Libro 2: Gracia plena - 1925

INDICE

- Prólogo
- Credo

VERSOS A LA AMIGA
- El grano de maíz
- Confidencia
- La monedita
- La flor
- El grillo
- Deshojamiento
- Cuando me ves así
- Conversación
- La mariposa
- Agua y viento
- Corazones
- Mujer

- Maternidad

LUNARIO SANTO
- Primera luna
- Segunda luna
- Tercera luna
- Cuarta luna
- Quinta luna
- Sexta luna
- Séptima Luna
- Octava luna
- Novena luna

VIGILIA
- Palabras al hijo por nacer
- Su nombre
- La cuna

FIGURAS
- El viejo Cruz
- La lechuza
- El viejo Aragón
- Don Carlos
- Mijai, el guardahilos
- La vieja del voto
- El viejo Pozzo
- Antonio el pescador
- El viejo Báumert
- Mi madre

ORACIONES PANTEISTAS
- Madre Luz
- Hermano humo
- Parábolas del agua
- Hermano viento




Prólogo

Al tiempo que en la vida, sin gorro y sin calzado,
fuí detrás de la gente como niño escapado,
se debe que este libro —pájaro aliquebrado—
tenga un amor profundo por el camino andado.

El otro libro mío fue una niña confiada
que salía a la calle con la cara mojada.
Este, es la misma niña volviendo a su morada;
pero toda abstraída, pero toda empolvada.

He aquí, pues, amigos, que mi palabra acuosa
de demudó en mi boca; pero tan poca cosa,
que es como el agua nueva, que nos llega terrosa
y que se va aclarando si en el brocal reposa.

Lector: Como el silbido rural de la perdiz,
yo digo que este libro ni es triste ni es feliz;
te dejará en los labios un gusto de raíz,
gusto de dulcamara, gusto de regaliz.




Credo

Creo en la luz, que es pura, y en la tierra,
y en el agua, que es casta, y en el sol,
y en la sombra cordial que se derrama
con la dulzura de tu corazón.





Versos a la amiga


Sea bendito tu manantial
y alégrate con la mujer
de tu mocedad

Proverbios 3-18



El grano de maíz

Un grano de maíz, morado y prieto,
pusiste amiga, en la ceniza cálida;
y haciéndote reír, de pronto el grano
se hizo una linda florecilla blanca.


Así también en tu regazo tibio
pusiste un día a descansar mi alma;
y el grano de maíz, que era mi pena,
se abrió como una flor sobre tu falda.





Confidencia

En fragante mudanza el limonero
         destaca tu rubor.
Tú no sabes, amiga, pero hueles
         a limonero en flor.
En un tronco caído una avecilla
         le hizo casa al amor.
Tú no sabes, amiga, pero anidas
         lo mismo en mi dolor.
Del arroyo una fría pedrezuela
         me trajo el pescador.
Guardé la piedra en mi cerrada mano,
         y sentí tu frescor.
La harina del molino empolvó el puente
         y el cercano verdor.
Amiga, así también me empolva el alma
         la harina de tu amor.
En el monte encontramos uva crespa
         y una flor y otra flor;
cada flor con tu aroma y cada uva
         con tu mismo sabor.
Con su fresco algodón venda la piedra
         el musgo trepador.
También es como el musgo tu ternura
         en mi piedra interior.
Por el camino baja suavemente
         un lugareño son.
Así también, amiga, tu palabra
         baja a mi corazón.





La Monedita
La monedita del extraño sello
       que cavando encontré,
se me cayó de noche en el sendero:
       busquéla, y no la hallé.

Oh, no llores, amor, porque siguiendo
       la huella de mis pies,
he de encontrarla como a ti te encuentro
       dondequiera que estés.

Apenas salga el sol, la monedita
       de lejos se verá,
porque sobre la arena, amiga mía,
       como tú brillará.





La flor

Al higo de la higuera un picotero
         le comió el corazón;
y ahora sin querer, el higo negro
         se parece a una flor.

En la higuera me haré, después de muerto,
         un higo blanco, amor,
y tú serás curruca o benteveo,
         o calandria o pinzón.

Y ha de llegar el día que en el huerto
          me verás bajo el sol,
y picarás y picarás mi pecho,
          hasta hacerme una flor.





El grillo

Un grillo manso que te quiere, amiga,
y que en quererte vanamente insiste,
cada vez que el silencio se rehace
te silabea su reclamo triste.

Abre los ojos. No te duermas. Ponte
bien cerca, amiga, de mi pecho añoso;
y así, callados, escuchemos juntos
la campanita del cri-cri amoroso.

Entre las gentes del camino, siempre
un hombre humilde me propongo ser,
como el grillito que te quiere tanto
y que te canta sin dejarse ver.





Deshojamiento

La nieve casta su perdón desmiga
sobre la obscura ancianidad del suelo.
Cuando la tierra ya no puede, amiga.
Calladamente se deshoja el cielo.

