Libro 12: Otros Poemas


"La bicicleta con alas"
- Pintura de Julio Vanzo -
Contraportada del disco
"Don José Esperanza"


INDICE
- Poeta

- Mi escuela de Gálvez

- Amor con lluvia y paloma

- Suelo santafecino

- Canoa

- Estero

- Cazador

- Mar y mar

- Santa Fe la vieja

- En la muerte de Leopoldo Lugones

- Horacio Gigli

- André Martinet

- Nguyen Van Troi

- Los hombres grandes

- Una historia vulgar

- La bicicleta con alas



Poeta


Yo fui niño una vez, pero hace mucho.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.


Debió pisarme alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo. No tenía nombre.
Era, me acuerdo, como liebre herida.


Enamorada de mi sangre sola
que se dormía al sol en cualquier trigo,
la mariposa entraba en mi corola.


Yo no sé lo que ella hizo conmigo;
pero ella iba detrás de mi amapola,
ella y la voz que me llamaba amigo.


1961





Mi escuela de Gálvez (*)


Mi escuela, aquella escuela, no tenía
ni nombre ni linaje, y ya no existe.
Si digo que la quise, mentiría.
Fue ella quien amó a su niño triste.


Para alegrarme abría su ventana
por donde entraba el campo con su aroma;
se ponía a reír en la campana
o se echaba a volar con la paloma.


Si digo que la quise no diría
que nunca le llevé ninguna cosa,
que siempre le quité lo que tenía.


Pudo llamarse escuela de la rosa,
porque daba su flor y sonreía,
abría su ventana y era hermosa.


(*) Dedicado por el autor a la Escuela Fiscal Nº 290 donde hizo sus primeras letras y leído por él mismo en el acto de clausura de la Asamblea Latinoamericana de Educación, el día 16 de setiembre de 1965, en Santa Fe. (N del E)





Amor con lluvia y paloma


1

Llueve, llueve, llueve. . .  ¡Qué te hice, lluvia;
                        qué te hice yo!
     ¡Por qué no sigues camino adelante,
                  para que salga el sol;
                 ese de los ojos claros,
                       que es mi amor.


2

Y sin embargo, cuando estamos juntos,
               juntos en la ventana,
bien que te digo: _¡Bienvenida, lluvia!_;
bien que te dice: _¡Bienvenida, hermana!_.


3

Pienso: la lluvia cae de los cielos;
  la lluvia es inocente, pura, clara.
  Obedezcamos a la lluvia, amor:
          la lluvia nos separa.


4

Jazmín de lluvia, le llamas
al que tiembla en tu parral.
Jazmín de estrellas, yo digo.
               Es igual.
Llueven flores como estrellas
          en tu delantal.


5

Las palomas de tu casa
se vinieron a la mía
el día que a mí viniste,
que ya es un lejano día.


Pero todavía hoy,
porque eres de lluvia y trigo,
adondequiera que vayas
las alas se van contigo.


Sabe, así, toda la gente
todo lo que a mí me pasa:
Tú estas conmigo si vuelan
palomas sobre mi casa.


1938





Suelo santafecino


Dilatado, tendido,
sin altos ni bajos,
éste es el suelo mío,
éste es mi campo.


Es como a mí me gusta,
verde, ancho;
el sol por todo él,
el agua a mano.


Lo conozco en su surco,
en su flor, en su árbol. . .
Como a la mujer amada,
no podría dejarlo.


Un río lo atraviesa.
Viene del norte, amargo.
Pasa por mí. Su línea
la llevo en cada mano.


Atravesando trigos,
la llevo en cada mano.
Tengo en la mano abierta
mi campo y su bañado.


Lo conozco en su surco,
en su flor, en su grano;
en su nido, en la tierra
y en el árbol.


En su naciente sol,
en su sol alto;
en su luna que duerme
con la liebre, en los pastos.


En su hombre que ara
seguido por el pájaro
que tiene alas de ángel
y es blanco.


En su mujer de pelo de tormenta
o de pelo dorado:
su noche húmeda o su día
soleado.


En su guitarra cada vez más sola,
en su rancho;
en el seno de niña, morenito,
de su mate cálido.


En el dolor de su paloma;
en el deshacimiento de su cardo;
en la puñalada fecunda
de su toro pesado.


