi recuerdo,
oh, máquina de coser!

Formaste con la bulla de la pava
y el picotazo de las tijeras,
el tríptico de nanas
de mis horas primeras.

Durante muchos años,
apenas recogido,
lloviste a chaparrones
tu lluvia en mis oídos.

Lluvia que a la mañana aparecía
florecida en vestidos.

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