Así el espino, y el parral, y el banco
visten la gracia de este nuevo adorno.
El haz de leña es un osito blanco
y es una choza de esquimal el horno.

Fija en la mía tu mirada pura,
pues dan mis ojos a un paisaje interno,
y mira como nieva tu ternura
sobre mi triste corazón de invierno.





Cuando me ves así

Cuando me ves así, con estos ojos
que no quieren mirarte,
es que al oirte hablar pienso en la lluvia
sin dejar de escucharte.

Porque tu voz, amiga, como el agua
rumorea el amor,
y pensando en la lluvia me parece
que te escucho mejor.

Cuando mes mes así, con estos ojos
que te miran sin verte,
es que a través de ti miro mi sueño,
si dejar de quererte.

Porque en tu suave transparencia tengo
un milagroso tul,
con el cual, para dicha de mis ojos,
todo lo veo azul.




Conversación

Sola, en el cielo del ocaso, brilla
la estrella del pastor.
Sentémonos, amiga, en la gramilla,
y hablaremos mejor.

Así, en la hierba, siento la alegría
primitiva de Booz.
Yo noto que en el campo, amiga mía,
tengo una nueva voz.

En la hierba también tu amor opreso
se abre de par en par,
y tu beso maduro se hace un beso
de uva por madurar.

Mi corazón, amiga, tan callado
y tan crepuscular,
es aquí pechirrojo que a tu lado
no hace más que cantar.

Oh, ser un pájaro desconocido
 y en la tierra anidar,
para hacerte venir con el silbido,
y a tu paso, volar.

Hasta que al fin descubras en el suelo
mi nido natural,
y atado en el alambre tu pañuelo
me dejes de señal.

En el campo, comiendo pan moreno,
sin pensar, sin leer,
yo creo en todo como un niño bueno. . .
¡y es tan dulce creer!

En el campo, con una compañera
como tú en el hogar,
siempre lo bueno el corazón espera. . .
¡y es tan dulce esperar!

Ah, si ésta fuera mi heredad; aquello
un añoso olivar;
yo el mismo Booz del Libro; tú, en mi cuello,
¡la que vino a espigar!





La mariposa

Llevo una mariposa, llevo una mariposa
posada en mi camisa de jerguita lanosa.

La vi con regocijo cuando salí al camino,
después de haber cruzado todo el linar vecino.

En cada alita abierta, que un pétalo figura,
tiene una mancha roja como de sangre pura.

Huevos así manchados, en la cálida hora,
pone en su primer nido la paloma que llora.

Tal vez un rapazuelo, de esos que buscan nidos,
le apretó las alitas con los dedos heridos.

Y la soltó en el monte, de donde, presurosa,
con la señal de sangre volvió la mariposa.

Me aparté del sendero para pisar sin ruido,
y voy andando quedo sobre el trébol mullido.

Nadie silbarme quiera, nadie me salga al paso,
nadie mi nombre grite, pues a nadie haré caso.

Dejen de hablar las mozas y de cantar las madres;
tú, leñador, no leñes, y tú, lebrel, no ladres.

Que a la mujer amada ¾regalo de mi vida¾
así quiero llevarle la mariposa herida.





Agua y viento

Llegó un viento fuerte que cerró las puertas
al anochecer.
Las calles del pueblo quedaron desiertas.
Tronó largamente. Y empezó a llover.
Me acosté vestido, la llamé a mi lado,
y a mi lado pronto la oí respirar.
La lluvia ¾le dije¾ llora en el tejado.
Y ella dijo: Llora porque quiere entrar.
El viento del norte la casa rondaba
con la nota varia de su cascabel.
Y todo mojado la puerta arañaba
como un perro fiel.
El viento ¾le dije¾ sacude el aromo
y te pide a silbos hospitalidad.
¾Es como un palomo
llamando en la jaula de la soledad.
Pobre del grillito que murió en la cueva
sin poder salir;
pobre de la débil arañita nueva
que tuvo que huir.
Si tú fueras lluvia ¾dije apenas¾ nunca,
por amor al grillo, quisieras caer;
y si fueras viento, ni una rama trunca
ni una tela rota se habrían de ver.
Como estaban puestos todos los cerrojos,
ella había dicho: Sueño, no entrarás.
Pero entró lo mismo; nos vendó los ojos,
y no hablamos más.





Corazones

Dormías como un niño
que nunca estuvo triste.
Puse mi mano sobre tu corpiño,
en el lugar del corazón. Tuviste
un sobresalto extraño.
Y me acordé que un día me dijiste
con tu voz de consuelo,
en un piadoso engaño:
¾Tu mano es como un ala
que va a tomar el vuelo. . .
Durmiendo, sin embargo, la sentías
como una cosa mala.
Oh, mujer;
oh, mujer que temblaste sin querer
por lo que más querías.