Como a la mujer amada,
no podría dejarlo;
como a la mujer amada;
tierra con río y árbol.


Sobre él quiero morir;
sobre él, con ella al lado.
Hierba, mujer, arroyo
y sombra de caballo.





Canoa


Siempre vacía y sola.
Siempre añorando al indio.
Siempre bajo una manta
de cina con flequillo. (1)


En una mujer triste
pienso al verte, en un niño. . .


El caballito suelto
es tu igual y tu amigo,
y a veces te visita
en la orilla del río.


De arriba para abajo
cabecea contigo.
Las cosas que te dice
han de ser tristes, digo.


Te dirá que antes, todo,
todo era más lindo.


Sauce que se despeina;
ceibo que sangra, herido;
flor que se va de viaje,
son de otros ríos.


Canoa del Salado
no quieres ver el trigo;
para que no te pinte,
no quieres ver el trigo.


Arena amarga aleja
lo verde y lo encendido.
Lágrima amarga nubla
tus ojos para el gringo.


Potro cerril, tallado;
toro de alcor, fundido; (2)
ángel de luz, viajero,
son de otros ríos.


Canoa del Salado,
nunca has mirado el trigo,
nunca, porque tus ojos
no quieren el olvido.


Bajo la rama esperas
con tu dolor cautivo,
sin entregar a nadie
tu corazón dormido.


Extraño, en tierra ajena,
y al punto entristecido,
me siento si te llevo
a navegar los linos.


¿Por qué me pones triste,
canoa de mi río?
¿Qué niño te han quitado
y lo buscas conmigo?


  1. Cina: (Cina Cina, Espinillo) árbol de la familia de las leguminosas muy común en la zona pampeana de Argentina. (N del E)
  2. Alcor: Colina baja. (N del E)





Estero


Con el agua a la cintura
estoy solo en el estero.
Cómo pienso en ti y te quiero
con el agua a la cintura.


Será porque pienso en ti
que viene tanta ave en vuelo.
No puedo tirar al cielo.
Será porque pienso en ti.


Me gusta andar en el agua.
Por eso soy cazador.
Hay cierto canto de amor
que sólo existe en el agua.


El agua, como la tierra,
tiene su flor, y es distinta,
y su gallinita pinta
que hace olvidar a la tierra.


Con la inicial de tu nombre
viene alta la bandada
la enlazo con la mirada.
Pero se va con tu nombre.


Florecida en una pata
la garza blanca medita.
No me pidas la garcita
florecida en una pata.


Con un grito de alma en pena
el caraú se alza enlutado. (1)
En vuelo lento y cansado
cambia de lugar su pena.


¿Por qué le ofrece el flamenco
su dulce amistad rosada
a la vaca ensimismada?
¿Por qué me teme el flamenco?


Debieras usar enaguas,
para darme a toda hora
este rumor de totora. (2)
Debieras usar enaguas.


Lejana, la voz del hombre
me llega en una canción.
Desde aquí, con qué emoción
escucho la voz del hombre.


Es que al estero, mi amor,
de silencio tan profundo,
la voz llega de otro mundo
con un reclamo de amor.


Por eso, a veces, mi vida,
dejo la tierra en que moras
y me voy por unas horas
a quererte en otra vida.


  1. Caraú: Ave zancuda de pico afilado y 60 a 70 cm de porte. Vive en ríos, lagunas, esteros y ciénagas del Sur de América del Norte al  centro de América del Sur. Es solitario y se alimenta generalmente de caracoles de agua. (n del E)
  2. Totora: planta herbácea perenne acuática, de la familia de las ciperáceas, común en esteros y pantanos de América del Sur. (N del E)





Cazador


La nube desabrocha su corpiño
para mostrar la luna.
De azúcar y de leche
se pone la laguna.


Boca arriba en la hierba,
espero la alborada.
Yo soy el cazador inofensivo
que nunca caza nada.

Con ruido de abanico
ya vendrá la bandada por el cielo.
Pero es dulce mirar la noche, el día;
mirarlos desde el suelo.


Pronto la liebre se echará a dormir,
y, abierta la tranquera,
el sol avanzará con tropa de oro
sobre la pampa entera.