Tu corazón estaba allí, despierto.
¾El corazón no duerme: llama, llama,
hasta que cae muerto¾.
Y yo dije a tu lado:
¾Algo de corazón tiene en la vida
el perro que nos ama
y que lamiéndose la pata herida,
en el umbral echado,
clava en la sombra su mirada alerta
y escucha el paso de la noche sola,
mientras sin descansar en nuestra puerta
golpea con la cola.

Tu corazón estaba allí, despierto.
Me conoció. Y entonces su latido
de palomo apresado,
bajo mi mano, que era un beso abierto,
por vez primera se quedó dormido.
Y yo dije a tu lado:
¾Perro fiel he tenido
que mi puerta ha guardado
y que, al querer entrar, me ha detenido
con la mirada brava
y me ha ladrado hasta apuntar el día,
sin saber que ladraba
a lo que más quería.
Perro fiel he tenido
que me ha mordido,
y que después
se ha arrastrado a mis pies
sin un ladrido.

Quise hacer la alabanza
de tu dulce corazón de esperanza.
Y estuve siete años
con cien libros extraños,
buscado la palabra
que todo lo diría.
Para hallarla me até la abracadabra
en mi cuello de vieja hechicería,
y supe ¡oh corazón! que la palabra
nadie la conocía.

Tu corazón no es nido,
ni cáliz consagrado,
ni tesoro escondido
y encontrado
después que el mundo lo lloró perdido,
ni jaula en que aletea
mi amor ¾pájaro ciego¾,
ni vaso de holocausto que gotea
al resplandor del fuego,
ni búcaro sonoro
en el cual, para dicha de mi oído,
se cuentan solas las monedas de oro
de la paz. . .
Tú corazón es más:
es lo que nunca ha sido.
Mi corazón en cambio, simboliza
todo lo triste y pobre
de los que no llegaron a ser buenos.
Mi corazón, amiga, es algo menos
que un caldero de cobre
caído en la ceniza.

Tu corazón es una voz que llama.
El mío es una mano que golpea.

Tu corazón se inflama.
Mi corazón humea.





Mujer

Mujer, nunca me olvido
que me amaste caído.
Feliz durante el vuelo,
siempre estaba en el cielo.
Cantando mi fortuna
en redor de la luna.
O dejando, contento,
que me llevara el viento.
Pero me hirió el destino
y caí en el camino.
Y con el ala rota
dejé de ser gaviota.
Me transformé en plomizo
pájaro agachadizo.
Y comí granos secos,
y me escondí en los huecos.
A mi lado la gente
pasaba alegremente.
Y nunca me encontraron
los que más me buscaron.
Y aquellos que me vieron
no me reconocieron.
Mas, para dicha mía,
te vi pasar un día.
Tan cerca, que tu ruedo
casi toca mi miedo.
Y porque estaba escrito,
te seguí despacito.
Rayando la subida
con el ala caída.
De modo que borraba
lo que tu pié dejaba.
Y el que pasó primero
sólo encontró un sendero.
Y la primer estrella
nada más que una huella.
Por fin vimos tu puerta,
que estaba toda abierta.
Y cuando en ella, amiga,
se sentó tu fatiga.
Me encaramé a tu pecho,
que es un nidito hecho.
Y el tordo alicaído
silbó sobre tu nido.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mujer, suave mujer,
luz en mi anochecer.
Esta sencilla calma
me viene de tu alma.
Que nadie me atribuya
esta paz, toda tuya.
Ni esta dulce costumbre
de hablar con mansedumbre.
Ni este canto tardío,
que nunca ha sido mío.
Sepa toda la gente
que es tuyo solamente.
Mujer, suave mujer,
mi mañana y mi ayer.





Maternidad

Acordándose también el Señor de Raquel,
oyóla e  hízola  fecunda,  la  cual  concibió
y dio a luz un  hijo, diciendo:  Quitó  Dios
mi oprobio.

(Génesis 30 - 22 y 23)

Maternidad

He aquí que tu dulce palabra ha sido oída
cuando estaba, en la angustia, por no ser repetida.
En tu estupor, dichosa, te tocas sin querer,
y yo, venido a menos, no lo puedo creer.
¡Ah, tú!, bien que en su noche mi fe te entreveía
como la luz del día;
por algo, desde lejos, el viento del destino
me trajo a tu camino.
Yo dije: ¾Tengo el alma como una piedra dura,
y la piedra, arrojada, cayó en el agua pura.
Lo mismo hubiera sido
que cayera en el polvo del olvido. . .¾
¡Oh, no!, por algo grande tu corazón profundo
con toda mi tristeza me sentía en el mundo;
por algo que era santo mi vida fue esperada,
y la tuya, tan suave, para siempre entregada.

Desde que sé, oh amiga, que llevas el misterio,
tu nombre es la caricia de mi semblante serio;
del corazón me vienen palabras de alabanza,
y las manos me tiemblan ligeras de esperanza¾
mis manos, como niños que ríen olvidados
después de haber llorado.
Pienso vivir en calma; y he aquí que otro gusto
le siento al pan del día, que no en vano se besa,
y al agua del aljibe, y al vino de tu mesa.
Tengo los ojos nuevos, y el corazón. Admiro
las cosas más humildes, y te miro y te miro
sin hablar.
¡Oh, todo por el hijo que tengo que esperar!
Esperar. . . Es tan dulce la espera acompañada
para quién, siempre solo, nunca ha esperado nada.

Todo en la casa es suave; todo en la casa es santo.
Tu canto, lento y fácil, es un sagrado canto.
¾Hay un olor de espiga en mis libros leídos
y olor de santidad en tus vestidos.¾
Tu andar, por lo que llevas, se ha vuelto silencioso.
Tus ojos se entrecierran en límpido reposo.
Y en todo sitio dejas tu bienquerer ufano,
que se te pierde solo, como arena en la mano.

Oh, sepan los que sufren de lo que yo he sufrido,
cómo mi vida es mansa con lo que se ha cumplido;
cómo el milagro antiguo de Moisés y la roca
inesperadamente se repitió en mi boca;
porque en mi boca, amigos, esta palabra pura
es como el agua clara sobre la piedra obscura.
Oh, sepan los que tienen una tristeza vieja,
cómo el feliz anuncio desbarató mi queja,
y me dejó lo mismo que saco ceniciento
desempolvado al viento.
Oh, sepan los que llevan al cuello desventura,
cómo en un solo día se perdió mi amargura.
Oh, sepan cómo es fuerte mi mano apresurada,
que quiere hacerlo todo, sin saber hacer nada;
cómo mi voz es dulce, después que fue tan grave;
cómo mi amor es simple; como mi vida es suave. . .

Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura,
durante nueve lunas crecerá tu cintura;
y en el mes de la siega tendrás color de espiga,
vestirás simplemente y andarás con fatiga.
¾El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,
y a vino derramado nuestro mantel tendido.¾
Si mi mano te toca,
tu voz, con la vergüenza, se romperá en tu boca
lo mismo que una copa.
El cielo de tus ojos será un cielo nublado.
Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado
que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.
Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río.

Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta
para el hombre de pala y la mujer de cesta;
el día que las madres y las recién casadas
vienen por los caminos a las misas cantadas;
el día que la moza luce su cara fresca,
y el cargador no carga, y el pescador no pesca. . .
¾Tal vez el sol deslumbre, quizá la luna grata
tenga catorce noches y espolvoree plata
sobre la paz del monte; tal vez en el villaje
llueva calladamente; quizá yo esté de viaje. . .¾
Un día, un dulce día, con manso sufrimiento,
te romperás cargada como una rama al viento.
Y será el regocijo
de besarte las manos, y de hallar en el hijo
tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,
y un poco de mis ojos, un poco, casi nada. . .





Lunario Santo

Primera luna

Dejando en mi aposento la lámpara encendida
salí sin darme cuenta
Para mis ojos nuevos era desconocida
la calle polvorienta.
Me llenaba la boca, reseca de pasado.
un cosquilleo innúmero de vino repuntado.
Y hecha energía joven, mi lasitud longeva
se estiraba en mis brazos hacia la luna nueva.
Con la cara contenta,
silbando en la vereda lo encontré a mi vecino:
un buhonero alegre que cuando está de venta
canta por el camino.
Me senté sin palabras, como un hijo, a su lado;
cordialmente le puse la mano sobre el hombro;
y él, viejo inestimado,
se demudó de asombro.
Y aunque nada decía,
con los ojos clavados su pasmo confesaba:
¡ver sonreír al hombre que nunca sonreía!
¡ver a su lado al hombre que no lo saludaba!
Así, bajo la noche, con mutuo regocijo,
nuestra amistad sellamos de aquel extraño modo.
El todo me lo dijo;
yo se lo dije todo.
Cuando volví dormías. A tu lado, sonriente,
me acosté con el frío que traje del camino.
Y te besé en la frente,
pensando, en mi ventura, que besaba al destino.





Segunda luna

Con el primer ensayo de los grillos
tomé el sendero de continuas vueltas.
Recién cobradas, en mis dos bolsillos
se entrechocaban las monedas sueltas.

Hecha sonrisa por el buen destino,
mi faz contaba una intención traviesa:
llegar a tiempo de comprar el vino
y de poner el pan sobre la mesa.

Salir contigo a recoger la ropa;
bajar contigo las tempranas brevas,
y llenarte una copa y otra copa
con puñaditos de monedas nuevas.

Pero al llegar sin que tu amor me aviste,
ganado el beso de la bienvenida,
te hallé en el lecho demudada y triste
cual si estuvieras por morir vestida.

¡Ah, si algún día en mi habitual regreso,
silbando entrara a nuestra casa abierta,
y al ir en busca de tu casto beso,
con mi destino te encontrara muerta!