Mar y mar


El mar con árbol donde yo he nacido
es primero un gran mar de tierra arada;
después un mar de lino florecido
y después otro mar de mies dorada.


Tú, inmenso mar de seno estremecido,
siempre serás el agua despoblada,
que por dentro se nutre de lo hundido
y por fuera de luna derramada.


Tienes el pez; tienes la roca dura,
y bajo un ángel de liviano vuelo
la botella que flota a la ventura.


Pero tres veces mar, quiero mi suelo
que la mano del hombre transfigura
y suelta su paloma por el cielo.

1960





Santa Fe la Vieja


A Agustín Zapata Gollán (1)


Perdida y dormida
te sentía el pueblo.
Eras como un canto
ya cerca, ya lejos.


Cuatrocientos años
de río y de viento.
Cuatrocientos años
tenía tu sueño.


¡Por qué te encontramos
oh, bella del cuento,
la daga del árbol
clavada en el pecho!


Mejor era el mundo
del nido y el trébol;
mejor el Crispín, (2)
ya cerca, ya lejos.


Cortamos el sauce,
tumbamos el ceibo.
Corrimos al pájaro
guardián de tu sueño.


La tierra excavada
nos dio su secreto:
no estabas dormida;
no estabas durmiendo.


Los ojos vacíos,
desnudos los dedos,
cuán fría te hallamos,
cuán blanca de miedo.


El hombre volvía
del fondo del tiempo.
Allí estaba el hombre
con pala y con perro.


El río, tu esposo,
nos miraba, lento,
y el ángel del río,
bajado del cielo.


Cuatrocientos años
miraban atentos.
Todos nos miraban
cavar en silencio.


¡Por qué te encontramos,
oh, bella del cuento,
la daga del árbol
hundida en el pecho!


Ya no eres aquella
del día del éxodo:
la bella callada
de flor en el pelo.


Collar con imagen
no estaba en tu cuello.
No había en tus manos
anillo o salterio. (3)


Un mundo de muerte
guardaba tus huesos;
un mundo escondido
de iglesia y convento.


Mejor era el canto;
mejor era el sueño;
el río con ángel,
la cina y el ceibo. (4)

1953


  1. Agustín Zapata Gollán ( 23 de noviembre de 1895 - 11 de octubre de 1986 ) fue un historiador, periodista, xilógrafo, escritor, profesor, y arqueólogo argentino, nacido en la ciudad de Santa Fe (capital), fue el descubridor de Santa Fe la Vieja y director del Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales, iniciando las excavaciones que pusieron a la luz los vestigios de la fundación original de Santa Fe de la Vera Cruz. (N del E)
  2. Crispin (o crespin): es un ave solitaria que puebla los bosques y llanos del centro y norte de Argentina. Su particularidad es la de emitir un silbido parecido a un lamento durante su período anual de celo. (N del E)
  3. Salterio: compendio o colección salmos, composiciones líricas musicales sagradas recopiladas en un libro de mano que es llevado por los fieles a las misas. (N del E)
  4. Cina: (Cina Cina, Espinillo) árbol de la familia de las leguminosas muy común en la zona pampeana de Argentina. (N del E)






En la muerte de Lepoldo Lugones (*)


1

Nadie la oía, pero tu alma oía. . .
Casi no era una voz entre las voces,
que viniendo del lado de los dioses
dondequiera que fueses te seguía.


Rondó tu sueño. Presenció tus goces.
Se mezcló en tu dolor, tanto, que un día,
vuelto hacia ella y “para hacerla mía”,
te diste al viaje que no tiene adioses.


Después de ti, ¡cuánto fallido vuelo;
cuánta mirada que no encuentra el cielo,
y cuánta flor segada y por el suelo!


Ninguna voz pudo decirte: _¡Espera!_,
pues que la eterna voz por ser quien era,
selló tu boca para darse entera.


2

Fue el día dieciocho de febrero,
cerrada afuera tu querida luna
que por primera vez te era importuna.
Fue el día dieciocho de febrero.


Noches atrás, abandonada, una,
una mujer de manto color tierra
lloraba en un camino de tu sierra
como nunca lloró mujer alguna.


¿Era el presagio? ¿Era el dolor? ¡Dios sabe!
Nadie llevóle una palabra suave.
Nadie dióle su pan, su luz, su llave. . .