Tercera luna

De un día para otro tu seno estacionado
¾remanso con hoyuelo¾ ha empezado a crecer.
Cien veces me ha sufrido tu pudor agraviado,
y todavía, amiga, no lo puedo creer.

Ruidoso como un niño, mi buenhumor contrasta
con tu recogimiento de tímida perdiz;
y con el tono triste de tu reserva casta,
ruidosa como un niño, mi palabra feliz.

Así, mientras me pides con humilde protesta
para el secreto mutuo mayor intimidad,
yo quisiera vestirme con mi traje de fiesta
y salir a contarlo por toda la ciudad.





Cuarta luna

En su viejo carrito de dos ruedas
la moza trajo los bizcochos frescos;
te miró de reojo la cintura,
y se fue sonriendo.
Con la vasija para el vino tinto
salí tras ella en dirección al pueblo;
la alcancé en siete puertas, ¡y la pobre,
ya lo estaba diciendo!
Por la calle volví con un amigo
hablando solo del amor materno;
pero de pronto me quedé confuso:
¡se lo estaba diciendo!
Amiga, de que valen tu recato
y mi palabra de guardar silencio,
si en ti ya lo descubren y yo mismo
a todos se lo cuento.
Sal a la puerta para ver la gente,
camina por el sol, ponte en el viento,
y que lo que ha de venir para mi dicha
ya se te ve en el cuerpo.
Entregada al orgullo de mi brazo,
deja por fin la sombra de mi pecho,
que a los ojos del cielo y de la tierra
será santo tu aspecto.
Y aunque pocos comprendan la grandeza
de lo que estás haciendo,
a la vista de todos, sin palabras,
te pasearé en el pueblo.





Quinta luna

Con ojos de alfarero alucinado
sigo el cambio sin prisa de tus senos,
porque son como vasos milagrosos
que se levantan a un divino fuego.
Y en verdad que tu vientre primerizo,
ni blanco ni moreno,
calladamente se deforma en cántaro
a la presión continua del misterio.
¡Ah, si me fuera dado referirte
lo inexplicable que en el alma siento,
y hacer de modo que tu angustia santa
se te vuelva alegría todo el tiempo!
Mujer, en el secreto de tu carne
es mi destino el que se está cumpliendo;
y por eso sonrío a tu sonrisa
y sufro sin querer tu sufrimiento.
Y soy como un pastor ante su tierra
¾que mi tierra es tu cuerpo¾;
pastor que canta o que en la plaga llora
con los brazos abiertos.
Ah, poco a poco, como un niño triste,
de extraño mal me moriré en silencio,
si lo que llevas, que es mi propia viña,
te lo destruye el viento.





Sexta luna

El mismo día que lo supe todo
con esta Biblia regresé del pueblo,
y la empezamos a leer felices
a la rojiza claridad del fuego.

(Lía la grácil y Raquel la hermosa;
la paloma y el cuervo;
cautivos pálidos, guerreros hoscos
y faraones negros.

Abisag y David. Jepthé llorando.
El Jordán y el Mar Muerto.
La voz de Dios en las llanuras calvas,
y un pueblo y otro pueblo).

Y he aquí que al entrar, como una luna,
en su sexta figura tu misterio,
leo el último salmo del profeta
y te contemplo ante el primer proverbio.

Ah, tú que tienes la suprema dicha
de llevarlo en el cuerpo:
aprende la palabra de los santos
y háblale luego con el pensamiento.

Cuéntale siempre este remoto drama;
háblale a solas de este antiguo ejemplo,
y deja que la arena de las horas
caiga sin ruido en el reloj del tiempo.

Así, sin esperarlo, ante tus ojos
blancos de fe, se detendrá el momento;
y en el alma tendrás recién oída
la voz del Evangelio.

Después, rama quebrada, con alivio
descansará tu cuerpo,
y al lado de la rama, el fruto hermoso
caído a tierra por la ley del viento.

Y ante los dos, como Melchor el mago,
mi corazón venido del desierto.





Séptima luna

Frente a frente en la mesa, que es un humilde altar,
hablamos en voz baja del que está por llegar.
Sobre la tinta verde del hule de la cena
la lámpara proyecta su tibia luna llena.
Y una penumbra suave refleja en toda cosa
la flor iluminada de su pantalla rosa.
Cortado del diario que nos llegó en el día,
el molde sufre el peso de la copa vacía.
Molde de camisita que en el papel conserva,
casi todo el dibujo de un pastor en la hierba.
Molde de camisita con una historia trunca,
y la palabra siempre, y la palabra nunca.
Caído de tus manos, el ovillo de lana
estira hasta la puerta su purísima cana.
A tus pies duerme el perro, y a mi calor, liviano,
el libro recibido de un poeta lejano.
Libro de adolescente, libro desconocido,
en mis rodillas juntas, como un recién nacido.
Y he aquí que te digo: ¾Si tal es tu querer,
también, por tu alegría, yo lo espero mujer.
Pero que siempre sea dulce de condición;
no importa, amiga mía, su mujer o varón.
De modo que en sus manos, ya de José o de Marta,
el pan se subdivida y el vino se reparta.
Aunque después los otros, en un olvido cruel,
sirvan el pan sin ella o el buen vino sin él.
Así, sencillo y bueno, sencillo y sin fortuna,
será de los que tienen su símbolo en la luna.
Que la luna noctámbula, en su piedad remota,
es moneda de todos, y casi siempre rota.