La dejaron caída en el sendero.
Era tu alma, que murió primero.
Fue el día dieciocho de febrero.


3

Arroyo que le buscas desvelado,
¡por qué buscas un bien que no has perdido!
Sauce, no digas: _Por aquí se ha ido. . ._,
imagen del dolor enamorado.


Clavel contra la tierra alicaído,
levántate a esperar, que no ha pasado.
Hombre, no digas: _Ya no está a mi lado_.
No respondas, mujer: _Tú lo has querido_.


Arroyo, que lo tienes por arena
y en el ave; sauce, en tu propia pena;
flor, en tu gracia: prímula o verbena.


Hombre, en tu voz; mujer, en tu mirada;
niño, en toda tu cara iluminada,
¡oh, dulce niño que no dices nada!

1938

(*) Leopoldo Lugones: (n. Villa de María, Córdoba, Argentina, 13 de junio de 1874 - † San Fernando, Buenos Aires, Argentina, 18 de febrero de 1938) fue un poeta, ensayista, periodista y político argentino. (N del E)





Horacio Gigli (*)


Yo no te conocí en la cara, Horacio Gigli,
ni en tu voz, ni en tu ternura.
Te conocí en el payasín de trapo
de Pepito en la Luna.
Y dije como los demás, llorando:
“Era una dulce criatura”.


Adriana, la titiritera,
traspasada de cuna,
va y viene por la sala vacía
con tu envoltura:
con el cuerpo sin vida
de Pepito en la Luna.
lágrimas que no caen de sus ojos
en sus ojos se azulan.
Teatrillo de lágrimas
se llena de figuras.
Eres tú, Horacio Gigli,
multiplicado, que gesticulas;
que abres los brazos,
que saludas. . .


Yo no te conocí en la cara, Horacio Gigli,
ni en tu voz, ni en tu dulzura.
Te conocí en el alma
de Pepito en la Luna,
aquel blanco payaso
de tu hechura.
Y es en la luna donde estás ahora,
mejor que entre nosotros, sin duda;
allá, en el alto cielo,
mejor que en la tierra oscura.
No es cierto, no; no es cierto
que sea fría la luna;
que no tenga avecillas,
ni ríos, ni verdura. . .
Lo que no tiene es vida
que siembre amargura;
vida de bestia u hombre
que destruyan.
Todos los niños muertos en la tierra
se hacen luz en la luna;
todos los niños
vuelan a su blancura:
el que muere en los brazos de la madre
y deja sola la cuna;
el que muere de muerte
que cae de la altura;
el que muere de hambre
sin razón alguna;
el que muere solito
bajo la lluvia;
el que muere y se llama
Pepito en la Luna.


(*) Horacio Gigli: Pequeño titiritero del teatrillo de Adriana Ruiz (**), hace muchos años. (N del A)
(**) Adriana Ruiz de Gudiño Kramer: Poeta, escritora y titiritera Argentina, esposa de Luis Gudiño Kramer, poeta y escritor santafecino, amigo personal de José Pedroni. (N del E)





André Martinet


Champagnole, Francia, 4/8/64 (United Press) – Las cuadrillas de auxilio extrajeron hoy uno a uno a los nueve exhaustos mineros franceses de la tumba subterránea en que estuvieron encerrados más de 8 días, al desplomarse el techo de la galería en que trabajaban. Martinet, “el hombre de hierro” del grupo fue el último en salir de la cápsula. “Al fin ganamos” exclamó, al avisar por teléfono que el taladro había llegado al lugar en que ellos estaban.


Este es el hombre.
Es del pecho de su blusa azul
que arrancó estos botones
_no de sus hombreras_
y que los guardó como soles.
Dichosa la mujer
que le cosió los pantalones.


André Martinet, el minero.
Hizo la luz en el fondo de la tierra
para sus compañeros;
mató a la muerte
que hablaba por teléfono,
que decía:
“Estoy a ochenta metros.
¿Me oyen?
Ellos ya tienen sueño.
Pierre Conus, casi un niño,
llora en el suelo.


Martinet,
martillo y hierro.
Hizo el día en el fondo de la tierra
para sus compañeros.
El verdadero día.
El no tenía miedo.
Lo sacó de sí mismo.
Se lo arrancó de adentro.
Era un carbón azul,
un corazón ardiendo.
Le dijo “tómalo”,
a Pablo, a Juan, a Pedro. . .
Los nueve hombres se pasaban
de mano en mano el fuego.
Se calentaban.
Se contaban cuentos.
Arriba estaba el mundo.
La noche estaba arriba, a ochenta metros.


La noche estaba arriba, sí, señores.
El día estaba en el infierno,
allá abajo, en la tumba
de los nueve mineros,
donde André Martinet
hablaba por teléfono.


Cerraron los ojos al sol
cuando fueron saliendo.
No oían las aclamaciones.
Se pusieron unos lentes negros.
Estaban extenuados.
Pero eran otros hombres.
Reconocieron a la muerte
entre los señores.
Y se rieron de ella,
de su antifaz de hacer la corte.
Traían una nueva luz
en sus corazones,
la de André Martinet,
el capataz de Champagnole.


Todas las flores del mundo
se gastan en cañones.
Los árboles atónitos
crecen con pena para el hombre.
Mirad las vigas carcomidas
en las cuevas del cobre.


Esa es la muerte enmascarada
que sube y baja con los ascensores.
Las estrellas se encienden para nadie.
El lobo aúlla, insomne.
Los pájaros se van
a los oscuros montes.


¡Pero tú, Martinet,
martillo y hierro;
tú y la mujer de tu costilla,
entre nosotros, nuevo!
Has llegado del fondo de la tierra
otra vez con el fuego.


¡Martinet,
ángel de los infiernos,
rebelde de la tumbas,
capataz de mineros!
Mírame. Estoy siguiéndote.
Junto tus chispas en el suelo.
Y no tengo vergüenza.
Yo soy el pueblo.


Algún día la gente
saldrá a la calle sin su nombre.
Ningún árbol ha dicho todavía:
“yo soy el roble”.
También saldrá el poeta.
Tal vez no caigan flores.
De carne y hueso
serán sus canciones.
Saldrá de blusa azul
y se pondrá de parte de los hombres,
del inocente trigo,
de la paloma de la torre.
E iremos todos a buscar el canto
al corazón del bosque.

1964





Nguyen Van Troi

(Fusilado en Vietnam)


Tres momentos de la ejecución de Nguyen Van Troi, el joven terrorista “viet” . . .  Durante varios días se creyó que la sentencia sería conmutada. . .

“7 Días”. Nº 9. Coproducción “La Razón”, 2/2/1965.


No eres un ángel indudablemente,
pero pareces un ángel.
Eres
el que iba a hacer volar el puente.


Te llevan de las alas,
y vas de blanco a la muerte.
¿A quién sonríes,
joven sonriente?
Tu madre no está a la vista.
¿Es tu madre la muerte?


(“Volverá”
dice la serpiente.
Dice:
“Sabe que vuelve”).


Al paso del señor del portafolios
volarías el puente.
“Tiene los ojos circulares
_te dijeron_, de fiebre”.
Tú los tienes de almendra;
ojos que mueren.


(“Volverán”
dice la serpiente.
Dice:
“Son de hierba que vuelve”).


Diez soldados te llevan.
Son inocentes.
No saben lo que hacen.
Se te parecen.


(“No saben lo que hacen”
dice la serpiente).


Ahora cuelgas de un palo,
agujereada la frente.
Tu sonrisa se ha ido
a las palmeras que se mueven.
También salió tu sangre
y está en tu pecho: continente.
Petróleo de tu sangre,
río lento, desciende.
Inunda
el Asia de tu vientre.
Cae a tierra.
Se pierde.


(“Volverá”
dice la serpiente.
Dice:
“Debe morir tres veces”.
Vuelve a decir:
“Ya está muriendo en Occidente”).


Para que yo no duerma
fotografiaron tu muerte.
Para poder dormir
es que huelo a aguardiente.
Estás en todas partes.
No quiero verte.
Bórrate de mis ojos,
niño celeste.
Paloma, palomita,
muérete para siempre.


(“Volverá”
dice la serpiente).