Octava luna

Ya no sales conmigo cuando parto
ni vienes a mi encuentro cuando llego.
Andas con tu rubor de cuarto en cuarto,
pájaro triste, animalito ciego.
Andas. . . Y santifica nuestra casa
la presencia de Dios en tu fatiga,
como hace grave nuestra cena escasa
la simple vestidura que te abriga.
Y al verte muda, vacilante, opresa,
siento en las manos un temblor divino,
que se acrecienta si al tender la mesa,
sobre el mantel se te derrama el vino.
Por eso adquiere en mi temor cristiano
un suceso común, hondo sentido:
la copa que se cae de tu mano
o el clavo que desgarra tu vestido.
Y a remorderme en esta vida nueva,
viene un recuerdo y otro del olvido:
la cría inerme que ultimé en la cueva
y la paloma que atrapé en el nido.
Y cada vez que tu aflicción callada
te deja en algún sitio recogida,
mis ojos ven en ti, transfigurada,
la liebre madre que maté dormida.





Novena luna

Dos cartas iguales escribí en la noche
para dos ausentes: tu madre y la mía.
Las madres salieron de distintos puntos
y llegaron juntas al caer el día.

Mi madre, del campo, con su cochecito;
la tuya, de lejos, en veloz carruaje;
una con mantillas que compró en el pueblo
y otra con un gorro que tejió en el viaje.

Llorando, en la puerta, me besó tu madre;
llorando y riendo me abrazó la mía;
y yo, como un niño que no sabe nada,
lloraba con ellas o me sonreía.

Entraron a verte las dos madres juntas.
En la puerta, solo, me quedé parado.
Y esperé el suceso como si tuviera
que verlo en el fondo del camino andado.

Levantóse polvo. Vi en la nube un punto.
Vi en el punto un niño. Vi en el niño un hombre.
La nube de polvo se elevó hasta el cielo.
Y alzando las manos pronuncié tu nombre.




Vigilia


Palabras al hijo por nacer

Hijo mío que estás en su seno dormido,
lo mismo que en un nido:
Antes que el beso fuerte
del sol te sobrecoja, y el aire te despierte;
antes que mi alegría venga a mirarte, loca,
y el pecho de la madre se desnude en tu boca,
y tu mirada nueva sin comprender se abra;
antes que te acunemos, escucha mi palabra:
¾Hijo mío: sé bueno desde el principio, y manso,
así como tu madre, que es el agua en descanso.
En tu labio sin mancha, todavía imprecisa,
para bien de mis años tráeme su sonrisa,
y en tu faz, derramado,
ese santo desvelo de su rostro ovalado.
Hijo mío: te quiero de corazón sencillo,
tal como el Pobrecillo.
No exhumes en tu pecho mi corazón de antaño,
retorcido y huraño,
que ante el milagro eterno de todo lo que existe,
es malo ser indócil y es pecado ser triste.
Hijo mío: en la tierra, que es prieta y polvorosa,
aquí y allá tus ojos hallarán una cosa
que por clara y humilde será tu preferida,
y con cuya pureza llevarás en la vida,
si varón tu pechera, y si mujer, tu enagua.
Esta cosa es el agua.
Hermanos de la misma son la sombra y el viento
y la arena y el fuego y el humo ceniciento:
cinco hermanos amigos del bien para los cuales
harás de tu alabanza cinco partes iguales;
mas, si a elegir te dieran entre los cinco hermanos,
quédate con la arena, que es suave entre las manos;
quédate con la sombra, porque a todos se humilla;
quédate con el humo, sólo porque no brilla.
Hijo mío: no digas Abominad, ni digas:
Obedeced; no agravies, no niegues, no maldigas;
discurre, anima, observa,
siempre con la dulzura del agua entre la hierba;
y sin seguir a Kempis ni aprobar a Tomás,
trata de ser sencillo, sencillo y nada más.





Su nombre

Sin decidirte por el tuyo, suave,
ni por éste, tan dísono, que llevo,
alzaste al cielo tu mirada grave
como buscando en él un nombre nuevo.

Y suplicaste: ¾Quiero un nombre luz
que te recuerde ¡oh cielo! en su eufonía;
uno más transparente que Jesús,
y que José, y que Marta, y que María.

Y estando él para llegar al mundo,
no hemos hallado el nombre todavía;
sólo sabemos que ha de ser profundo
y claro como el día.





La cuna

Trajeron la cuna. Ligera,
la entró mi ruidosa alegría;
y solo con Dios en la espera,
me puse a mecerla vacía.




Figuras


El viejo Cruz

Mendigo a su manera, y adivino,
pasa en su caballejo,
con el capote que le dio un vecino
y mi sombrero viejo.





La lechuza

Así la llaman porque se asemeja
al ave de rapiña. Ella lo sabe.
Y por eso quizá la pobre vieja
es cada vez más parecida al ave.





El viejo Aragón

Alto, flaco y moreno, con la barba
como raíz lavada sobre el pecho,
adopta en las esquinas de la plaza
las actitudes de los troncos secos.





Don Carlos

En su coche de ronco sonsonete
al toque matutino se anticipa,
la cajita vacía, de bonete
en la cabeza humosa de su pipa.





Mijai, el guardahilos

Recorre a pie tres leguas y resiste
todo el sol. Habla poco y es temido.
¡Y nadie sabe que se pone triste
cuando le toca destruir un nido!





La vieja del voto

Antes que apunte el día
y antes que el sol se acueste,
va solita a la iglesia
con su manto celeste.





El viejo Pozzo

La mujer en Italia, siempre mirando al mar,
busca pesadamente su olvido: el alcohol,
esta figura triste que se cansó de arar
y que en las calles rompe la alegría del sol.





Antonio, El pescador

Cuidando la línea con su mano fea,
sin moverse añora su viejo amorío;
y de sus pestañas el dolor gotea
como de las redes el agua del río.





El viejo Báumert

Mientras de su casa fumando se aleja,
lo mismo que un niño se ríe y se engaña;
y no ve a la muerte que como una araña
se mueve en el humo de su barba vieja.





Mi madre

Nos dió con toda el alma, como el árbol da ramos
y como el nido pájaros: y ahora, sin querer,
llora cuando nos tiene, llora cuando nos vamos
y llora de alegría cuando nos vuelve a ver.





Oraciones Panteístas


Madre Luz

Oh luz, principio claro, causa eterna del hombre:
santificado sea tu milagroso nombre.

Oh luz, gracia absoluta, lleno simple y fecundo
dulce estado de amor alrededor del mundo:

Te debo la dulzura de mis días serenos
y el estupor azul de mis dos ojos buenos.

Te debo la alegría de ser hombre, y de amar,
y de tocar la tierra ¾que es pura¾, y de soñar.

Oh luz, bendita seas por todo lo cumplido:
por el pan, por el agua, por la flor, por el nido. . .

Por la madre que canta, por el niño que llora,
por lo que he sido antes, por lo que soy ahora.





Hermano humo

a Fernández Moreno
Humo de abrojillo que al rayar el día
trepas ágilmente por la chimenea,
y sobre el tejado corres de alegría
para que te vea;
humo de abrojillo,
el menos fragante, pero el más sencillo
entre los cien humos que tiene la aldea.

Humo de abrojillo, fiel humo de yuyo:
lo que es tuyo es mío, lo que es mío es tuyo.

De noche, en el lecho todo plegadizo
que su cuerpo aroma,
¾su mano en mi mano¾
vigilo su sueño que es asustadizo
como una paloma;
y cuando me marcho, tú que eres mi hermano,
fiel humo de invierno,
te quedas con ella.
Así, como un grano,
partimos el goce de su beso tierno
que es nuestra alegría:
yo de estrella a estrella
y tú todo el día.

Humo de mi fuego, que es el más escaso,
ese olor humilde que tienes ¾acaso
no hueles a nada¾,
sin querer en todo lo dejas de paso:
en mi mesa pobre,
en el mismo cobre
del caldero limpio, que es como un espejo,
en la red colgada,
en el pan del día
y en mi traje viejo.
Y oliendo estas cosas,
fiel humo que acaso no hueles a nada,
yo siento en el alma la misma alegría
que si oliera rosas.

Humo envejecido
que al sentir la llama te escapas del yuyo
como perseguido:
todo lo ligero, todo lo apagado,
es hermano tuyo:
el polvo aventado,
el pañuelo roto visto en el momento
de la despedida,
la tela de araña desgarrada al viento,
la rosa sin vida
que se nos deshoja,
la neblina floja
por la calle abierta,
la barba del viejo sentado a la puerta,
la sombra del árbol con cuya seroja
mi casa sahúmo,
y este verso mío que también es humo.





Parábolas del agua

1

El buey salió al camino, y en el lomo
le brillaba el sudor.
Seguido por su sombra, entró al arroyo
y bebió bajo el sol.
Bebió, metido el morro en la corriente,
con ruidosa fruición,
y después dio un mugido largo y fuerte
que el agua prolongó.

2

Sobre el ancho aguazal un ave blanca
bajó al anochecer;
perforó con el pico el agua clara,
y de nuevo se fue.
Pero al volar se le perdió una pluma
rosada en el envés,
que fue sobre el cristal de la laguna
su prenda de volver.