¡Qué pasa entre los hombres,
Oh, Dios ausente!
el ángel terrorista. La bomba.
El puente.
Nguyen Van Troi, no vuelvas.
Muérete para siempre.
Con tu disfraz de paloma,
muérete para siempre.
Déjame ver el cielo,
andar la tierra verde. . .
¡Ay, pero que algún día
junto a un río te encuentre!


(“Volverá”
dice la serpiente.
Me dice: Espéralo.
Estará bajo un puente,
la camisa sin sangre,
el canto entre los dientes”).

1965





Los hombres grandes


1

Los hombres grandes
están fabricando bombas.
Fabrican, fabrican. . .
¿Para qué tantas, señora?
Todo será barrido de la tierra.
Adiós la paloma.


“La casa no tiene ventanas”
dice la luna redonda.
“No se puede entrar”
Dice el aire de la costa.
Muerta de miedo
mira la mariposa.
Tiene los ojos cerrados,
para no ver, la amapola.
Aquel es el niño de la humanidad.
Está solito y llora.
¡Ay, si vuela la casa!
Adiós la paloma.


Los hombres grandes
están fabricando bombas.
Tiene como mil,
una sobre otra.
Morirá mi niño, tu niño, los niños de ellos;
pero eso no importa.
Desaparezca todo;
queden las aguas solas,
y otra vez el gran viento,
la escoba.


Los hombres grandes
están fabricando bombas.
Se las dan a los jóvenes;
les dicen cosas;
les dicen al oído libertad,
tiranía, gloria. . .
y los muchachos se van a la muerte
porque sus madres lloran;
porque es cierto que sus madres no duermen,
que están como locas.
Se van con la luna
escondida en su ropas.
Es una luna de amor y de odio
la bomba.


Para quemar ciudades
los hombres grandes tienen otra.
Es la reina
de todas las bombas.
Cuesta un año de pan.
Se llama Lucrecia Borgia. (1)
 Ella viaja en avión
y es altanera, caprichosa.
Se deja caer al mar
cuando los aviones chocan. (2)
Ahora está a doscientas brazas (3)
en aguas españolas.
Está jugando a la escondida
en un fondo de rocas.
Hace de gallo ciego
la sexta flota, (4)
mientras el ángel condenado
vuela sobre las ondas.
Moriremos todos.
¿Comprendes ahora?
No volverán las grullas.
Adiós la gaviota.


2

Como la tierra,
la naranja es redonda.
Dios la pone en la mano del hombre
todos los días, con su fórmula.
Le dice: “Mírala.
Así es la tierra. Tómala”.
Y el hombre no sabe mirarla.
Está fabricando bombas.
Quiere matar al niño de la humanidad
que está solito y llora.


Tú, que eres militar,
¿por qué no te quitas las botas
y entras descalzo a mi casa
a tomar mi sopa?
Yo también estoy descalzo.
La tierra es mi alfombra.
Entra, coronel;
bebe de mi copa.
Te presentaré a mi mujer.
Ella te enseñará su retrato de novia,
y el de nuestros hijos,
y el piano y la cómoda.


Y tú, caballero de la Sociedad Rural,
o tú, hombre de la Bolsa,
siéntate.
Con Isaías quiero enrostrarte una cosa: (5)
¿Por ventura habitarás tú solo en medio de la tierra?
¿Para ti todas las rosas?


Y tú, colega de la Sociedad de Letras,
cubierto de gloria,
pero desdichado
por tu calle sola,
¿Por qué no rompes tus cadenas
y echas al viento tu canción heroica?
¡Ay de ti pecador!
Adiós la paloma.


Los hombres grandes
están fabricando bombas.
Fabrican, fabrican. . .
¿Para qué tantas, señora?
Todo será quemado una mañana.
No tienda su ropa.

1966


  1. Lucrecia Borgia: hija de Rodrigo Borgia, el poderoso renacentista valenciano que más tarde se convertiría en el Papa Alejandro VI. Su nombre fue utilizado como una de las claves para denominar al artefacto nuclear conocido como bomba H. (N del E)
  2. El poeta se refiere al “incidente de Palomares”: accidente ocurrido en las costas de la localidad almeriense de Palomares (España) el 17 de enero de 1966 en el que la Fuerza Aérea de los Estados Unidos perdió, al chocar en vuelo, un avión cisterna y un bombardero estratégico con las armas nucleares que transportaba. (N del E)
  3. Braza: medida  náutica para profundidades y que corresponde a 1,83 metros. (N del E)
  4. Sexta Flota de la Armada de los Estados Unidos: Unidad Operacional de las Fuerzas Navales Americanas en Europa. (N del E)
  5. Isaías: fue uno de los profetas de Israel del Siglo VIII a. C. Se le considera uno de los profetas mayores y autor del libro que lleva su nombre en el Antiguo Testamento de La Biblia. (N del E)





Una historia vulgar


A Rosa Wernicke, que le gustaba este poema, y no se por qué.(1)


El perro no era mío.
Yo lo encontré una siesta
por orilla del río.
Le hice un poco de fiesta:
le halagué las ijadas
y el dorso polvoriento,
y él, contento,
me puso en las rodillas
sus dos patas mojadas.
De regreso, a hurtadillas,
me siguió por el puente.
Siete veces contadas
lo arrojé duramente.
El entonces huía
tanto como el alcance
de una pedrada mía.
Allí se detenía
sin comprender.
No sabía
si seguir o volver;
pero después, en cuidadoso avance,
con la gente volvía.


Cuando llegué a mi casa
(¡qué linda mi vecina!),
Leb doblaba la esquina
con su mirada escasa.


Me vio sacar la llave, abrir la puerta
y dejarla entreabierta
al sol puro del día.
Con su paso de zorro desconfiado,
él no tardó en llegar,
y cuando yo lo hacía
desandando lo andado,
asomó en la abertura, cautelosa,
su cabeza angular.
Le arrojé lo primero
que mi mano alcanzó
(¡ay, mi florero
con su rosa!),
y él huyó.
Pero la misma noche
su ladrido
me despertó.
Después,  entredormido,
le oí ladrar a un coche,
gruñir a un tiro lejano como de pistola
de arzón, (2)
y golpear en mi puerta con la cola,
que era su corazón.


Al romper la mañana
la campana
tocó el Avemaría.
Despacito
me acerqué a la ventana.
Mi vecina barría.
(¡Qué linda con su rulito!).
En el disco del puente todavía
brillaba el farolito
que colgó el guardavía.
Ululando, un mochuelo
se levantó del suelo.
A los ojos del día,
desnudas en el cielo
cuatro estrellas
temblaban sorprendidas
como cuatro doncellas;
y en la calle, las orejas erguidas,
el hocico altanero,
la vista brava y quieta
y la cola arrollada sobre el lomo
en forma de corneta,
Leb estaba de guardia más entero
que un soldado de plomo.


Mi corazón vacío,
ni bueno, ni cruel,
ante aquel animal
tan sólo y fiel
que me estaba esperando,
se conmovió en su hastío.
Silbando,
lo traje hasta mi umbral,
y me quedé con él,
como si siempre hubiera sido mío.


Leb era inteligente
y de buen corazón.
En la boca, hasta el puente,
me llevaba el zurrón; (3)
desde el puente volvía
con mi atado de ropa.
Sabía
levantar una copa,
caminar en dos patas, dar la mano
lo mismo que un hermano,
atrapar en el aire, boquiabierto,
un mendrugo de pan, hacerse el muerto,
bostezar como un hombre ante mi charla,
alcanzarme el bastón
y saltar una mesa
Cierta vez, de sorpresa,
en la humilde estación
él me vino a esperar.
(Yo llegaba de un viaje
que me tuvo dos noches
de lugar en lugar).


Cuando vio mi equipaje,
locamente
me buscó por los coches,
correteó por la vía,
y se puso a ladrar
de alegría
entre toda la gente.
Parecía
que estaba por hablar.
Suave de condición,
obediente, callado,
Leb se había ganado
mi corazón.
Lo quería
como puede querer
a un niño una mujer.
Dibujaba, sin mirar,
su agudo perfil.
Conocía,
a tiro de fusil,
su cola militar,
y su ladrido,
como la voz de un ser querido,
entre diez mil.
Mi alegría
era verlo correr,
suelto el latido,
tras la pieza que huía,


y sin miedo nadar
por la misma corriente;
mi placer,
contemplarle el lunar
que estrellaba su frente;
mi dolor,
la risa de la gente
por su feo color,
su oreja recortada,
su colmillo saliente
y su nariz de payasín, alzada.