3

El tímido aguador de madrugada
la mula aparejó,
y anduvo mucho tiempo con el agua
de pastor a pastor.
Así, en una lomilla, al dar un tumbo
un piezgo se volcó;
y era de ver entonces el apuro
del tímido aguador.
Pero cuando, camino de su choza,
lo andado desandó,
halló en aquel lugar cien mariposas
posadas bajo el sol.

. . . . .   . . . . .    . . . . .    . . . . .     . . . . .

Amiga, buena amiga, dulce hermana
de la palabra fiel:
seamos en la vida como el agua,
que se deja beber.





Hermano viento

Trepado en el pino derecho y obscuro
que tiene mi tiempo
¾lo plantó en la puerta cuando vine al mundo
mi abuelo ya muerto¾,
tu vieja palabra, jamás entendida,
me silbas, oh viento!

Parado el molino, sin agua en la acequia,
con el río lejos,
siete largos días con sus siete noches
te esperé en silencio
¾de día, rondando mi casa empolvada;
de noche, despierto¾;
y llegas del este con las alas frescas
cuando todo el campo se ponía viejo.
¡Oh hermano errabundo, oh hermano que siempre
me llegas a tiempo!

Así como el ave que por las migajas
de mi pan moreno,
baja un día y otro de ese mismo pino
sin ningún recelo,
bájate, mi amigo, rasguña mi puerta,
ábrela sin miedo
¾que en puerta de pobre siempre está caída
la llave en el suelo¾,
y aventando toda mi papelería,
quédate jugando con mi libro abierto.

Viento, fuerte amigo, que no viendo nada
¾siempre fuiste ciego¾,
mueves sin cansarte mi molino torpe
y el de mi vecino, que es liviano y nuevo;
viento, fuerte amigo, que en un día pasas
polvoroso y recio;
y en un día vuelves por la misma calle
con olor de riego;
viento, fuerte amigo que nos das el agua
y que, al mismo tiempo,
silbas en las redes, gruñes en las puertas,
zumbas en los huecos,
juegas con el humo sobre los tejados,
soplas en los fuegos,
y las nubes llevas y las nubes traes
para que encantado las contemple el pueblo.

Viento, fuerte amigo, que en un día balas
como oveja madre que perdió el cordero,
y en un día aúllas a través del campo
lo mismo que un perro.

Viento: pocos piensan ¾¡y por qué pensarlo,
si has de ser eterno!¾,
cómo quedaría la nube en el aire,
y esa nube blanca del agua: el velero,
y en el pueblo pobre la plaza de pinos
agudos y negros,
y en la tierra llana tanta legua sola,
y en el mar inmenso,
si de nuestro mundo, para siempre, un día
te perdieras lejos. . .
Viento: pocos piensan, mientras otros dudan
de tu valimiento.

Dudan, te avizoran, se precaven, ruegan,
cuando siempre fuiste como un hombre bueno.
Sin embargo, un día, después que en las calles
lo mismo que un niño te vieran corriendo,
sin que te esperasen, tumultuosamente,
llegaste del norte bajo un cielo negro:
y asolaste viñas, y embestiste trojes,
y volaste techos,
antes que en las casas las mujeres solas
cerraran las puertas a tu descontento.
Y al volver confiado, sin ver en la noche
la luz de los fuegos,
hallaron los hombres por todo el camino
las cercas caídas, los rebaños sueltos,
las mujeres tristes llorando en las puertas,
los hijos despiertos,
y a ti por la arena, lo mismo que un niño,
corriendo, corriendo,
sin ver a la gente, sin oír las voces,
cual si no supieras lo que habías hecho.

Por eso los hombres te cierran sus casas;
por eso los hombres no te quieren, viento.

Sepan, sin embargo, los que te condenan,
que también hay perros
que han mordido al amo; que también hay amos
que han herido al perro;
que también hay almas que han seguido fieles
la palabra pura de los hombres buenos,
y después la odiaron, tan injustamente,
que de cara al cielo,
mudos de fracaso, llorando, llorando,
los dulces varones desaparecieron.

Sepan que no sabes detener tus alas;
piensen en la angustia de tu vuelo ciego.

Oh viento, algún día, de tanto escucharte,
sabré tu secreto
¾el que desde niño me vienes contando
y que yo no entiendo¾;
oh hermano, algún día sabré la palabra,
y entonces, sin cuerpo,
rondando villajes, moviendo molinos,
cruzando desiertos,
con el nombre humilde que quieran ponerme
seré un viento fresco.

3 comentarios:

  1. Muchas gracias a los creadores de esta web. Un hermoso tributo a este gran autor.

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  2. Gracias por permitirnos leer.Quiere reenviar.

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  3. Descubrí el blog hace poco, agradezco la generosidad de publicar la obra del poeta en la web. Puedo releer Gracia Plena, uno de los primeros libros que recuerdo formaban parte de la biblioteca de mi padre.

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