Nunca le até cordel
ni le puse bozal:
¡Lo sabía tan fiel,
tan dócil, tan formal!
Y así, mientras fue mío,
no mordió a gente alguna,
ni en el río,
ni en la calle desierta,
ni ladrando a la luna
o al farol,
ni guardando mi puerta,
ya en la sombrea,
ya en la alfombra
hecha de hierba y sol.


Pero un día,
sin un ladrido hostil
a lo que más quería,
se fue tras el halago
 de un silbido sutil,
el silbido
de un vago.
Mucho después, herido,
regresó a mi dulzura,
y en mi puerta, a deshora,
llamó con la amargura
de una mujer que llora.


Como era sólo un perro,
no supo contar su drama.
Quería,
pero no podía.
Digo que fue un guerrero.
murió debajo de mi cama.

1926


  1. Rosa Wernicke: (1907 – 1975) Novelista Argentina esposa del pintor rosarino Julio Vanzo (1901 – 1984). Ambos fueron buenos amigos de José Pedroni. (N del E)
  2. Arzón: parte arqueada que une los brazos de la silla de montar donde usualmente se guardaba la pistola de chispa. (N del E)
  3. Zurrón: Bolsa grande de cuero para portar víveres, ropas o enseres, utilizada generalmente por pastores y cultivadores. (N del E)





La bicicleta con alas


La bicicleta un día va a volar.
La bicicleta de todos.
Ya lo verán.
Le están saliendo las alas.
Son de verdad.


El niño quiere que vuele,
y volará.
El niño irá por el aire
a comprar el pan;
dará una vuelta al campanario
de paloma y cal.
El niño y la paloma
sobre la ciudad.
El niño acompañando al ganso blanco.
Eso se verá.


Le están saliendo las alas.
Ven a mirar.
Mira como el lirio de los campos.
No pienses mal.


Las alas tienen miedo de algo.
Salen y vuelven a entrar.
Miedo de nosotros,
quizás.


Junto al caballo es que desciende el ánsar (1)
crepuscular.
Cuando me ve,
se va.
¿Quién soy?
¿Por qué se va?


Tan pronto lo hombres
ganen la paz,
la bicicleta de todos
volará.
La que duerme en las puertas de los cines
volará.
La del cartero
volará.
La de la reina Guillermina, (2)
volará.
La mía _y tuya_
volará.
Por arriba del humo y de los cables
me verás.


La bicicleta tendrá un solo nombre:
Libertad.


El ángel de las aguas
ya no se irá.


Calle ancha del cielo
para mirar.
Flores que nunca vimos,
aquí, allá.
Habrá tiempo para mirar.
Cuánto tiempo perdido,
¡ay!


Tan pronto los hombres
dejen de guerrear,
la bicicleta del mundo
volará.


Todos los pueblos tendrán un velódromo
donde los niños correrán.
De allí alzarán el vuelo.
Darán una vuelta sobre el mar.
Si no lo hubiera
sobre el trigal;
si no lo hubiera,
irán donde lo haya y volverán.
Ir y volver
será como cantar.
Porque la bicicleta
tendrá alas de verdad.
La del cartero, la de la reina Guillermina.
Nadie se caerá.


Todo es cuestión que los hombres
ganen la paz.

1967 (Ultimo Poema)


  1. Ánsar: (ganso gris). Ave palmípeda migratoria natural de Europa y norte de áfrica. De buen tamaño, su envergadura de punta a punta de las alas llega a 1,5 metros y su peso a 4 kg. (N del E)
  2. Reina Guillermina: (Guillermina Elena Paulina María de Orange-Nassau, 31 de agosto de 1880 – 28 de noviembre de 1962) fue la reina gobernante de los Países Bajos desde 1898 hasta 1948 y Reina Madre con el título de Princesa de los Países Bajos de 1948 a 1962. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Reina Guillermina viajó por todo el país para motivar a sus súbditos, en ocasiones utilizando bicicleta en lugar de coche habida cuenta la escasez de combustible en la Holanda de postguerra. Esta anécdota recorrió el mundo y Pedroni la recogió para este poema. (N del E) 


1 comentario:

  1. Maravilloso poeta santafesino! Lástima que no se lo valore como debería.

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